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1 enero 2018 1 01 /01 /enero /2018 11:10

El verde tallo se va espigando al ritmo que se deshojan calendarios. Entre cabriolas, mientras, ensaya retos, aprende la tortura de las matemáticas y desvela el misterio de los Reyes Magos.  En su Carta de este año quedaron renglones huérfanos; la dueña del cántaro de las risas solo quiere un abrigo. Paseamos por la calle, va delante, retrocede, escucha las conversaciones intentando comprender qué es ser eso que parece ser que somos, juega con su hermano… De pronto, se para delante de un escaparate.  La breve clarividencia de su mirada -esa que, a base de repetirse, te convierte en adulto-  se dirige a su madre. Un instante después corre calle abajo.  Paula se hace mayor.

31/12/2017

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17 agosto 2014 7 17 /08 /agosto /2014 08:33

Se muerde el labio inferior en un intento desesperado por atrapar las últimas sílabas de la palabra desbocada, emisario deshonesto que viaja sin pasar por el filtro de la reflexión previa. Entonces el caballo apenas domesticado de su interior despotrica, alocado. La angustia se le agolpa y las ideas amordazadas, fugas de su coctelera de rabia, pena y frustración, dan paso a una retahíla de insultos dedicados a su flojera. “Soy una imbécil –piensa-, egoísta, y una idiota, además de ingenua. Por qué actuaré de esta manera, no lo entiendo”. Mientras, su mirada permanece ingrávida, alelada por el mar de pensamientos; la espalda corva y la mano en busca de ese pañuelo de papel que siempre la acompaña, simulando un resfriado perenne. Calla, sí, pero demasiado tarde porque, antes, una frase desubicada ha puesto al descubierto la tensión que le abrasa. Poco después, escuchará el frío y metálico chocar de las llaves, seguido de un portazo que retumbará por cada rincón de la casa hasta hacerla temblar. Fernando dejaría así su halo a Varón Dandy para marcharse con la rabia borboteando por las venas.

-Te estuve llamando ¿Dónde estabas? ¿Por qué no me cogiste el teléfono? –su voz, en falsa calma, lo había recibido en el comedor a las nueve de la mañana.

-Eh…, por ahí –le contestaría Fernando.

Arrastraba los pies hacia el dormitorio, ahíto de noche y alcohol, donde lo siguió como alma en pena:

-¿Por qué me haces esto? –Poco a poco iba subiendo el tono- Te vas y nunca sé cuándo regresarás. Sufro; estoy harta de preguntarme día sí, día también, dónde andarás, con quién…

-Déjame en paz; ¿acaso eres mi madre? –, sentenció. Y como en una obra teatral, Fernando se desplomó sobre la cama para concluir el acto con un contundente cierre de ojos.

Entre acto y acto, la soledad y el tiempo muerto permitirían a Milagros reproducir una y otra vez conversaciones fantasmas llenas de reproches, con los cuales sazonaría la comida del mediodía: “-Egoísta. Valiente hijo de puta. En tu vida has querido a nadie. Y la culpa la tengo yo, por aguantarte ¡Bruja!, ¡Payasa!, me llamas.” En su vaivén emocional, de pronto aflojaba el ritmo y se auto-culpaba, al tiempo que sacaba el sofrito del fuego: “-Claro que es normal, vivo a base gritos... Ayer quería acostarse conmigo, pero tengo tanta rabia que no puedo ¿Con quién habrá pasado la noche? A veces me doy miedo, llego a odiarle; luego me arrepiento, me siento culpable y no duermo hasta su regreso. Soy una mala persona, lo sé ¿Quién tiene la culpa? Nadie, imagino. Es un cabrón, cierto, pero ya me advirtió mi madre que el regusto a vino picado de mi carácter me arruinaría la vida. Intento ser más dulce, controlarme, quitar hierro a las cosas; es peor, se me queda dentro y tarde o temprano sale; entonces no hay marcha atrás. Si pudiera, yo me abandonaría y sé que, un día, él también lo hará. Al principio, cuando discutíamos por las facturas, la casa, el trabajo…, y se largaba, a su regreso callaba, más enfurecida que resignada, pero poco a poco se me fue haciendo insoportable hasta su mera presencia. Estoy loca; ni contigo ni sin ti ¿Qué voy a hacer si me deja? Hasta a mi madre, mi cara lacia y seca, mi falta absoluta de brillo, la hunden. La entiendo, esperaba más de mí y al final me convertí en un reflejo de su propio fracaso ¿Quién me va a soportar?” –Milagros echaba mano de su pañuelo; Los ojos le abrasaban, al contacto con los vapores ácidos del tomate.

