Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
"Concebirme por fuera fue mi desgracia-la desgracia para mi felicidad.
Me vi como los otros me ven, y comencé a despreciarme,
no tanto porque reconociese en mí rasgos por los cuales
mereciese desprecio, sino porque comencé a verme
como me ven los otros, y a sentir cualquier desprecio que
ellos pudieran sentir por mí. Sufrí la humillación de conocerme"
Fernando Pessoa
-Soy un monstruo- confesó con voz clara al abrir los ojos. Y por el temblor de sus pupilas dilatadas supe que era cierto con la misma seguridad que, podía afirmar, continuaría goteando en la oscuridad el grifo ruinoso y medio oxidado del cuarto de baño donde había tomado un vaso de agua, el único vaso de un hoy mal llamado estudio sin reformar por agencias inmobiliarias, añadido de renta antigua con techo de aluminio y paredes de adobe –pladur de última generación en el interior, piel de cebolla, para separar la desvencijada habitación del lavabo-, añadido, como decía, en el terrado de un bloque de finales del siglo XVIII para trabajadores preindustriales, pobres desgraciados cuya esperanza de vida nunca superó los 35 años, como la mujer de estampa delirante que ahora yacía sobre el jergón, envuelta entre harapos con reminiscencias de sábana sucia. Acto seguido, volvió a sumergirse en su sueño frenético, en su estanque de agua putrefacta, corrompida por la fiebre. Afuera, caía una lluvia silenciosa entre relámpagos esporádicos incapaces de adentrarse más que por los resquicios de la puerta, de iluminar la cara sudorosa, ya macilenta, consumida por el cansancio, la cara del monstruo que yo había visto crecer con la frialdad de quien ve una de planta carnívora -espécimen exótico traído por algún extraño capricho a la ciudad para desubicarlo- prepararse por instinto para matar a su presa, ángel caído fiel a su destino y último eslabón en la cadena alimenticia.
Ambos fuimos adoptados cuando ya teníamos recuerdos de una vida anterior: a mí me quedaron los restos de un naufragio compuesto por fotos en blanco y negro con marcos de madera y cristales rotos que recogí a la orilla de un futuro incierto, guardados con esmero en el cajón del perfecto superviviente; de ella nunca supe, pues desde el primer momento mantuvimos el distanciamiento sutil y cortés de unos vecinos bien avenidos, momento cuando intuí, aun su aspecto escuálido, abandonado y perdido, los visos de una pronta regeneración -las marcas sobre su piel de niña, células en continuo movimiento, delataban una lucha desesperada por seguir respirando. En definitiva, fuimos dos manchas en un papel con timbre estatal selladas por un burócrata oficinista con el fin de autorizar un traslado de jaula, cancerbero de la sociedad y del gasto del contribuyente, ser consciente del innecesario vilipendio en dos cachorros faltos de pedigrí que nadie acogería en el calor de un hogar sin previo desvío por la senda del “mejor aquí, que en la calle”, irregularidad inaudita dentro del gran ente gubernamental. En honor a su buen hacer, una mañana, siguiendo los pasos del único hombre que marcó mi camino con la autoridad de un padre, decidí incorporarme al cuerpo de policía nacional en un tiempo cuando el perfil para acceder a tal puesto, el del sabueso de medio pelo, estaba más marcado por un carácter parco y reacio, con conocimientos básicos para ir tirando, que por las reglas del opositor perfecto en busca de un futuro estable. Aquella mañana del mes de febrero, desde el tejado, Barcelona se veía comida por la nieve, apenas la silueta de una ciudad se perfilaba en el horizonte. Fue mi salvación, mi llave para huir de aquella jaula donde la mayor calidez provendría de los aromas destilados, vapores de su amargura, de las botellas sin marca registrada de la mujer bajo cuya tutela habíamos acabado. Muy a pesar de todo, tuvimos suerte, si bien su decisión, inherente del perro maltratado acostumbrado a su amo, de permanecer a su lado tras la mayoría de edad quizás no resultó la más acertada. Desde entonces, nunca tuve noticias de ellas y nunca las recordé, sumando aquella etapa al lote de mi pretérito, cómo no, imperfecto que había ido coleccionando.
Sentada en la barra de la cafetería donde yo solía desayunar -un poco alejada de comisaría con el fin de evitar cualquier conversación banal con mis obligados compañeros-, ya acostumbrado a fuerza de tesón a registrar facciones y a husmear problemas, reconocí el pelo enmarañado. Pude haber seguido mi camino, dirigirme al camarero con la misma naturalidad que podía pasar junto a un asesino en potencia si no me encontraba en horas de servicio, sabiendo incluso el número de pie que calzaba, para pedirle un café, leer el periódico y esperar pacientemente la hora de regreso a la oficina… Pero no fue así, un instinto gregario superior a mí se apoderó de mis actos, y su reflejo la hizo girarse. Una leve sonrisa parecida a una mueca la obligó a fruncir las cejas y sus grandes ojos verdes, enmarcados por años de castigo, se entornaron revelando algo muy próximo a un sentimiento de felicidad. Aquella frágil belleza, mezcla de proporciones indefinidas entre el desamparo y la lucha feroz, permanecía impertérrita sobre una piel ya no tan sedosa, pero que como guante blanco recorría sus curvas marcándolas levemente.
Sin previo aviso, me relató paso a paso el devenir de su existencia, harta de callar la aplastante agonía de su pasado: nacida en el seno de casa respetable de un pueblo costero del sur, de sus ocho hermanos, era la pequeña, descubrió expiando en la penumbra de la noche entre los papeles del segundo centro de acogida, lugar donde sus recuerdos, asimilados como sueños, la conducirían a las marismas de su primera infancia. Así pues -evocó- sin causa ni motivo fue exiliada del falso paraíso, a no ser, quizás, por el rastro impúdico y de color esmeralda sembrado en el destello de sus ojos al darle la luz del día, tan ajeno al del resto de la familia y tan similar al del inglés de porte elegante, trotamundos con ansías de sumergirse en la cultura hispana, a quien la típica hospitalidad andaluza no pudo negarle alojamiento con puchero -un todo incluido en el más amplio de sus sentidos- meses atrás, única prueba de ADN aportada por el cabeza de familia para dictaminar sentencia. Tras el primer abandono, fue danzando entre centros y casas con felpudos donde limpiarse los cariños antes de entrar, escalando la meseta y creando su propio mapa peninsular, lastimosa ventaja en sus estudios de geografía de primaria respecto a los compañeros, hasta que, emigrante por mandato oficial, arribó al palacio de adobe de princesa encantada, ya versada en la convivencia con esa áurea de rechazo que la envolvía, motivo por el cual nunca se marchó, perpetrando para postreras generaciones el viejo lema de “mejor aquí, que en la calle” hasta convertirlo en base del refranero popular.
Un resquicio de pena asomó en mi conciencia al rememorar aquel tiempo cuando la vieja, ebria, la miraba con todo el odio extraído de la fuente de la juventud perdida para amenazarla entre gritos e insultos con echarla de la chabola, mientras la culpaba de la huida pavorosa del último hombre que había rondado su cama, hombres incapaces por naturaleza y mantenidos en general, cuya meta, básica, consistía en alcanzar el estado idílico de poseer techo y comida sin esfuerzo a cambio, como aquel tan agraciado inglés objeto de los suspiros del sur de Andalucía.
De este encuentro tan sólo hace un mes y ahora, sentado frente a ella, me pregunto qué fue de la vieja.
7 de agosto de 2010