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Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don

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Los hombres de mi vida

Soy fea, por dentro, me refiero. Por fuera soy casi normal. Si no fuese por una ligera cojera en mi pierna izquierda, rozaría la normalidad. De todas formas, en las fotos resulta imperceptible. Soy tan fea que no tengo ni gato, porque no sabría cuidarlo ni amarlo, como esas locas que quieren a sus animales de compañía como a hijos adoptados. En el fondo, las envidio. Acabo de cumplir 63 años y, ahora, además de fea, empiezo a transformarme en una pequeña vieja insoportable. Tanto tiempo sola resulta difícil no convertirse en la bruja gruñona de cualquier cuento infantil. El por qué de mi carácter nadie lo sabe, ni siquiera yo. No tengo una queja concreta para dictaminar una causa. Yo me inclino por la teoría de que por motivos genéticos el color de mis sentimientos es de un sencillo negro (al menos, prefiero pensar eso). Es un buen invento, esto de la genética, el sustituto perfecto del espíritu para explicar cualquier comportamiento humano y, a su vez, para bálsamo de la conciencia, la mala conciencia. Un práctico multiusos, cajón de sastre, asignado por herencia. Sin embargo toda la culpa tampoco recae sobre los hombros de mis progenitores y demás antepasados, sino de esa extraña mezcla que ha dado lugar a mi raro proceder.

De los cuatro hombres que han pasado por mi vida, ninguno permanece hoy a mi lado: mi padre, el padre de mi hijo, mi hijo y un marido. El primero, santo varón de espíritu débil, tuvo la mala suerte de dar con una mujer agria de busto exuberante en un tiempo cuando un cruce de miradas (desdichado flechazo a la entrada de un baile de barrio) unía destinos sin motivo. Como mi hijo, murió joven, yo tendría unos 12 años, y su recuerdo dejo en mi imaginario mella suficiente del ideal de hombre. Trabajador, callado y, en general, ente medio ausente de la rutina familiar, cuya esencia sólo estaba presente en el trasfondo de los arranques amenazadores de mi madre después de alguna de mis trastada. Cóctel de acritud, debilidad y renquera por inaptitud médica, fui creciendo con los últimos coletazos de la posguerra; mala época para nacer hembra. Tuve, no obstante, la fortuna de pertenecer a un clan acomodado y, con  pocas o nulas expectativas matrimoniales, me mandaron, recién fallecido mi padre, interna a un colegio de monjas con la vaga esperanza de que la vocación iluminase la puerta de mi alcoba. Allí residí entre liturgias, clases de costura y pasajes de evangelio hasta alcanzar la mayoría de edad cuando el segundo hombre y padre de mi hijo centelleó brevemente para barrer de mi camino toda posible inquietud religiosa. Arrastrada por una singular pasión marcada más por el ansia de descubrimiento que por el deseo, me dejé llevar por sus súplicas de jardinero cuyo único contacto con el sexo opuesto residía en el convento y, novicia, perdí sin pudor la tan preciada virginidad. Así pues, casi rozando los 21- entonces éramos niñas-  retorné al hogar instruida en las letras y en la vida, con barriga y sin marido. Tras el disgusto-otra vez se arremetería a la aureola perdida del patriarca-, la afrenta familiar fue saldada mediante un apresurado matrimonio con un primo lejano menos acomodado del pueblo de mi madre, Alberto Castelar Fernández, el cual tuvo la amabilidad de dar nombre y apellidos a mi futuro a cambio de residencia con dirección fija en la ciudad. En la estación esperé nerviosa el arribo de una maleta todavía de cartón a remolque de Alberto en uno de los últimos viajes de El Sevillano. Un apretón de manos simbolizó una unión efímera de dos años, hasta justo un mes después del fallecimiento de Alberto Castelar, hijo, que murió incluso mucho más joven que mi padre. Desde su nacimiento fue un bebe enclenque, pero en absoluto llorón. Deduzco hoy por la avalancha de sucesos escupidos por el televisor que debió sufrir una muerte súbita.  Habría sido un varón callado, débil y trabajador. A partir de aquel momento, decidí tornar a mi peculiar retiro y  vivir sola en la amplitud de mi casa de familia acomodada de posguerra, en las afueras de la ciudad, subiendo la montaña. Alberto Castelar, padre, creo, emigró a Sudamérica.

Soy fea, por dentro, me refiero, por fuera soy casi normal; ahora, además, empiezo a sentirme vieja; y, por genética, el color de mis sentimientos es de un sencillo negro (al menos, prefiero pensar eso).

 

 

  lsorciere

20 de septiembre del 2010

 

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H
<br /> <br /> Pues esa gente seguro que esta deseando volver a saber de ti, no tengo la menor duda!<br /> <br /> <br /> <br />
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E
<br /> Hola mi estimada escritora, apenas si puedo llegar a escribir tan bien como usted. Apenas si llego a la edad en que la chica de la historia tuvo su primer encuentro. Me siento muy feliz de haber<br /> leido algo tan diferente...<br /> <br /> <br />
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M
<br /> <br /> Hola, Elina. Muchas gracias por su comentario y alago. Es muy generosa conmigo y, por ello, yo también me siento muy feliz.<br /> <br /> <br /> <br />
S
<br /> Suelo escribir casi siempre en primera persona y me resulta práctico ,inclusive,el poner mi nombre verdadero como nombre principal de esa persona ,primera, que se cuenta a si misma.También utilizo<br /> como truco el adjudicar a esa primera persona el mismo día de nacimiento que el mio.Esto me hace mas sencillo el meterme dentro de lo contemporáneo ,de lo que he conocido.Pero todo eso tiene el<br /> peligro de que el lector no acierte a entender cuanto hay en lo escrito de autobiogáfico y cuanto de novelado o inventado. Que dilema ¿No?.<br /> <br /> <br />
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M
<br /> <br /> Pues te avanzo que de costura, nada. No es mi intención que el lector (uf, el lector, se me hace raro) vea nada de mí en la lectura, solo los ojos a través de los cuales miro el mundo o a mi<br /> misma, por si en todo ello encuentra algo que lo aproxime e identifique o lo diferencie y, por qué no, también lo aproxime para comprender otras realidades. En otros textos utilizo una realidad<br /> más, no sé, cotidiana. Si te sirve de algo, esa soy yo (por lo del dilema, digo)<br /> <br /> <br /> No sé si tu comentario iba encaminado en este sentido, pero la verdad es que todo esto tampoco me lo había planteado mucho, al menos verbalmente.<br /> <br /> <br /> Saludos<br /> <br /> <br /> <br />
F
<br /> ¡Quien puede escoge! Lo digo por lo de la prota del cuento...<br /> <br /> Bueno, pues que al fin, pescaíto fresco, rico rico, pa esta gata escondía dentro deesta mujer.<br /> <br /> Me ha encantado la referencia al Sevillano. En Sevilla, le llamábamos: "El Catalán"<br /> <br /> Otras referencias de tu prota, también me han hecho mucha gracia. También yo, durante algún tiempo me sentí, solo, medio normal jeje<br /> <br /> De nuevo, mis felicitaciones, catalana (MJ)<br /> <br /> <br />
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M
<br /> <br /> Gracias por ese olfato de gata sevillana, sobre todo cuando en tus comentarios veo como comparas y diferencias posiciones respecto a tu persona. Esto me sorprende.<br /> <br /> <br /> Lo del Sevillano es un recuerdo familiar, pero no sabía que allí le daban otro nombre. Curioso, verdad?<br /> <br /> <br /> Lo dicho, gracias, Flora<br /> <br /> <br />  <br /> <br /> <br /> <br />