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18 agosto 2013 7 18 /08 /agosto /2013 13:25

 

Ella sabrá lo que se hace. Ahora, va y me masculla en una queja lastimera un “soy infeliz”, la muy absurda. Avisada, queda. De niña, nunca la consentí y a estas alturas, menos. Además, se lo advertí cuando me confesó haberse acostado con el piltrafa del Manolo. Dieciséis años, tenían. “Hija mía, esta cuchara la has elegido tú y con ella debes de comer”, sentencié, como me sentenció mi madre de moza. Y mira, al final no le salió tan mal. En resumidas cuentas, el piltrafa se hizo de buen ver, apañao, y no como ella, que no se arregla ni para las bodas. ¿Así lo va a retener a su lado? Si no supo controlarse las hormonas esas, pues ala, ahí lo tiene. Yo subí a una señorita, a ella y a sus dos hermanas (para mi desgracia, todas hembras). Ya me costó, ya, limpiando escaleras a escondidas -mi Antonio me lo tenía prohibido- y dejándome las manos; y la vista, también, cosiendo por las noches aquellos vestidos copiados de las infantas en las fotografías del Hola y el Lecturas, que parecían un ramillete de flores cuando se los ponía. Tuve suerte con mi Antonio: de la semana, tres noches se iba de parranda, pero ni un desaire por haber parido niñas. “Mujer, así la casa siempre estará limpia. Después, en la vejez, lo agradeceremos”, me consolaba. Me quería, a su manera, y yo tan contenta, como tiene que ser, porque los domingos me los respetaba: lavaba a las niñas hasta sacarles brillo detrás de las orejas, las repeinaba y les pellizcaba las mejillas para sonrojarlas como a las muñecas. Luego, una vez preparado el desayuno, despertaba a mi Antonio, le apañaba la ropa -guardada en el armario con tomillo- y le sacaba lustre a sus zapatos. Mientras él se arreglaba en la habitación (maniático hasta el último de sus días, nunca consintió mi ayuda), yo me aseaba y me perfumaba en el lavabo. más pisar el portal de la escalera, la envidia estrujaba el estómago a las brujas de mis vecinas, que sólo abrían la boca para chismearme malamente de mi Antonio. Unas zorras de tetas caídas y úteros roídos de ver a mi Antonio con su mano pegada a mi culo embutido en el conjunto floreado, el cual me lo embravecía de tal manera que de sacarlo del armario se me erizaba la puntica de los pezones. Y, ale, a pasear por el barrio, agarraica a él.

A mí, me lo expliquen; o soy muy lerda o no entiendo nada. Son estos tiempos, y la tele, que las idiotiza. Tanta serie, tanta historia y tanta tontería. Yo me casé a los diecisiete, dejé de servir y, venga, a criar hijas y a cuidar la casa. Por mucho que a Manolo le vayan las timbas nocturnas, vive como una reina. “Mamá, huele a perfume”, lloriquea. Pues qué huela. El carmín de las camisas de su padre no salía ni con jabón Lagarto, aunque, claro, entonces la cosmética era de mejor calidad.

 

 

  lsorciere

 

30 de marzo de 2011

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18 agosto 2013 7 18 /08 /agosto /2013 08:30

