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1 enero 2018 1 01 /01 /enero /2018 11:10

El verde tallo se va espigando al ritmo que se deshojan calendarios. Entre cabriolas, mientras, ensaya retos, aprende la tortura de las matemáticas y desvela el misterio de los Reyes Magos.  En su Carta de este año quedaron renglones huérfanos; la dueña del cántaro de las risas solo quiere un abrigo. Paseamos por la calle, va delante, retrocede, escucha las conversaciones intentando comprender qué es ser eso que parece ser que somos, juega con su hermano… De pronto, se para delante de un escaparate.  La breve clarividencia de su mirada -esa que, a base de repetirse, te convierte en adulto-  se dirige a su madre. Un instante después corre calle abajo.  Paula se hace mayor.

31/12/2017

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23 mayo 2014 5 23 /05 /mayo /2014 23:34

Cri-cri, cri-cri, cri-cri. Los grillos del parque, bajo la batuta de la luna, despliegan al unísono sus alas. Se abre elMJ Sevillana concierto y un intenso olor a jazmín baña el camino donde conversaciones con acento jienense se dirigen a las fiestas del pueblo. Toda emperifollada, vestida con mis primeras galas y con esos zapatos relucientes que de tan nuevos destrozan los pies, escucho a las muchachas, para mí adultas, y el sonido de la gravilla estremeciéndose bajo nuestros pies. Poco después, llegaríamos a la feria. Allí el alborozo de las atracciones, los puestos de tiro, las casetas de sevillanas… tragarían definitivamente el silencio de la noche.

Arrastrada por la nostalgia de mis abuelos, haciéndome partícipe de sus deseos,  regresaba al pueblo en verano con la misma vitalidad que si un día, yo, hubiese marchado en busca de una vida mejor. Y así, con esa premisa de que todo aquello debía ser bueno,  descubrí el sabor del pan cuando se convierte en dulce y el del agua sencilla y fresca que, en el sudar de un botijo,  me esperaba, paciente bajo la sombra de la escalera, un año más.

 

 

14 de agosto de 2011

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16 mayo 2014 5 16 /05 /mayo /2014 08:31

(Tengo una muñeca vestida de azul,

  con su camiseta y su camisón.

  La saqué a paseo, se me constipó,

  la tengo en la cama con  mucho dolor...)

 

   Cuando yo era niña, todas las niñas éramos muñecas de porcelana, frágiles y delicadas. Por eso, cuando niña, mi madre me tomaba con cuidado, temiendo dañarme entre sus brazos; por eso, las estrellas asomaban al cielo, sólo para velar mis sueños. Y es que, Sin-titulo-2.jpgen aquel entonces, a las niñas las vestían con encajes y gasas; se les contaba hermosas fábulas sobre princesas encantadas; se les enseñaba los grandes dogmas de los sueños, dulces ángeles de la infancia.

   Sin embargo, las niñas de aquellos lejanos tiempos un día crecieron: sentadas, despojadas de todos sus miedos, comenzaron a mostrar al mundo las palabras secretas de todos los cuentos, las mentiras camufladas sobre lo falso y lo cierto. Así, el mundo y ellas pudieron ver como las manos de plata se liberalizaban y se tornaban más humanas; como las lánguidas miradas, maduraban y se iluminaban.

 

 

 

24 de marzo del 2003 

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18 febrero 2014 2 18 /02 /febrero /2014 22:29

Postal A

 

Cuando hacíamos 5º de EGB todas sabíamos dos cosas: quiénes era los Reyes Magos (aunque yo lo callaba, en un intento desesperado por mantener los lazos de la infancia) y que un día, cuando fuésemos a 8º, Mercedes sería nuestra profesora. Por eso, la clase auto-ordenó la algarabía habitual de los primeros minutos al verla entrar sorpresivamente y cada niña se recogió, como pudo, en su pupitre. Por algún motivo inesperado y ya olvidado, Mercedes nos daría aquella hora lectiva: la luz entraba a raudales por las ventanas de par en par; en la lejanía del patio, arrullaban las palomas, ahítas con las migas de bocadillos envueltos en papel de plata, y con sabor fuagrás y a chorizo; y en nuestro interior bullían los nervios, mientras daba comienzo a la cantinela rítmica de la lista. Bajo su mirada, severa y, sin embargo, domada por la inevitable curva de una sonrisa franca y clara, éramos polluelos en quienes depositaría, a modo de regalo, grandes esperanzas y sueños.