Así pasaron las horas, hasta que Fernando se levantó a las seis de la tarde:

-Los macarrones están sobre la encimera –Tensa nada más oír los muelles del colchón, Milagros miraba sin ver el programa televisivo. El estrépito de un plato al estrellarse contra el suelo dio la señal de salida para presentar batalla: -¿Qué mierda has hecho? –gritó.

Cuando llegó a la cocina halló a un Fernando acorralado de cristales rotos y restos de comida, flaco y desfigurado por la debilidad de la resaca.

-¡Joder, ayúdame!, ¡me voy a cortar!

Sin pensar, sin sopesar las consecuencias, Milagros descubría en una sola oración su gran miedo:

-¡Qué te ayude la furcia con quien has pasado la noche!

Y como un yonqui antes de recibir sus 12ml de metadona, resurgió el ángel negro que todos llevamos dentro: Fernando, el faquir, caminó sobre la cama de clavos de cristal y pasta; al pasar junto a ella, le apartó lentamente el pelo de la cara y, cadera con cadera, le susurró al oído, sin dejar de masticar las palabras, a falta de alimento sólido:

-Amargada, que eres una amargada. Lo que te hace falta es un polvo; pero, tranquila, no seré yo quien te lo eche.

Poco después, Fernando dejaría su halo a Varón Dandy para marcharse con la rabia borboteando por las venas, una noche más.

 

16 de agosto de 2014

 

 

 

 

 

 

 

 

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13 agosto 2014 3 13 /08 /agosto /2014 20:39

Sabes silbar

Sus labios perfilados se contraen para dejar escapar un silbido corto, rayano en lo imperceptible, mientras la noche respira con su extraño crepitar sobre el celuloide. Desde el otro lado de la puerta, Steve acude, por fin, a su llamada y ella, con la barbilla ya acomodada en la almohada de su hombro, deja escapar una media sonrisa de satisfecho triunfo. Nadie lo sabe, pero él se siente seguro; adivina el brillo esmeralda de los ojos de la Flaca, grandes, rasgados, infinitos, llave del arrecife donde se sumerge Boogie y duerme, camino del “Sueño eterno”.

 


12 de noviembre de 2012

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2 agosto 2014 6 02 /08 /agosto /2014 17:57

A mi mujer no le gusta que le fastidie sus estrategias y cuando preguntó, toda ella retórica y puesta en jarras en medio del comedor, dónde habría guardado las cenizas de su ex-marido me tembló hasta la campanilla de la garganta. Suelo mantenerme al margen, pero a veces no puedo evitarlo; en pleno arranque de locura transitoria, me había embargado un inevitable sentimiento de camaradería.

 

18 de marzo de 2011

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2 agosto 2014 6 02 /08 /agosto /2014 09:50

Yo creo que la mar no aguantó la envidia y, mucho menos, la mirada de Elena que se mantuvo serena y orgullosa, fija en el infinito, durante toda la ceremonia. Con la honestidad de un animal fiero, la blanca y desafiante bravura se transformó, poco a poco, en mansa sumisión hasta rendirse a los pies desnudos de la muchacha. A medida que el viento cálido, venido del sur, fue alejando la pira en un suave balanceo, las delicadas facciones de Elena tomaron fuerza: se mordió los finos labios, su cabello se tornó más negro y la nívea piel absorbió el calor de los besos del  amado, legados a su cuerpo. Una lágrima se abandonó al momento y la mar la recogió, en bello gesto, para ofrecerla como presente a su caballero.