El pistoletazo de la rutina señalado por la música estridente del móvil despertó a Manuela dispuesta a emular, una vez más, al protagonista de El día de la marmota. El sonido cesó con una suave presión sobre el botón táctil de última generación de antiguos trabajadores en activo y un gorgoteo húmedo la acurrucó cinco minutos más en la cama. La ventana entre abierta dejaba pasar las últimas exhalaciones del verano, cruzándose en su huída con el lánguido decaer del otoño. Arrastrada más por la curiosidad que por la obligación, decidió levantarse para descorrer la cortina vaporosa que, como abandonada, se dejaba llevar por la fresca brisa de las primeras horas del día. Su madre dormía cuando salió de casa y no coincidió con nadie en el ascensor para comentarlo. Aun así, Barcelona bostezaba su mañana cubriendo con la lluvia monótona el suelo urbanita, tunelado y nervioso. Argucias de los sentidos, de esta manera el cielo nos activa, por principio, una parte del cerebro quizás ya estudiada por el Sr Punset, que nos torna enfermos frenéticos y temerosos frente al inestable futuro inmediato. Sin embargo, a Manuela no le corría prisa llegar a su destino y, resistiendo la tentación a la inercia de quien ha permanecido atado durante años a la agenda del trabajo, calmó su paso. En el escaso recorrido entre su portal y el metro, mientras escuchaba el chapoteo del agua al chocar contra la acera y le llegaba el perfume -mezcla de  tierra y hierba mojada- procedente de los retazos reservados por Parques y Jardines al uso vecinal para recordarnos nuestra condición agrícola,  reflexionaba sobre el comentario de Flora publicado en el foro de Internet: [1]“Otro pero. A mí, que me gusta la lluvia, sin menosprecio del sol y su calidez, no entiendo por qué tantas personas hablan de ella, la lluvia, como si careciera de brillo, hermosura, ternura, de alegría y tanto más”. Tenía razón la desconocida Flora. Por eso, Manuela ladeó un poco el paraguas, para ver el remolino amorfo, grisáceo, de nubes congregadas, como llamadas a maitines, para bautizar a sus penitentes feligreses. Parada en medio de la calle, cerró los ojos con la voluntad de retener el momento y  notó el goteo chispeante, revoltoso, sobre su rostro. Una sonrisa asomó a su labios camuflada entre el anonimato de la ciudad, mientras los conciudadanos más allegados la miraban al pasar extrañados sin poder evitar ralentizar la marcha hacia su futuro inmediato.

Al regresar a casa, Manuela escuchó en el telediario que no había llovido en Servilla. Entonces decidió hacer de este día un regalo para Flora

 

 

  lsorciere

26 de septiembre del 2010



[1] Cita textual de Flora

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18 agosto 2013 7 18 /08 /agosto /2013 05:00

 

 ¿Y eres tú quien me pregunta si te quiero? Pues claro que te quiero, pequeña mía, te quiero siempre que tu menudo cuerpo revolotea frente al espejo. No, no te pongas, todavía, a la defensiva; no pretendo entablar un juego de palabras ni decir cruel mentira. Porque cuando tú me miras- dulce, bella y turbadora- bajo mi abdomen, el indómito anhelo nace y tú..., no lo niegues, lo sabes. Espera, no te vayas, que no soy yo sino esa loca ansiedad mía quien habla. Y, ahora, dime y sé sincera si no es caer en cobarde falacia llamarte amor y no sencillo, eterno, hermoso deseo. Y si no es así, por favor, ofrece una razón a esta desazón: por qué hay días, por qué hay noches y por qué hay sueños y por qué, a veces, entre noche y día, entre sueño y sueño, me recreo en tus acogedoras redondeces, en tu piel seguramente ya con el suave tacto de la naranja, en las difusas líneas apenas dibujadas..., sobre tus blandos pechos. Cariño, no es por nada, pero te quiero, te quiero entre mis sábanas para así poder lamer ese cuerpo que se me escapa. Cariño, yo te quiero, pero sobre cama blanca, entre sudor y fuego, y, créeme, por ti lo siento pues, después de todo, también te aprecio.

 

 

 

 

 

                                                             10 de marzo de 1999

 

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17 agosto 2013 6 17 /08 /agosto /2013 23:20

Playa

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27 julio 2013 6 27 /07 /julio /2013 17:27

Las cortas patitas puntean la acera como la estela de una mosca sobre el cristal de una ventana. Levita orgullosa la mascota, creyéndose cancerbero de los deseos de su dueña.  Su largo pelo, de un marrón irreverente, ondea al ritmo de sus pasos, que ella siente galope de caballo salvaje, a un palmo de distancia del suelo. Ladra al viento de vez en cuando y en su chillido agudo escucha la advertencia del fiero león a la manada.  

 

La sombra del llavero

 

 

13 de julio de 2012

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27 julio 2013 6 27 /07 /julio /2013 14:02

-Y castiga sin postre al gigante. –Articula cada palabra con el orgullo de la lección transmitida. –Colorín colorado, este cuento se ha acabado. –Su voz es un susurro cantarín en medio de la penumbra de la habitación.

Una sonrisa de satisfacción se le escapa cuando Pedro se frota los ojos, somnoliento.

-Pero…, abuela, ¿los gigantes comen postres? –pregunta inmerso en su bostezo.