Así fue cómo descubrimos que, la entonces subdirectora, reconocía nuestros nombres, recordaba hermanas mayores y hasta nuestros pequeños méritos o flaquezas ¿Era un truco que racionaba cada tanto para impresionar a sus futuros alumnos?, ¿le ocupaba apenas unos segundos de repaso antes de entrar en el aula? Quizás, pero yo tuve suficiente y, en aquel momento, ya me conquistó; más hoy cuando sé que, sin una base de datos digna, sólo somos almas peregrinas.

En una época de promesas por cumplir, de luchas recién ganadas, de rescoldos de miedos por romper, nacidas bajo el auspicio del cambio …, su energía, suavizada por la condición religiosa, nunca dejó indiferente a nadie. Vestía cercana y sencilla, como camuflada entre la gente, entre las madres que acudían cada mañana a las puertas del colegio para explicarles, a viva voz y con mensaje diáfano, la existencia de un mundo más allá de sus fronteras. Porque Mercedes veía en cada una de nosotras a pequeños adultos libre-pensadores que pronto volarían lejos de ella y, apremiada por el tiempo, aprovechó cada segundo a su disposición para fortalecer el nacimiento de nuestras enclenques alas.

El pasado domingo, los muros del colegio rebosaban fiesta por su 50 Aniversario. Desde el balcón del piso donde viví, vi los corrillos del patio. Es un balcón pequeño hecho grande cada mediodía por la cálida brisa, al traer la alegre ola del rumor de los niños. Aquí y allá, las exalumnas y exalumnos se arrejuntaban como corderillos. Sus risas, poco a poco, fueron aniñando los cuerpos hasta convertir en puro faldón sus ropas, ya desbordados por la luz de los primeros juegos. Embriagados por la magia, se fotografiaron junto a Mercedes Sanmiquel, para arrancarle un recuerdo más a la lejana infancia y tocar con las puntas de los dedos el inicio del camino que una vez pensaron sería, y es, sin marcha atrás.

Por las cosas de la vida y de la complejidad absurda de las personas, yo me quedé en mi balcón. Sin embargo, estoy contenta, pues sé que convencionalismos sociales y una retahíla de frases hechas me habrían cohibido de explicarme como ella solía, a viva voz. Gracias por compartir esas fotos en la red, que han permitido este dulce encuentro. 

 


18 de febrero de 2014 

 

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13 octubre 2013 7 13 /10 /octubre /2013 08:30

 

Los paPaula-y-MJ-copia.jpgsitos de Paula son torpes y graciosos, como los de un blanco corderillo recién nacido. Paula, la equilibrista, sobre sus pies, tiembla y se tambalea. Arruga su hocico de gatillo con cada risa, mientras  en sus ojos un mar de castaños, alegre y juguetón, se refleja. Descubre, entre juegos infinitos, la belleza de todas las piedras, de todas las menudas cosas que de mayores olvidamos haber admirado como ella. Nunca tiene prisa, mi pequeña exploradora, y siempre se concentra en hallazgos diminutos, porque todo se transforma en algo maravilloso entre  sus manos de algodón.  Ella ahora mira, inconsciente de su sabiduría, pues acaba de mostrarme una traza del mundo y de la vida, la parte más importante, la más pequeña.

 

 

22 de agosto de 2008

 

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1 septiembre 2013 7 01 /09 /septiembre /2013 12:40