 

 

Para Flora

 

14 de enero de 2011

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17 julio 2014 4 17 /07 /julio /2014 14:20

-Con nuestro mecánico de confianza. –Los labios bisbisearon al oído del maestro, como si en la soledad del estudio debieran ocultarse de alguien. Leonardo arrugó la frente y entornó los ojos en busca de un significado a las palabras.

Acompañada por el crujir de la tela de su vestido, la dama retomó su postura solemne, cruzó con delicadeza las manos sobre el regazo, miro –asentada- al improvisado confidente y dejó escapar una sonrisa meridiana.

-Querrá decir “mechanĭcus” –se atrevió a corregirla en un esfuerzo por entenderla.

Unos minutos de silencio después, las primeras pinceladas cayeron sobre el lienzo, embriagado por el misterio de la locura.


24 de marzo de 2012

 
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17 julio 2014 4 17 /07 /julio /2014 14:00

Lo que no mata, engorda


Lo que no mata, engorda

por MJ


-Y además nos hace daño –reniega para sus adentros la Sra. Agustina mientras saca de la nevera un pastel con más mantequilla que nata.


Agustina se mueve pesada, enmarcado cada uno de sus pasos con el bisbiseo de unas zapatillas de andar por casa. La luz, que atraviesa los visillos de una pequeña ventana, parece su única compañía.


-¿Qué? –preguntan desde el comedor.


Es la voz de Don Antonio. Don Antonio, tras unos meses de hospitalización y por prescripción médica, se despidió con cierta amargura de la barra del bar y la botella. Forzado a borrar de un plumazo todos los instantes pletóricos de su anodina existencia, a partir de entonces se le despertó un exagerado gusto por los dulces, que le ayudaron a obnubilar sus recuerdos. De eso hará más de veinte años; sin embargo, Agustina continuaba bregando a regañadientes contra ellos, contra los malos recuerdos.


-Naaaada –contesta como cansada de repetir la misma conversación. Se chupa los dedos impregnados de azúcar caramelizado, y riza el rizo de sus arrugas para hacer un guiño de asco. –Malo hasta jartarse –sentencia- Nunca entenderé su empeño en atiborrarse con estas cosas. Y el ansia que le pone, que parece su último bocado ¡Ni que fuese vino! Ni cuando le apuraban en El Hortelano para cerrar, dejaba el vaso más limpio. Pá’mí, relame el plato ná’más girarme.


-¿Cómo? –oye desde la cocina.


En el silencio del comedor, sumergido en la penumbra, Don Antonio se aburre.


-Que, si estás sordo, no es mi problema, ¡leches! –le sacude con un grito, y apostilla en voz baja:- ¡Viejo!


Don Antonio se encoge en la silla, asustadizo:


-Mujer, no te he dicho nada para… –balbucea al reloj de pared, separando unos instantes la vista del plato de sopa, su particular ring de lucha contra el párkinson.


- Hasta el moño me tienes, Antonio –se va exasperando al ritmo que sus palabras evocan un pasado recurrente- No me has dicho nada, no me has dicho nada…, pobrecito –comienza a vociferar- ¿Y cuándo me llamabas mala puta, qué? Entonces tampoco me decías nada, ¿verdad? –Coloca el pastel sobre el mármol, cual pollo a punto de cuartear,  y se hurga encorajinada en los bolsillos de la bata, gastada por el tiempo.


-Agustinilla, no te enfades conmigo también hoy, ¿podríamos tener un día en paz? –implora con lástima de mendigo a la puerta de una iglesia.