Le sube el embozo hasta la nariz en un exceso de protección y, antes de apagar la luz de la mesita, besa la frente, cálida como un becerrillo:

-Sí, Pedrito, comen verdura, pescado, dulces y pasteles;  -silencio mayestático y prosigue: -van al cole, se lavan detrás de las orejas y cepillan sus dientes tres veces al día.

El niño, llevado por el arrullo del sueño, se hace un ovillo. Ya a las puertas duermevela, todavía murmura:

-Bueno, si un gigante puede…   

 

 

5 de febrero de 2012

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27 julio 2013 6 27 /07 /julio /2013 11:33

Y nada más existió hasta el próximo tren, ni tan siquiera una tarta de cumpleaños, el crepitar de unas palomitas de maíz o un bucólico paseo campestre. Nada; como si los años transcurridos no tuviesen más sentido que la caza del objeto de culto. Ya en sus manos, trémulas de emoción, elevó el pequeño juguete con el esmalte verde comido por el óxido y en sus pupilas centelló, breve, una luz. Niño, otra vez, con bicicleta nueva en el portal de su casa, buscó en el entorno alguien con quien compartir el momento y el peso de la austera soledad de la afición donde vivía cayó sobre él.

 

3 de noviembre de 2011

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27 julio 2013 6 27 /07 /julio /2013 07:37

 

   Era aquella una hermosa habitación, con numerosas ventanas por donde entraba mucha luz. Incluso en las noches más oscuras, de tanta luz filtrada durante el día, la habitación azul resplandecía: camuflada entre las paredes, entre el yeso y la pintura, la claridad se resistía a difuminarse para dejar paso a la oscuridad. Y, además, había un balcón de mármol cuyas puertas de esmero estaban abiertas ya fuera verano, ya otoño o primavera.

   Sí, que de verdad lo era, una hermosa habitación donde mi hermano y yo jugábamos incansablemente pues, como ya he dicho, no se sucedía la noche al día ni había estación fría. Todo en ella era tibio y cálido, confortable y agradable. Y, cuando teníamos sueño, nos tumbábamos en el suelo porque, por confortable, hasta el suelo lo era y, cuando te recostabas, todavía puedo sentirlo, notabas como sobre lo que habías corrido, saltado y pateado se enternecía y te acogía, amoldándose a tu cuerpo. ¡Ay, juegos incansables, sueños interminables!, me parece mentira, de tantos, el poder contarlos. Sí, eran muchos y largos, y nunca se repetían ni te aburrías. Por donde quiera que fueses había muchos rincones donde te escondías y nadie te veía y, aunque los había pequeños, también los había grandes. Uno de esos rincones grandes lo presidía una mesa enorme con platos repletos de manjares de reyes y de dulces que se deshacían en la boca dejándote un suave paladar hasta el próximo bocado, cuando se transforma en tantos sabores que, si cerrabas los ojos, creías ver un arco iris de amanecer lluvioso.

   Recuerdo un azul claro, como el que se pinta en los cuentos, así como un juego y un vestido largo de lino blanco. Descalza alzaba los brazos mientras, con las gemas de mis dedos, rozaba los rayos que por el balcón penetraban para vigilar nuestros inquietantes movimientos. Pero todavía más recuerdo a mi hermano con un traje de terciopelo negro. Él me miraba y se burlaba de mi entretenimiento y, riéndose, me decía que los rayos no eran míos, los rayos eran del cielo. Mas sus palabras me parecían vanas y jamás me cansaba de girar sobre mí misma, siempre de puntillas, creyendo que el sol me llevaría, enlazando mis dedos con sus dedos, hacia el mundo de los cielos para, una vez allí, conocer la luna, la noche y las estrellas del firmamento.

   Yo entonces no lo sabía, pues no lo percibía; el tiempo transcurría. Y un día, desconozco si mañana, tarde o noche, encontré por azar una puerta de cuya presencia no me había percatado. Eso no me sorprendió, pues cada dos por tres hallaba algo hasta entonces desconocido: un anillo, una foto, un libro..., bellos objetos evocadores de historias ajenas. Mas sí llamó mi atención su sencillez: ni vieja ni nueva, ni grande ni pequeña, ni bonita ni fea. Era de madera. Al rozarla se abrió; por curiosidad, salí; y tras de mí, la puerta se cerró.