JGC bici

Hoy pasó por mi lado. Me miraba de reojo, presumiendo de cojera, un poco estirado y con la media sonrisa pintada, esa que dejaba escapar el orgullo de sentirse especial durante unos segundos, la sonrisa que yo heredé, irremediablemente, y la que heredaron mis hermanos. La utilizamos, la utilizaba, en los pequeños momentos de la vida: tantas veces que perdí las lentillas, él, perseverante hasta el infinito si lo necesitaba, otras tantas, las encontraba; con sus retales escondidos por los rincones (siempre mi madre tras él para que los tirase, pero con la boca pequeña, muy pequeña, los brazos en jarras y el tono alto, como dándose seguridad, porque sabía que tarde o temprano los utilizaría) te sorprendía de pronto con un zurcido perfecto, un apaño para el mantel o unas fundas para las sillas; de cuatro palos, unas estanterías; del arañador del gato, un taburete; e, ignorantes entonces del mundo de la informática, juntos conectamos un lector de CD en mi primer ordenador. Almacenaba trocitos de madera, bajos de pantalones y tornillos viejos; rebuscaba en los cajones; desguazaba pequeños electrodomésticos para salvar del desaguisado, no se sabe por qué ni con qué criterio, algunas piezas. De su capa un sayo, sí, pero justo antes de rendirnos acudíamos a ese sayo para solicitar a gritos auxilio, porque una luz misteriosa guiaba su mala memoria hasta la pieza que nos arreglaría las cosas.

Después de cinco años, su máquina de coser permanecía casi muda en la cocina, al amparo del calor de la ventana. En ocasiones, JC la cogía para conversar con él en el tiempo de un dobladillo o de acortar unos tirantes. Sus diálogos versan sobre lo que el ímpetu de la juventud le impidió escuchar, cuando estaba al alcance de su oído. Lo siento feliz, porque no le lleva la contraria y, si lo hace, al final se resigna y le da la razón, esa razón suya, poco útil y algo rencorosa, que siempre quiso tener y que, yo, irremediablemente, heredé, y la que heredaron mis hermanos.

Y así decidimos claudicar todos, a su razón, a su modo de vida, con las manos y la chispa del ingenio legado, porque nosotros, como él, lo recogemos todo, irremediablemente, hasta que una luz misteriosa guía nuestra mala memoria hacia la pieza del eureka. Por eso, guardamos su máquina y la cabeza de máquina que apareció en casa por obra y gracia de algún misterioso donante y que, con el disimulo del falso sordo, evitó tirar porque…, bueno, pues porque podría hacer falta y escondida dentro del armario a nadie molestaba (aunque bien hubieran cabido los zapatos o ser el hueco perfecto de los detergentes, como diría mi madre, pero con la boca pequeña, los brazos en jarras y la voz en alto, como dándose seguridad…).

De unos días para aquí, he decidido robarle la exclusiva a J.C. de seguir manteniendo charlas con él: me siento delante de la máquina y empiezo a oír el lento ronroneo del motor. Cansado ya de nuestra falta de entusiasmo, de nuestra condenada sordera, apenas me enseñó a ponerla en marcha. No hubo tiempo, nacieron otras urgencias… Es lo malo de ser la pequeña, siempre llegas tarde y terminas conformándote con las migajas del entusiasmo de los padres. Sin embargo, nada más piso el pedal, se coloca detrás de mí para recordarme como mantener la tela firme, la posición del hilo y la importancia de una costura recta, aunque se me siga torciendo. Sabe de mi tenacidad, pero también de mi torpeza, y me regala generoso la paciencia negada a muchos otros, por el simple hecho de ser yo. Lo sé y me aprovecho.

Hoy no le presté la suficiente atención y el canillero, en apariencia un objeto sólido, voló de mis manos, como un  pajarillo en busca de libertad después de más de cincuenta años enjaulado, hasta chocar contra el suelo y confundirse con el jaspeado del suelo. Abrí los ojos; me mordí los labios, y ante la inminencia de desastre de haber roto un objeto sagrado, solicité ayuda a J.C. Barrimos con las manos la cerámica, con igual pose y empeño que él buscaba mis lentillas cuando yo tenía diez años. Sólo encontramos, de las cuatro partes que componen el canillero (ahora lo sé: la rueda, una palanquita, un tornillito y un hipermuellecito), dos. El mecánico nos dio plazo de entrega de una semana; la Refrey ya no se fabrica…

-40 eurazos, la broma, y una semana –le explicaba a J.C por teléfono- ¡No podemos pararnos!

-Oye, ¿has mirado en la máquina del armario? –me preguntaba, mientras mi madre desde la mesa repetía la misma frase, leyéndose el pensamiento.

