Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
“Yo la abrazaré bien fuerte y me la llevaré conmigo”, imploraba la pequeña, mientras escondía la cara en el regazo de su abuela. La vieja, con la mirada perdida y el perenne temblor de su mano derecha, permanecía en su sillón ajena a la niña y al trasiego de muebles y de bártulos empaquetados. Un golpe seco en la puerta irrumpió la escena y sólo permaneció vivo el hipido de María, in crescendo a medida que escuchaba acercarse los pasos. Con ocho años, resultaba difícil comprender que el asilo era la mejor opción.
10 de diciembre de 2011