Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
No puedo evitar mirar de reojo la puerta del apartamento, siempre al tocar de las campanas. A veces, hasta creo escuchar el sonido metálico de la llave y, seré tonta, me sobresalto. Cierro el libro y entiendo que es hora de cenar. Ahora, me cuesta llenar una lavadora y he dejado de utilizar el lavavajillas. “Total, para un plato”, me digo. Está todo tan ordenado: el tubo de pasta en su sitio, la tapadera de lavabo bajada, los cojines del sofá, cada uno en su esquina… El olor a tabaco se perdió hace tiempo. Mis amigas me llaman rara, pero desde que pedí el divorcio, no sé, es como si el reloj del comedor se hubiese parado justo a las nueve de la noche.
13 de octubre de 2011