-En paz quisieras estar yo, y ya ves, no puedo –simula zanjar la discusión -¿Se pué saber dónde leñes has metido el mechero? –La tensión de la Sra. Agustina está a punto de rozar el ingreso a urgencias. –Maldigo la hora  que te conocí, Antonio.  M’habría tenío que quedar para vestir santos. –De tan puro sentimiento, resuena en la campana  su cantar hondo del alma[i] como clímax de una procesión.


-Pero si sabes que ya no fumo… Da igual, Agustina, sin velas –se rinde –, no importa.


-¿Y quién recoge la mesa?, ¿la criada? –Acto seguido, da un giro de soldado con la adrenalina a punto para la guerra. –Mar dolor me diese, no me hubiese muerto.


Bajo el dintel, le asalta la añeja y maloliente imagen de Antonio medio descamisado, con los ojos inyectados en sangre y la mano en alto. En un destello de lucidez; o por obligada asistencia de algún ángel despistado haciendo uso y disfrute de su ocio; o acaso por simple desequilibrio etílico: estrelló el puño contra la oquedad de la puerta. Era Navidad y, vista su tardanza, se le había ocurrido ir a buscarlo al bar. Arrinconada en el quicio, se meo encima como si fuese una chiquilla chica. Espantados los dos, ella se quedó tal cual, de escultura marmórea apenas soportada por la jamba, y él se metió en el dormitorio para destrozar hasta el color de las paredes.


-Mira, Agustina, traigo los platos ¿Dónde los dejo, en la pica? –Un Antonio bobalicón, menguado y trémulo derramaba por el suelo los restos del caldo.


-Sí, ahí mismo –contesta todavía en trance.


Amparada por la perfomance en la otra punta del piso, salió y recorrió las calles cubiertas de luces destellantes, nieve y miserias, con la humedad de las medias irritándole la piel y la mancha de orín a modo de estandarte, empañando así el brillo del obsequio navideño de Don Antonio, esa bata cien por cien algodón, de un azul y naranja hoy desgastado. Con la misma, subiría a la ambulancia, a la vera de su Antonio, aullando de dolor por ataque de pancreatitis. Así lo encontró a su inexorable vuelta al hogar, rayando la madrugada. “No es mala persona, Sra. Agustina  -la consolaba Juana, la mujer de El Hortelano, al enterarse- sólo tiene mala bebida. Luego, no es nadie. De verdad, aquí todo el mundo lo quiere. Incluso una vez, ya conoce usted de mi problema de cervicales, me ayudó a traer la compra. Y sin interés, sin esperar nada a cambio, porque nos aprecia. Se lo digo yo, que hay quien por un tinto…”


-¿Qué te pasa, mujer? –interrumpe Don Antonio la regresión.


Entonces cae sobre él la condena del pasado:


-Me has dejado el pasillo perdido de pringue. Claro, claro, quien friega aquí soy yo.  A ti, tanto te da si me deslomo limpiando.


-Agustina, yo…


-Ni Agustina ni ostias consagrás. Eso, eso, encima, písalo –le recrimina mientras se repatría al comedor la sombra del hombre que fue, cabizbaja y derrotada.


El paso por la Unidad de Cuidados Intensivos y el uso a hurtadillas de unas pastillas durante la convalecencia, que le provocaban el vómito nada más oler el alcohol del botiquín, devolvieron a su ser a Don Antonio, medianamente. El médico, envuelto en su halo aséptico y de profesional de letra ininteligible, les advirtió del riesgo de muerte, si continuaba bebiendo. Don Antonio, temeroso de perder la absolución en el día de su Juicio Final, suplicaba perdones, y la Sra. Agustina no supo ni pudo abandonarlo en aquella habitación; tampoco,  la dolorosa carga del rencor.


-Está bien, está bien. Me siento y callo.


-Más vale. Total, pa’l caso.


