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16 mayo 2014 5 16 /05 /mayo /2014 05:23

 

 

Hay amor en la madrugada

repiquetea la voz del rocío

contra el dintel la ventana.

 

 “Ay, amor- dice él-,

de todo cuanto es efímero

sólo éste, eterno momento,

anhelo: Sirena, son

de hilo blanco tus escamas;

tu torso desnudo, bañan,

primeras luces del alba.”

 

 “Ay, amor- responde ella-,

en mi madrugada,

de ti dependo;

único respirar en sombras,

me acompañas.”

 

 La voz del rocío

repiquetea

contra la ventana.

 

30 de diciembre de 2004

 

 

sorciere

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20 abril 2014 7 20 /04 /abril /2014 12:58

Aprenderemos a convivir como personas civilizadas, aprenderemos incluso cuando cada palabra dicha se convierta en excusa para querernos, cada vez, un poco menos.


20 de abril de 2014

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11 abril 2014 5 11 /04 /abril /2014 11:24

“¿Por qué me mira así?”, le pregunté, exasperado. Entonces, un espasmo de horror lo convulsionó, las órbitas de sus ojos llamaron a formación y dibujó una O de muñeca chochona con los labios. Se alejó, apretando el paso y mirando de refilón a su espalda, temeroso de ser perseguido. Es lo malo de este trabajo: cuando hallo el cenit de la concentración y  me sumerjo en el paisaje urbano cual árbol o farola,  aparece el profano, el fisgón; me ofusco y le espeto cualquier barbaridad. Mi madre, al declararle mi vocación de estatua, me advirtió: No se hizo la miel para la boca del asno.

 

17 de febrero de 2011

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11 abril 2014 5 11 /04 /abril /2014 10:08

“Más tarde, con el tiempo, plantaremos un árbol”, dijo con voz apagada y la piel todavía lívida por la exhumación de un sudor frío que apenas le permitía respirar. Una ligera brisa despertó y en la ralla del horizonte se empezó a dibujar el despuntar del día. El niño, a sus pies, rollizo por efecto de sucesivas capas de abrigo, miraba a la madre con el interrogante de la inocencia balanceándose en sus ojos. La madre, marchita como sólo una flor de invernadero se aja, lo acogió, débil y dolorida, entre sus brazos. “De momento, dejaremos unas flores”, apostilló al aire. La noche había resultado agotadora.

 

19 de diciembre de 2010

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11 abril 2014 5 11 /04 /abril /2014 10:07

Un hombre sencilloEcos de pasos precipitados retumbaban en el vacío del piso. Manuel bajó la maleta del altillo, vació el armario y volcó los cajones sobre la cama. Si no se daba prisa, en cualquier momento, le sorprendería la señora de la limpieza. En el aseo, metió de un manotazo sus enseres personales en una bolsa de basura. Los sustituyó por un sobre a nombre de la asistenta que contenía el sueldo de tres meses.

A mediados del pasado noviembre, poco antes del anuncio del ERE, compró una hoja de lotería de la empresa, como solía. Era el único secreto con quien habían compartido cama conyugal, durante más de veinte años, Mar y él. Jamás se lo mencionó con la vana esperanza de que, llegado el día, la alegría insultante de la televisión se trasladase, directa, a su casa. Abrirían botellas de champaña, saltarían sobre el sofá, llorarían y reirían al unísono, se abrazarían y lo grabarían todo para la posteridad. De manera incomprensible, a la hora de la verdad, sus músculos se paralizaron como en una película de terror. El premio, madrugador, lo sorprendió almorzando; él, impasible, dio un sorbo al café, deglutió las tostadas de pan duro y terminó de leer el periódico. Ni un mísero tic en su semblante filtró un posible estado de alteración o nerviosismo. Al fin y al cabo, a la hipoteca apenas le restaba un par de años, Mar era una alta funcionaria y las niñas pronto saldrían de la universidad. La breve reflexión interior inclinó la balanza y resolvió dar alas a aquel sueño truncado con la primera cita de su corto noviazgo.

