Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Durante más de un año Manuela tuvo tres libros sobre su mesita de noche: una novela histórica, otro de narrativa contemporánea y un clásico universal bastante aburrido. Todos los sábados, como al resto del piso, les sacaba el polvo. Al cogerlos se sentaba...
Leer el post“Yo la abrazaré bien fuerte y me la llevaré conmigo”, imploraba la pequeña, mientras escondía la cara en el regazo de su abuela. La vieja, con la mirada perdida y el perenne temblor de su mano derecha, permanecía en su sillón ajena a la niña y al trasiego...
Leer el post¿Puedo quedarme con sus juguetes?, se adivinaba en la entonación de los primeros balbuceos de la pequeña Nuria, apoyados en el brillo límpido de su mirada. Apenas hacía día y medio, había aprendido a sostenerse en pie, pero prefería la seguridad del suelo...
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"Concebirme por fuera fue mi desgracia-la desgracia para mi felicidad. Me vi como los otros me ven, y comencé a despreciarme, no tanto porque reconociese en mí rasgos por los cuales mereciese desprecio, sino porque comencé a verme como me ven los otros,...
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En la estación seca del crudo otoño, cuando la noche comienza a ganarle al día, algunos dicen haber visto como la luna despierta a las estrellas del cielo inmenso e, incluso, como éstas bosteza y se desperezan. También afirman, ¡pobres gentes ingenuas!,...
Leer el postNo puedo evitar mirar de reojo la puerta del apartamento, siempre al tocar de las campanas. A veces, hasta creo escuchar el sonido metálico de la llave y, seré tonta, me sobresalto. Cierro el libro y entiendo que es hora de cenar. Ahora, me cuesta llenar...
Leer el post-Ya te he dicho que…,-e intenta modular el tono hacia la contención Luisa, apoyada en el quicio de la ventana del piso superior, no puede ver la cara. Es limpiadora y cada día, hacía las doce, hace un descanso para fumarse un cigarrillo; cada día, mientras...
Leer el post-¡Totalmente! –Y golpeó la mesa con la seguridad de un mesías furibundo. Luego, bajo el tono hasta el murmullo desde donde prosiguió su charla amena y trivial con ese interlocutor invisible, tertuliano habitual residente en el paraíso de Entelequia, a...
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Soy fea, por dentro, me refiero. Por fuera soy casi normal. Si no fuese por una ligera cojera en mi pierna izquierda, rozaría la normalidad. De todas formas, en las fotos resulta imperceptible. Soy tan fea que no tengo ni gato, porque no sabría cuidarlo...
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-Mama, ¿cómo era aquella canción? -¿Qué canción? -Aquella que cantaba el yayo cuando jugábamos al escondite. -¡Ah!, no sé. Pregúntaselo a tu abuela... –frunce el ceño, pensativa. Sonríe: -Me parece que era...: “Ahí viene mi gavilán, con las cinco uñas...
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