Al proferir los sapos de su última maldición, un atisbo de remordimiento, o de tristeza, asalta su conciencia, que nada entre las aguas de sus primeros sueños de juventud y el ocaso de su vida marital. No obstante, puesta en jarras, pronto recupera posiciones de heroína vengadora, sopla con energía sobre la visión de su pasado y voltea decidida hacia la cocina. Asida al mármol, cierra los ojos con ímpetu y, mientras su cabeza niega rápida y repetidamente, se dice, para espantar fantasmas: “Bah, y qué más da, Agustina, si ya hemos llegado hasta aquí, al menos las penas, con pan, son menos penas”. En el comedor, planta la tarta sobre la mesa: las migas de pan saltan jubilosas como niñas en una cama elástica; la llama del número setenta tiembla.

 

11 de abril de 2012

 

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17 julio 2014 4 17 /07 /julio /2014 11:51

 

Cada mes de abril, cuando por fin parece que el bálsamo del tiempo ha cicatrizado y  asumo resignada mi rutina rutinaria, recibo una carta donde afirma haber dejado de quererme. Es una carta escueta, bien escrita, de letra pulcra, sin demasiadas florituras ni palabras desubicadas. Camuflada entre las demás como anónimo de un secuestro, a su arribo, caigo de nuevo: otra vez revivo la condena del abandono, entro en una espiral de desgana y la carcoma de la dejadez inicia su andadura por mi cuerpo. Y mientras pienso que no contaba con que hasta ese momento hubiese podido amarme, olvido en un cajón la única sombra de ojos favorecedora al  tono de mi piel y hasta cómo dar volumen a mi pelo, el cual se torna poco a poco en un estropajo rebelde y amorfo, y en mi cárcel de copla sin barrotes me convierto en una vieja, malvada y fea.  Así, hasta el próximo abril, cuando por fin parece que el bálsamo del tiempo ha cicatrizado y una luz juguetona asoma por la claraboya con el falso anuncio del término de mi cautiverio; entonces, sólo entonces, recibo una carta.  

 


18 de abril de 2012

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17 julio 2014 4 17 /07 /julio /2014 10:25

“Muerto pero mío”: el titular, escrito en grandes letras rojas, acompañaba la foto de portada de la tonadillera. Al leerlo, Carlota se sobresaltó; las manos enrojecidas arrugaron la revista; y una lágrima indiscreta se deslizó por el rostro. Emulando a la diva, irguió la cabeza orgullosa y se encasquetó las enormes gafas de sol. En el autobús, dirección al trabajo, Carlota olvidó su alergia al detergente de la empresa.

 

11 de noviembre de 2011

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17 julio 2014 4 17 /07 /julio /2014 08:22