Así pues, en plena crisis inmobiliaria, adquirió un pisito en la zona bohemia de la ciudad, donde se pasaba las horas de desempleo mientras su familia lo creía en el trabajo. Comenzó a leer libros de filosofía, a discutir sobre política y arte en bares que parecían conservar el áurea displicente de su juventud y la nube de humo de antes de la prohibición del tabaco, envasada como un caro perfume; se compró unas gafas de pasta sin graduación; paseaba por el barrio con las manos a la espalda, reflexionando sobre la existencia y evolución del ser humano… Aunque nunca llegó a culminar ninguna relación, estudiantes ávidas de conocimiento y experiencias se rendían a sus encantos artificiales -extraídos de poses de artistas procedentes de los márgenes de la cultura- y a su memoria reconstruida con ayuda de las hemerotecas. Puntual cenicienta, a las nueve devolvía las gafas al estuche de la mesita, se ponía su mono azul-mecánico y regresaba a su vida anodina; en el trayecto del piso al hogar, sus pulmones henchidos de ego y autoestima se iban desinflando.

Creía tenerlo todo bajo control cuando, una tarde, tropezó con su hija mayor en la entrada de uno de los locales donde había adquirido cierto prestigio de pensador alternativo y revolucionario. Milagrosamente, parapetado detrás de la gruesa montura y con la boina francesa encasquetada de medio lado, no lo reconoció. Aun así, la termita de la inquietud comenzó devorar los cimientos de su personaje: dejó de concentrarse en sus lecturas, sus discursos menguaban en fuerza, olvidaba componentes esenciales de su atrezzo en los centros sociales… y la luz de la admiración poco a poco se fue apagando entre sus interlocutores. En el seno familiar también empezaba a cometer fallos graves que dejaban una estela de silencios incómodos y miradas de incomprensión alrededor de la mesa, como cuando, mordisqueando un bocadillo de butifarra, se le escapó a Gandhi de su boca y citó, ensimismado, “el mayor beneficio de la timidez consiste en que gracias a ello he aprendido a economizar las palabras. He adquirido el hábito de reflexionar antes de hablar”. El tiempo se detuvo, el ruido de cubiertos cesó,  Mar y las niñas, atónitas, interrumpieron su conversación banal e incluso el sonido del televisor pareció amortiguarse. La noche que se presentó en la portería de su casa vestido con la elegancia descuidada de un intelectual, cayó en la desgracia que se le avecinaba, de no poner remedio. Otra vez la estúpida balanza, entre el yugo de la rutina y el cristal multicolor de su persona,  jugaba a ser la dueña de su vida.

Desde el rellano, proveniente de lo bajo de la escalera, al echar la llave de la puerta, alcanzó a escuchar la discusión, a voz en grito, entre la mujer de la limpieza y la portera. Alguien presionó el botón arcaico de llamada, el engranaje correoso se puso en funcionamiento y el ascensor bajó torpe y lento. La frente de Manuel era un caño de fuente, el llavero botaba en la mano y los nervios ausentes durante el año acudieron de improviso. Cargó la maleta a la espalda, agarró la bolsa con los dientes y bajó  tropezando con cada esquina del resbaladizo caracol marmóreo, rezando a lo más sagrado por no encontrarse con nadie y evitar dar explicaciones. Salvados los primeros obstáculos, en la calle todavía recorrió unos metros de seguridad con el peso de la culpa. Eligió el quinto contenedor para arrojar la bolsa y la maleta, la cual, mal cerrada a presión, desparramó su contenido sobre los desperdicios.