   Allí se quedó mi hermano, en la hermosa habitación azul, y me parece revivirlo ahora mismo cuando, al poner un pie sobre el suelo de cemento, noté un escalofrío tan fuerte que, del impacto, me volví. Entonces lo vi por última vez: frente al balcón estaba mi hermano; uno de esos rayos, al chocar contra su espalda, se dividía en mil retazos luminosos. Ellos le envolvían. Con dulce sonrisa me llamaba para jugar con su nuevo invento, pero yo ya me alejaba..., y la puerta me tapó su lánguida cara.

   Luego se sucedieron muchos llantos, muchos desvelos, casi tantos como risas y sueños había yo vivido. La tierra rodaba por el universo y, al tener conocimiento de ello, quise identificarme con su triste deambular. Entonces descubrí un inmenso prado verde y, para fundirme en él, me tumbé sobre la hierba. Desde ella vi la luna, la noche y las estrellas del firmamento. La experiencia fue tan intensa que esperé al alba y que el sol me mostrase sus aspas. En cada una de ellas dejé gravado con mis labios un mensaje para que le dijese a mi niño-hermano que el juego, años ha, había finalizado.

 

                                                    

  lsorciere

9 de abril de 1994

 

 

  

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27 julio 2013 6 27 /07 /julio /2013 07:05

Don Raimundo Pelayo de Cantés, fiel a su profunda creencia presbiteriana de que el futuro de todo hombre está predestinado desde el día de su nacimiento, decidió aprovechar la sonoridad de su nombre y apellidos, ideados con la finalidad de ser impresos. De entre la multitud de oficios plausibles para tal opción de manera notable y reconocida, eligió el de escritor. El sr. Julio Pelayo y la sra. Maria de Cantés, progenitores sin fuerza ni sensibilidad suficientes, nunca habrían llegado por sí solos a buen puerto fuera del navío de los negocios o el gobierno del ejercito de sirvientes: fue necesario el devenir de sus apáticas existencias, una tardía unión de sus destinos y un último y sudoroso arresto de energía para procrear al pequeño Don Raimundo Pelayo de Cantés, confluyendo en él por la gracia ese Dios los dones del ente metódico cuya principal característica, en esencia y forma, sería la de calcular el proceso de creación sin más aspavientos que la plena confianza en el poder de su rimbombante patronímico. Portador de título señorial, con herencia pecuniaria y prestigio familiar, le fue fácil introducirse de bien joven en el diabólico mundo de las letras, destacando sino por un talento innato, sí por ese perfume de clase acomodada que da acceso al mundo del conocimiento con poco esfuerzo y mucha técnica; técnica adquirida, sobra señalar,  en las mejores universidades de Europa. No obstante, el sr. Pelayo de Cantés no pertenecía al género de las viejas joyas altruistas de otros tiempos, cuando la miseria de su entorno les hacia asomarse al balcón del testimonio escrito para repartir pláticas y emociones entre el pueblo llano más o menos ilustrado. Por su juventud, pertenecía a una raza nueva donde la empatía resultaba algo irrisorio incluso con sus congéneres de estirpe. Dicha incapacidad de captar emociones puras y sencillas, el pulso de la vida,  lo hizo tomar mayor consciencia de sus limitaciones. Por ello, desde un principio se inclinó por el género policiaco, cuando ya habían transcurrido los suficientes años, entre el Halcón Maltés y la postrera aventura del detective Carvalho, como para compaginar el éxito del best-seller con la traspasada barrera del desprestigio de la novela de serie B.

Don Raimundo acababa de cumplir 40 años. Sus rizos artificiales, todavía de un inmaculado negro, dominados por la dictadura de una gomina aplicada cada mañana con esmero, caían como por capricho sobre su frente para dar sombra e interés a esa penetrante mirada de la cual se sentía tan orgulloso, practicada durante años frente al espejo. Todo ello potenciado por sus finos labios que emulaban la sonrisa torcida del mejor ejemplar detectivesco. Huelga decir su interés por el aspecto físico, trabajado duramente en un centro deportivo donde concurrían algunos de los personajes más renombrados de la sociedad, incluidos los de la cultura. Así conseguía dar al conjunto de su persona la apariencia desenfadada de un modelo nacido para anuncio de revista femenina. Del cóctel embasado resultante, su máxima aspiración era exprimir el jugo del impacto sobre el lector al ver su porte fotografiado, junto a su excelentísimo nombre, en la contraportada de un libro de tapa dura editado por Círculo de Lectores. Y él, en esos momentos, se disponía a iniciar la andadura de una nueva obra.