   Yo no sé de historia, pero sé lo que recuerdo y lo que recuerdo es esto:
   Yo en el s. XVI ya era hombre. Vivía –a veces en mi sueño la veo- en una austera cabaña sin espejos. Por eso, mi rostro en mi memoria siempre resulta algo difuso, marcado por los tenues pliegues de las aguas del lago, a cuyos pies se abrían los pasadizos secretos de mi frondoso palacio donde, por suelo, tenía agreste, húmeda y mohosa roca; por todo ornamento, ciento un árbol; en mis aposentos, apenas algo más que un camastro. Allí, mi lago –pequeño, cristalino, silencioso como el alma que reposa- respiraba con el latido de las truchas: continuo, monótono, despacio.
   En aquel entonces, las fronteras de Europa para mí eran meras verjas de jardines infinitos. A ellos brindaba visitas de pleitesía cada cierto tiempo: bien fuese, impuesto por las necesidades de la supervivencia, para practicar el burdo trueque (mi mujer, que ahora duerme, a menudo me cuenta como, a media noche, nombro medidas antiguas y raros latines, como regateo con pieles, resinas y confituras por vestidos y camisas); bien para ejercer, al arribo de un mensaje cifrado requiriendo unos servicios, mi extraño oficio (extraño y de origen tan desconocido que nunca generó escuela), pues, en un mundo de miradas imprecisas, yo cazaba las oscuras esencias de los hombres.
   Por la gracia de mi don, yo habría podido ser, como aquellos para quienes trabajaba, un prohombre, amasar inmensas fortunas, financiar descubrimientos e inventos de la época... Pero nunca mis deseos abrigaron grandes ambiciones, que yo recuerde, o al menos ambiciones relacionadas con la acumulación de poder y de capital, santos patrones de nuestra actual economía, y siempre me conformé con una vida solitaria, casi ermitaña, que se mantuvo en sano equilibrio entre el hermetismo y la reflexión y las mundanales experiencias urbanas y cortesanas.
   Más por intuición que por rememoración propia, deduzco en mi oficio los albores de una todavía embrionaria psicología, cuyos últimos penosos resultados han sido vulgares psicotécnicos para cajeras de supermercado, convirtiendo el arte de la observación en puro cuestionario. Porque mi oficio, como el homo afarensis, formó parte de la evolución, extinguiéndose en el camino. Y aunque en el s. XVI nadie, como yo ahora, conocía mi rostro, de boca en boca se propagó mi fama de hombre justo y en todas las lenguas se alabaron las grandezas de mi arte. Yo era el cazador de esencias.
   La razón de mi renombre no fue otra sino que, ya entonces, la mentira, el deshonor y la falta de palabra comenzaban a ser moneda de cambio en todos los negocios, acostumbrándose la gente, cada vez más, a dejarse llevar por los bellos vocablos, los bellos objetos y los bellos cuerpos, deslumbrando y desviando la atención con el único fin de usar y timar.
   Mis diversas y variadas técnicas de investigación dependieron siempre de dónde se realizaba el negocio que debía evaluar. En algunas ocasiones, si este se llevaba a cabo en ambiente hogareño y cerrado, me camuflaba entre el servicio. En otras muchas, mi inventiva se ampliaba convirtiéndome en representante de inexistentes casas de joyas, en noble, en caballero, en vendedor de frutas. Y en casi todas ellas me vi en hostales y burdeles, ya fuese en mesa o cama vecina, saboreando y compartiendo con todos aquellos banqueros, incipientes burgueses, marchantes, mercaderes e incluso reyes los placeres de los sentidos.
   De esta manera escuchaba, estudiaba y analizaba sin ser visto conversaciones privadas: escuchaba, al cerrar los ojos, el tono y el timbre de sus voces; con la mente en profundo silencio, estudiaba el alo de sus gestos navegando en el viento; analizaba sobre todo, como al buen vino dejándolo reposar primero, el aroma desprendido de cada uno de sus actos. Era especialmente a partir de los más superfluos, aquellos que se pierden en el inconsciente para luego aflorar por dentro tal que si soplo de dioses fuesen, como conseguía conocer los más sinceros sentimientos: si la persona por la cual yo había sido contratado respondería a lo pactado, si sería honesta, resuelta y firme o si, por lo contrario, su avaricia o su pedantería o su cobardía (o todo junto, que casos también los había) rompería cualquier posible acuerdo. Sin embargo, los honorarios cobrados a cambio de tan valiosa información en ningún momento hicieron pequeña sombra a las ingentes sumas manejadas por las excelentísimas damas y los ilustres caballeros cuyos retratos y largos nombres plagan las páginas de la historia.
   De todo lo que fui, de todo lo que viví, hoy nada queda. Apenas cuatro sueños difíciles de descifrar cuando el mundo, desde entonces y hasta ahora, ha cambiado tanto. Fugaces risas, susurros prohibidos cantados a media voz cuando la operación alcanzaba su cenit. Palabras secretas que nunca fueron escritas. Y si bien es cierto que, tras tanto sentir, despierto sudoroso y sediento, también lo es que no me arrepiento ni reniego de mi larga experiencia: a ella debo mi sabiduría añeja y a ella agradezco el poder saborear la desnuda sencillez de mi mujer junto a mi almohada. Su respiración, entremezclada con el cantar de los pájaros y de las tabernas, me muestra mi más apreciada esencia.
   Y, ahora, unos minutos de silencio, ella se despereza.

 

  lsorciere

 

                                                                            31 de diciembre del 2000

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