Una última mirada capturó la funda entreabierta de sus gafas y Manuel cerró los ojos con esfuerzo para dejar tras de sí el alo misterioso de su desaparición en aquel barrio que nunca lo olvidaría. Regresaba así, mientras lograse contener sus bajos impulsos, al humilde prototipo –hombre blanco de clase media baja, felizmente casado y con dos hijas- que toda buena estadística desearía incluir. Quizás, el próximo sorteo revelaría al resto de la familia una repentina riqueza, pero, claro, ya no sería lo mismo.


 

  lsorciere

 

 

22 de noviembre de 2011

 

 

Nota: Mi especial agradecimiento por su colaboración como modelo fotográfico a JC Giró

 

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11 abril 2014 5 11 /04 /abril /2014 09:28

“Recuerda a papá que baje la tapa”, le comenté con desgana por la noche a Jaime, mi marido, mientras veíamos  desde el sofá desfilar anuncios publicitarios por la pantalla plana del nuevo televisor. Un mes después, teníamos arreglado todo el papeleo para su ingreso en el geriátrico.

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18 febrero 2014 2 18 /02 /febrero /2014 22:29

Postal A

 

Cuando hacíamos 5º de EGB todas sabíamos dos cosas: quiénes era los Reyes Magos (aunque yo lo callaba, en un intento desesperado por mantener los lazos de la infancia) y que un día, cuando fuésemos a 8º, Mercedes sería nuestra profesora. Por eso, la clase auto-ordenó la algarabía habitual de los primeros minutos al verla entrar sorpresivamente y cada niña se recogió, como pudo, en su pupitre. Por algún motivo inesperado y ya olvidado, Mercedes nos daría aquella hora lectiva: la luz entraba a raudales por las ventanas de par en par; en la lejanía del patio, arrullaban las palomas, ahítas con las migas de bocadillos envueltos en papel de plata, y con sabor fuagrás y a chorizo; y en nuestro interior bullían los nervios, mientras daba comienzo a la cantinela rítmica de la lista. Bajo su mirada, severa y, sin embargo, domada por la inevitable curva de una sonrisa franca y clara, éramos polluelos en quienes depositaría, a modo de regalo, grandes esperanzas y sueños.

Así fue cómo descubrimos que, la entonces subdirectora, reconocía nuestros nombres, recordaba hermanas mayores y hasta nuestros pequeños méritos o flaquezas ¿Era un truco que racionaba cada tanto para impresionar a sus futuros alumnos?, ¿le ocupaba apenas unos segundos de repaso antes de entrar en el aula? Quizás, pero yo tuve suficiente y, en aquel momento, ya me conquistó; más hoy cuando sé que, sin una base de datos digna, sólo somos almas peregrinas.

En una época de promesas por cumplir, de luchas recién ganadas, de rescoldos de miedos por romper, nacidas bajo el auspicio del cambio …, su energía, suavizada por la condición religiosa, nunca dejó indiferente a nadie. Vestía cercana y sencilla, como camuflada entre la gente, entre las madres que acudían cada mañana a las puertas del colegio para explicarles, a viva voz y con mensaje diáfano, la existencia de un mundo más allá de sus fronteras. Porque Mercedes veía en cada una de nosotras a pequeños adultos libre-pensadores que pronto volarían lejos de ella y, apremiada por el tiempo, aprovechó cada segundo a su disposición para fortalecer el nacimiento de nuestras enclenques alas.

El pasado domingo, los muros del colegio rebosaban fiesta por su 50 Aniversario. Desde el balcón del piso donde viví, vi los corrillos del patio. Es un balcón pequeño hecho grande cada mediodía por la cálida brisa, al traer la alegre ola del rumor de los niños. Aquí y allá, las exalumnas y exalumnos se arrejuntaban como corderillos. Sus risas, poco a poco, fueron aniñando los cuerpos hasta convertir en puro faldón sus ropas, ya desbordados por la luz de los primeros juegos. Embriagados por la magia, se fotografiaron junto a Mercedes Sanmiquel, para arrancarle un recuerdo más a la lejana infancia y tocar con las puntas de los dedos el inicio del camino que una vez pensaron sería, y es, sin marcha atrás.