-Sííííí, al medio día. Está la cabeza, unas patas, canillas…; envuelto en papel de periódico –le contestaba, mirando fijamente a mi madre para confirmar que también le llegaba el mensaje- Ningún canillero. Y, además, vete tú a saber si coincide el modelo...

-Es el mismo –me ratificaba J.C.

-Bueno, ¡pues no está, joder! Qué putada… -En ese instante, la perseverancia que le obligaba a examinar cinco veces el mismo sitio, me poseyó:- De todas formas, volveré a mirar.

-Vale, no pasa nada, mañana hablamos.

Colgué el teléfono, desaminada y con ese sentimiento de culpabilidad que solo unaJuan Giró trabajada base cristiana te puede hundir en la más absoluta de las miserias (ya puedes convertirte al budismo o ser atea; su sombra pegajosa te acompañará hasta los restos). Sin esperanzas, me dirigí a la cocina, abrí el armario y tumbé la cabeza de hierro para revisar la parte inferior. Allí estaba, rutilante como una estrella todavía por descubrir. Fue entonces cuando mi padre pasó por mi lado. Me miraba de reojo, presumiendo de cojera, un poco estirado y con la media sonrisa pintada, satisfecho porque después de cinco años de su marcha, aún hoy, se siente especial, en los pequeños momentos de la vida.

 

31 de agosto de 2013

 

Nota de la autora: si os picó la curiosidad del porqué de esta historia, visitad nuestro Facebook en Plan B, Creaciones (https://www.facebook.com/PlanBCreaciones). Aquí encontrareis qué estamos haciendo con las máquinas de mi padre. Y, sino, simplemente ¡deseadnos suerte!

 

 

 

 

 

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17 agosto 2013 6 17 /08 /agosto /2013 23:20

Playa

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30 diciembre 2012 7 30 /12 /diciembre /2012 09:47

Feliz 2013

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18 octubre 2012 4 18 /10 /octubre /2012 07:00

  Juan-Antonio.jpg -Mama, ¿cómo era aquella canción?

   -¿Qué canción?

   -Aquella que cantaba el yayo cuando jugábamos al escondite.

   -¡Ah!, no sé. Pregúntaselo a tu abuela... –frunce el ceño, pensativa. Sonríe: -Me parece que era...: “Ahí viene mi gavilán, con las cinco uñas de gato, el que no se esconda bien, las orejas se las arranco”.

   -Sí, es era.

   Mi madre se ha ido al comedor y yo me he vuelto a quedar sola en mi cuarto... Sí, fueron días llenos de luz. Yo escondía la cabeza entre sus piernas, mientras él me daba golpecitos en la espalda al ritmo de su voz.

   Mi abuelo era un gran abuelo, venía del campo y se llamaba Juan Antonio. Tenía el pelo blanco platino, la cara buena, el gesto tierno, la piel de leche, las venas del azul del cielo. Mi abuelo era, como el olivo, ancho y pequeño, pero robusto. Tan arraigado a la tierra que no existió temporal frío ni sol abrasador capaces de arrancarlo de ella, de esa tierra amarilla y seca. Por eso, cuando mi abuelo emigró a la ciudad, robó a la tierra un pedazo de su fuerza. Aquí la plantó y la hizo crecer, para luego regalármela a mí como única herencia. Y, además, era rojo, pero del rojo pobre, de quien es algo por tener un sueño al que agarrarse por las noches.

   “Ahí viene mi gavilán con las cinco...”: ya torno a ser niña, ya el cosquilleo del estómago llega; ya levanto la cabeza, ya busco ilusionada a mi compañera...

                                                      

                                                                       25 de noviembre de 1998

                                                             

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5 febrero 2012 7 05 /02 /febrero /2012 10:00

Pequeñica y enfadada, asiente con la cabeza. Su gesto resulta rotundo y firme, rápido como su paso, pero todo el mundo sabe que, en su mente, las ideas son curiosas mariposas eternamente enfrentadas. Mira triste, cuando sonríe, y tras su tristeza se esconde la niña que un día quiso ser mayor..., triste como la lluvia en verano.

En su universo, un diálogo constante le ayuda a sobrevivir, sin llegar nunca a entender el por qué de tanta tragedia griega. Y sólo el viento –caricia desde su cielo- la sosiega.

 

Navidades del 2005

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