Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
-Mama, ¿cómo era aquella canción?
-¿Qué canción?
-Aquella que cantaba el yayo cuando jugábamos al escondite.
-¡Ah!, no sé. Pregúntaselo a tu abuela... –frunce el ceño, pensativa. Sonríe: -Me parece que era...: “Ahí viene mi gavilán, con las cinco uñas de gato, el que no se esconda bien, las orejas se las arranco”.
-Sí, es era.
Mi madre se ha ido al comedor y yo me he vuelto a quedar sola en mi cuarto... Sí, fueron días llenos de luz. Yo escondía la cabeza entre sus piernas, mientras él me daba golpecitos en la espalda al ritmo de su voz.
Mi abuelo era un gran abuelo, venía del campo y se llamaba Juan Antonio. Tenía el pelo blanco platino, la cara buena, el gesto tierno, la piel de leche, las venas del azul del cielo. Mi abuelo era, como el olivo, ancho y pequeño, pero robusto. Tan arraigado a la tierra que no existió temporal frío ni sol abrasador capaces de arrancarlo de ella, de esa tierra amarilla y seca. Por eso, cuando mi abuelo emigró a la ciudad, robó a la tierra un pedazo de su fuerza. Aquí la plantó y la hizo crecer, para luego regalármela a mí como única herencia. Y, además, era rojo, pero del rojo pobre, de quien es algo por tener un sueño al que agarrarse por las noches.
“Ahí viene mi gavilán con las cinco...”: ya torno a ser niña, ya el cosquilleo del estómago llega; ya levanto la cabeza, ya busco ilusionada a mi compañera...
25 de noviembre de 1998