Por las cosas de la vida y de la complejidad absurda de las personas, yo me quedé en mi balcón. Sin embargo, estoy contenta, pues sé que convencionalismos sociales y una retahíla de frases hechas me habrían cohibido de explicarme como ella solía, a viva voz. Gracias por compartir esas fotos en la red, que han permitido este dulce encuentro. 

 


18 de febrero de 2014 

 

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16 febrero 2014 7 16 /02 /febrero /2014 18:05

 

Nota de la autora: vayan por adelantado mis disculpas.


 “Yo no sé cómo se harán las revoluciones, cuando se hagan, en Zamora, Orense o Lérida (…) En Barcelona, la revolución no se prepara, por la sencilla razón de que está preparada siempre. Asoma a la calle todos los días, si no hay ambiente para su desarrollo, retrocede; si hay ambiente, cuaja. Hacía mucho tiempo que la revolución no disponía de aire respirable; encontró la protesta del Riff y respiró a sus anchas”

Osorio i Gallardo, Gobernador Civil de Barcelona durante los sucesos de la Semana Trágica, Junio de 1909

 

“Se acabó; me rindo”, dijo como para sus adentros mientras suspiraba. De esta manera, arropada en la vulnerabilidad de su pijama de algodón, Alejandra daba por concluida una larga reflexión. Luego apagó el cigarrillo, prohibido entre las cero y las diez horas por el decreto-ley núm. 10.086/699 de Marzo de ese mismo año, 2084, para la prevención de incendios urbanos.  

cama

Inmediatamente el Dispositivo de Localización de Elementos Bullangueros Dispuestos a Entregarse (D.L.E.B.D.E.) se accionó: la antigua sirena antidisturbios rompió el silencio de la noche, el foco del helicóptero N”EO II iluminó el piso ciento veintiunavo del número 3150 de la calle Admondrea y un escuadrón silencioso, pulcro y ordenado se internó en el edificio. La puerta de entrada a la casa estaba abierta; el cigarrillo todavía humeaba y Alejandra permanecía sentada en el borde de su cama, absorta en unos pensamientos que ya viajaban más allá del  paisaje de la ventana. Las hélices hicieron ondear el tul de las cortinas a modo de bandera blanca, los espectros escondidos en las viviendas adyacentes fueron espantados y el empuje de la ventolera resplandeciente la liberó, por fin, de toda posible resistencia. Al cerrar los ojos, incluso perdió el tacto agradable del algodón sobre su piel. Se desechó su fabricación hacía más de dos década en pro de otros materiales sintéticos clasificados por el Instituto Interterritorial de Gestión de Recursos aptos para el uso humano común; pero el olor de su infancia y el recuerdo de su padre la aferraban a él con desesperación de yonqui. Rayando los márgenes legales, rebuscaba entre las basuras o, en última instancia, acudía al Trocadero, el mercado del trueque del Distrito 70, donde miles de desarraigados Elementos Bullangueros sobrevivían irreverentes a cualquier normativa publicada por el C.O.T.S., Circular Oficial de los Territorios-Socios.


Desde el inicio de la Nueva Era Post-Actual (más conocida entre los estudiantes con las siglas N.E.P.A.), instaurada por el Convenio Supranacional de Territorios-Socios de Enero de 2020, se habían dejado de utilizar armas convencionales contra los conciudadanos: además de considerarlas propias de sociedades pre-postactuales, años atrás, estudios multidisciplinares de prestigiosos científicos evidenciaron su ineficacia. Por costumbre histórica, hicieron las primeras pruebas en regiones-miembros limítrofes. Los resultados fueron muy reveladores: en la coctelera del descontento general, insuflaron los estertores del vetusto Estado del Bienestar (acelerada su aniquilación por cada uno de los Socios) con un amasijo  filosófico de origen vago y manipulable, para sumergirlos así a un prolongado período de convulsos movimientos- todo ello englobado por el Elenco de los Treinta Biempensantes con el eufemismo “La Experiencia del Sistema”-. Así habían descubierto que los Elementos, en estado de alerta, se reagrupaban y regeneraban, de igual modo que el enjambre defiende la colmena. Además, siempre escapaba alguno infectando futuros proyectos.


