Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
-¡Totalmente! –Y golpeó la mesa con la seguridad de un mesías furibundo. Luego, bajo el tono hasta el murmullo desde donde prosiguió su charla amena y trivial con ese interlocutor invisible, tertuliano habitual residente en el paraíso de Entelequia, a quien siempre ofrecía, cortés y desinteresado, su café.
Acostumbrados a sus arranques esporádicos, nadie le hizo caso: la camarera terminó de hacer su pedido, las señoras continuaron removiendo con solemnidad inglesa el té con leche, los niños salieron despedidos hacía el parque y el jubilado le echó, nervioso, la última moneda a la tragaperras.
10 de marzo de 2011