Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Durante más de un año Manuela tuvo tres libros sobre su mesita de noche: una novela histórica, otro de narrativa contemporánea y un clásico universal bastante aburrido. Todos los sábados, como al resto del piso, les sacaba el polvo. Al cogerlos se sentaba un momento en la cama y después de pasarles el trapo los ojeaba para sopesar cual de ellos sería el primero. Poco tiempo atrás, en un impulso consumista y de ansia de renovación, a pesar de una situación económica incierta compró un cuarto de edición de bolsillo, Azteca, cuyas páginas reposarían junto al resto una temporada más. Gracias a un contrato temporal y media hora de trayecto en transporte público, aquellos tres primeros habían retornado a sus dueños y sólo tras la breve conversación con el jefe de personal de la empresa cayó en la cuenta de las 1100 páginas de las que constaba la biografía del indio.
Así pues, reactivó el paro y decidió callar la mala noticia en casa: cada mañana se arreglaría y calzaría sus zapatos de segundas rebajas para ir a una imaginaria oficina. Camuflada entre la indiferencia de la gente a primera hora, pasaría por una trabajadora más, buscaría con el rabillo del ojo un gesto que delatase que el ocupante del asiento lo iba a dejar libre en la próxima parada y allí se quedaría hasta completar la jornada. No podía desperdiciar el acceso a su sala de lectura mientras la tarjeta de metro, válida por un mes, estuviese en vigencia.
24 de julio de 2011