Con el tiempo, las estadísticas confirmaron también que cada Elemento, en el plazo de sus primeros treinta años, podía llegar a interactuar, de media, con otros ocho mil Elementos. De ese total, apenas un Quince Por Ciento (el Q.P.C.) trascendía en su ideario posterior. No obstante, con igual certeza que cualquier simple cadena de correo retorna al origen, si el poder del Q.P.C. se encauzaba con destreza, se podía desencadenar un efecto dominó totalmente controlado. Así germinó la Idea, la nueva bomba atómica que en adelante recaería sobre la población civil. El objetivo consistía ahora no tanto en doblegarlos mediante coacción física como en minar sus espíritus hasta la negación de sus personas, gracias al goteo de la Idea en el imaginario popular. Las consabidas guerras de trincheras habían sido un juego de niños; después del Gran Cambio (así se le llamó al fin del Mundo Actual y motor de la N.E.P.A.), no habrían vencidos porque a nadie le importaban, ni nombres, ni batallas y la ingente masa utilizada de cobaya se agolparía, sin posibilidad de rendición, a los pies de la ciudad, el origen de todos los Distrito 70 de todas las ciudades de todos los Territorios-Socios.


¿Qué hacer entonces con el exceso social de la N.E.P.A., cuando su eliminación mediante métodos agresivos o violentos resultaba estratégicamente inviable? Finalmente, se resolvió que, una vez alcanzasen la sumisión, se les permitiría entregarse voluntariamente al orden público. Dado el paso, eran ingresados en el Centro de Admisión donde permanecerían hasta completar el cupo de Los Cien. Luego, lo desconocido; quizás la redención; ninguno había regresado.


Por supuesto, todo esto era de dominio público. El Q.P.C., combinado con los avances tecnológicos, volvían la censura informativa en mera quimera. Y los Territorios-Socios, lejos de nadar contracorriente, decidieron dejarse arrastrar por ella: cada ciudadano elegiría su propio camino hasta que las fuerzas le traicionasen e inclinasen definitivamente su balanza existencial entre un Elemento Simple o uno Bullanguero, dejándose consumir por la carcoma de la Idea o la indefensión del individuo frente a la acción de la Estructura, es decir, frente a la posición donde la Sociedad -vista como Ente- coloca a cada uno de sus Elementos y, así, determinar el valor de su utilidad (el V.U.E.) o, si fuese necesario, elevarlo al mismo cielo para luego estrellarlo contra el suelo del fracaso. Alcanzado el punto de inflexión, desvelado el escalafón del Elemento, éste sería abandonado a su suerte, condenado a vagar en el exilio intangible de los Elementos Bullangueros dentro de los muros de su ciudad. La mayoría de quienes se resistían a la entrega inmediata terminaban auto-confinándose en su correspondiente Distrito 70. La Idea, inyectada como un virus exterminador desde la cúspide de cada uno de los Territorios-Socios por orden directa del Elenco de los Treinta Biempensantes, contaba con su propio Q.P.C. Así se resolvieron los conflictos surgidos a raíz de “La Experiencia del Sistema”.


el-sueno-de-la-razon-produce-monstruosEl sueño de la razón produce monstruos reza de título un grabado del maestro Goya: el setenta y cinco por ciento de las auto-entregas se daban a partir de la caída de la tarde. Los Elementos se rendían fumigados por sus miedos. Así pues, de la planta veintiuno para abajo, se sumaron a Alejandra, entre otros, un niño enclenque de unos diez años con aurea de viejo y una mujer rolliza con un pie en la cincuentena. En la esquina de Admondrea con Crintencia, les esperaba aparcado el furgón del D.L.E.B.D.E. y, en el interior, una luz de quirófano. Justo antes de subir, Alejandra miró al cielo: el faro del helicóptero se apagó, la voraz noche mordió el cuello del mega-rascacielos y la figura del N”EO II se internó en la oscuridad de su cueva. El motor se puso en marcha con suavidad de amante en su primer encuentro, rumbo al Centro de Admisión. De pronto, una tos perruna, impropia de un niño, interrumpió la evasión mental de los Elementos auto-entregados allí presentes y Alejandra se encandiló con el halo de tristeza de la pequeña mano arropada por el cuenco agrietado de la rolliza cincuentona. Acunados por el vaivén taciturno de los semáforos y de las siguientes recogidas, Alejandra fue recopilando los pedazos de su microhistoria. En casa, respondía por Alex.


Los padres de los padres de Alejandra Zeerman Prisco, sus abuelos, se habían arrojado a las calles ante el seísmo del paradigma donde asentaban su rutina. Junto a millones de correligionarios dispersados por el mapa de los actuales Territorios-Socios, participaron en los movimientos populares del naciente siglo XXI y protagonizaron de manera inconsciente la primera fase de la Experiencia. Observados a través de la probeta del Elenco de los Treinta Biempensantes, los llamaron Bullangueros en clara referencia a las revueltas del ocaso del Absolutismo, en el nordeste del Territorio-Socio E (o Estado Español hasta la Edad Contemporánea). Eran las comprobaciones previas de la tendencia subversiva y la falta adaptación, el cálculo aproximado del excedente poblacional y la primera criba; ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos restarían marcados con el estigma del bullanguero.


Alex era, pues, nieta de la Experiencia del Sistema y heredó, por tanto, un pasado aplastado por el peso del silencio y el tabú. Sus padres, supervivientes de aquella generación perdida, engañaron su destino con perfil de Distrito 70 y superaron las pruebas selectivas del Gran Cambio. La lucha desesperada por demostrar el V.U.E. (Valor de Utilidad Existencial) de sus personas, ubicado en los escalones más bajos de la sociedad en ciernes, les hizo extremadamente hábiles y resistentes, con la esperanza de que Alex, hija única, tomase un día el relevo y dejase atrás, definitivamente, la delgada línea del vencido. No obstante, en el fondo de sus ojos siempre brilló el temor del fugitivo.

Creció con ese espíritu, consciente de un pasado genealógico confuso a la espera del dictamen de la Idea, pues aun el mutismo obediente y resignado, resquicios de costumbres primitivas en el seno familiar los delataban.


A Alex le asaltó uno de sus diálogos recurrentes:


-Papa, ¿los abuelos se bañaban en el mar? –En su mundo de fantasía, Alex, la niña, situaba la hazaña en la trama de uno de sus cuentos.

-Sí.

-¿Y no tenían miedo de ser tragados por las olas? –preguntaba sin dejar nunca de asombrarse.

-No.

-¿Tú has nadado en el mar? –inquiría comida por los nervios, a la espera de ir de la mano de un héroe.

-De pequeño, alguna vez.

-¿Y yo, puedo meterme yo? –Avanzándose a la consecuente objeción, añadía:- sólo las puntitas de los pies, lo juro.

-No, Alex, está prohibido.


Y sin más explicaciones daban por concluida la conversación. Luego, regresaban a casa sobre sus pasos, uno al lado de otro y, sin embargo, encerrados en universos paralelos. El tiempo les enseñaría a callar las preguntas sin respuesta.


Paolo Zeerman murió, inesperadamente, un veintPlaya-copia-1 icuatro de julio de 2070. Como la gran urbe había engullido lo s cementerios -sin cabida en la N.E.P.A.-, Alex, pájaro migratori  o, acudiría a la playa de madrugada, cada aniversario, en memoria de su padre. Sus pies descalzos, en contacto directo con la humedad de la arena, la transportaba a la lejana infancia para reanudar aquellas charlas, donde los huecos hablaban por ellos. 

 

Los trompicones de un frenazo la interrumpieron. Dentro de una camisola azul tres tallas más grande, tiritaba el niño, poseído por un soplo de vida. Indefenso, sus bambas bailaban en el aire. La mujer arrugó el morro y, resignada, lo atrajo bajo su pecho de matrona. Por el escondite del sobaco, asomó la carita de gato perdido. “Pelusa sobre los labios”, pensó Alex, “por eso parece mayor”.


En una civilización donde el detalle es prueba fehaciente, las facciones blandas de Alex, discordantes con su mirada oscura, y una dejadez innata en su forma de ser habrían sido signos de cierta predisposición de un V.U.E. por debajo de los mínimos exigidos, de no ser por la sobreprotección parental, garante de subsistencia, y una obstinada voluntad de superación. En los Juegos de Iniciación a la Socialización (simulación virtual para Elementos Pre-sociales, infantes de cero a nueve, diseñada por el Instituto Interterritorial del Conocimiento), Alex cumplió los roles, si bien es cierto que nunca con excelencia. Aun así, los Zeerman Prisco confiaron en que sus torpezas a la hora de superar niveles, una vez alcanzase la edad de contacto con la realidad, se convirtiesen en anécdota.


-A los cien, todos calvos –solía bromear Paolo, echando mano de un antiguo chascarrillo.


Por desgracia para todos, nada cambió; las carencias físicas e intelectuales se volvieron cada vez más evidentes a medida que avanzaba en el Adiestramiento Superior del Conocimiento. Pese a ello, no abandono y, para sortear la Idea, aceptó y suplió sus vacíos con ingenio, horas de gimnasio e imitación de sus compañeros. También por desgracia para todos, se equivocó, al no calcular la importancia del grado de debilidad de espíritu, imposible de enmascarar.


-Entré en el Programa de Recuperación Residual –explicaba Andrea Prisco a su hija cuando la nostalgia le producía insomnio- por recomendación del director del Edificio 450-D70, dedicado al mantenimiento del Distrito 70. Me preguntó si dominaba las reglas básicas del Conocimiento (entonces eran: Modelación Espacial WWW, Captación Sensitiva de la Relaciones, Lingüística Internacional, Historia de la N.E.P.A. y Estructura Económica). Le dije que sí, sin dudarlo; las había aprendido a espaldas de los abuelos, arraigados en su vida arcaica. “Es una pena, pareces espabilada”, me dijo, “quizás podríamos recuperarte. En fin, se hará lo que se pueda”. Y me metieron en Escáner, donde conocí a tu padre.


Luego, ya en trance, daba comienzo a su rosario de lances; a Alex siempre le abrumó la responsabilidad de sobrepasar el V.U.E. de sus padres.


El vehículo se detuvo. Un ataque de nervios convulsionaba el cuerpo del pequeño y la mujerona se vio en el brete de susurrarle palabras tranquilizadoras. El tinte rubio apenas le cubría las puntas y una melena despeinada, de un gris amarillento, reafirmaba su desgana.


-Shiiiiii, Alex –intentaba calmarlo, a pesar de todo.


El detonador de Alex, o Alejandra, se había activado dos noches atrás, durante su constreñida visita al Trocadero. En pleno intercambio de piezas de procesador por sábanas de algodón, un tumulto ocupó las calles. Su intento de huída duró unos minutos. Tragada por el tsunami de la masa, se sorprendió encabezando la marcha, vociferando lemas bullangueros en un estado de excitación solo comparable a la culminación del clímax: Las manos alzadas, la musculatura tensa y dispuesta al ataque, su voz en ristre como única arma, en clara ostentación de la rabia acumulada desde el día en que nació, hasta obnubilarle los sentidos para hacerla, por una vez, fuerte. Aunque sellaron los accesos del distrito, gritaron y caminaron durante horas, exigiendo una parte de ese cielo de donde habían sido expulsados, con la maldición del ángel caído.


Una sola jornada fue suficiente para entender que su V.U.E. había sido desvelado. De la misma manera que la algarada se dinamizó, progresivamente fue perdiendo fuelle hasta diluirse como los círculos concéntricos de una piedra lanzada al agua calma y Alex se encontró infinitamente sola delante de la cerca metálica todavía custodiada, desde el otro lado, por ese ejército, silencioso, pulcro y ordenado. Incapaz de sobrevivir ni dentro ni fuera del Distrito 70, Alejandra Zeerman Prisco se entregó, sin amago de pugna, un veinticuatro de julio de 2084. No pasaba nada, o al menos nada importante, solo era el Fin del Juego y, su expediente lo demostraba, en eso nunca resultó demasiado diestra.

La corredera del camión se abrió. Habían llegado al Distrito 70, siempre despierto, alerta ante cualquier posibilidad de rebelión. El desorden y el griterío inundaban las calles.  Miró entonces a su tocayo, de nombre y alma, y le clamó: “¡Corre antes de que sea demasiado tarde!”. Y el único uno por ciento que Alex utilizaría de su Q.P.C. golpeó la ficha con efecto dominó que encabezaría una nueva época dentro de la N.E.P.A., tal y como con posterioridad se registraría en la Historia del siglo XXII.

 

31 de julio de 2012

 

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16 febrero 2014 7 16 /02 /febrero /2014 12:59

Muere un atardecer más, el sol se esconde y el cielo, sólo finito en el borde de mi mirada, por fin descansa. Todo empezó en una de mis crisis existenciales: perdido en la vorágine de la fama, me ofrecieron presentar El explorador, una serie de documentales de alto riesgo en parajes perdidos con tintes de tele-realidad. Alérgico incluso a la gimnasia pasiva y de naturaleza torpe, me sorprendí al verme firmar el contrato, en cuyos márgenes se excluía de toda responsabilidad a la productora por abandonarme en medio de la nada con una cámara casera y un kit de supervivencia, patrocinado por Decapton.  En la selva amazónica tuve suerte. Unos aborígenes se apiadaron de mí, me recogieron medio moribundo de un río menor (todavía hoy desconozco su nombre o cómo llegué) y me devolvieron, como un fardo olvidado por un turista, a las puertas del mismo Decapton, paraíso de la industria del deporte.  Increíble y cierto a la vez. Dudo que en esta ocasión la lagartija que ahora puntillea la arena tenga ningún interés en espantar a Mario, el buitre que me persigue ya sin pudor desde que escuchó resbalar por mi gaznate la última gota de agua. Por si acaso, dejé grabado mis sospechas sobre la Brújula Top-Explorer, una de las  ingenierías más revolucionarias del equipo de investigación. En mi opinión, no resulta muy práctica su batería recargable en medio del desierto. Si al menos hubiese sido solar…

 

25 de septiembre de 2011          

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16 febrero 2014 7 16 /02 /febrero /2014 11:43

Son las doce horas, un minuto y quince segundos. Aunque incapaz de contar los días desde mi encierro en esta caja aséptica, una alarma interna me pone sobre aviso. Miro a hurtadillas el reloj de muñeca de mi madre que se refugia en los ajetreos del papel couché, siento el frío de la cama y me hago consciente del bulto de mi cuerpo. Me palpo con disimulo brazos, estómago, pecho. Mi compañera de habitación calla. Pronto escucharé sollozos, algún grito rebelde, estruendo de bandejas contra el suelo. Falta una hora, cincuenta y nueve minutos, cuarenta y cinco segundos: después de mucho llorar, me traerán la comida; mañana toca comedor. 

24 de septiembre de 2011

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