Era bastante escéptico respecto a la labor de las musas en la tarea literaria. Posicionaba su valor dentro del escalafón de cualquier otro concepto relacionado con el Olimpo de los Dioses greco-romanos y las trataba como una fuerte informativa más, dosificada con  criterio si alguno de sus protagonistas lo requería.  Siendo esta la gran premisa, comenzó a ponerse manos a la obra tal que peón de la construcción. Para triar el hecho, base de su futuro esfuerzo, rebuscó como solía entre noticiarios y periódicos: uno sólo se convertiría en germen de la historia. A partir de él desarrollaría esquema y sinopsis, con su correspondiente planteamiento, nudo y desenlace, a la manera clásica, como Don Raimundo gustaba. Luego, una vez montado el puzzle, embadurnaría cada pieza con un poco de psicología de mercadillo desenmascarada por el curso de los diálogos entre la principal y las miles de piezas secundarias -como estaba de moda-, hasta deshilachar la trama, alcanzar el objetivo y eclosionar en el final apoteósico tan ansiado por el respetado autor.

Tenía por costumbre, cuando se encontraba en el estadio de la investigación y redacción de los primeros borradores, reforzar también su entrenamiento físico. En una industria cada día más competitiva, no había cabida para un Van Gogh sin oreja o un Toulouse enano. Nada de bohemios marginales, inútiles lacras sociales. La obligación del artista contemporáneo era captar su bolsa de clientes por cualquier medio, sobre todo a través de la campaña publicitaria y la buena imagen.  Por tanto, las primeras horas del amanecer las dedicaba a correr los diez kilómetros que separaban su casa del centro deportivo. Cuatro horas después, de regreso, recogía la prensa reservada en el kiosco Nadia, que respondiendo a una ancestral y poco original tradición de pequeño negocio coincidía, es de suponer, con la razón de su propietaria. La susodicha -mujer mediocre, nada llamativa, de mediana estatura, tirando a bajita, pelo castaño, mirada esquiva- regentaba sin orden ni concierto, desperdigando entre la acera y la tarima de madera miles de chucherías de utilidad bastante dudosa. Don Pelayo de Cantés, por ejercitar su ego ante un posible comprador, ensayó una vez más su postura preferida  -mirada penetrante, sonrisa torcida- frente a Nadia, la cual diligentemente, arrastrada por su rutina, se limitó a tornar el cambio y dejar caer unos agobiados buenos días. Acto seguido, ante tanta impasibilidad, el absurdo microcosmos de Don Raimundo se derrumbó, mientras su aureola de genio malcriado explosionaba: una cana asomó en círculo por el abismo de su sien, sus músculos se relajaron, encogió los hombros y, al tiempo que cogía el cambio resignado con los ojos ya rastreando un algo de su Don entre los escombros esparcidos a sus pies, vio destellar en una caja de cartón una piedra azul –quizás resina maqueada con la más vulgar de las pinturas acrílicas. Con la excusa de tomar la piedra, intentó recoger los pedacitos de su yo. La alzó y vio como pendía de una cuerda que emulaba una cadena. Un papelito en la parte superior indicaba el precio y proporcionaba una breve explicación de su significado: “ayuda a la relajación, expande la conciencia y propende expresiones creativas”.  La compró

Al día siguiente, Don Pelayo reanudó su hábito: salió temprano, corrió sus diez kilómetros, ejercitó sus músculos, regresó a su casa. A medio camino halló el kiosco cerrado. Un cartelito de papel, escrito a bolígrafo con caligrafía temblorosa, anunciaba: “cerrado por defunción de la propietaria”. A Nadia le atracaron justo a la hora de cierre. Después de un breve forcejeo, le asestaron varios navajazos. Murió desangrada. Tenía dos hijos, de nueve y quince años, su marido era camionero, y el negocio, más que marchar, iba tirando. “Buena gente”, comentó trémola la dependienta de la carnicería vecina -a menudo conversaban sobre temas sin importancia.

Don Raimundo Pelayo de Cantés, obviando todo posible sentimiento próximo a la realidad, acababa de encontrar su hecho. Por una vez, las musas le habían alumbrado, desde los cielos.

 

 

  lsorciere

26 de octubre de 2010

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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8 julio 2013 1 08 /07 /julio /2013 12:05

Tal vez si hubiera preguntado dónde, me habría confesado la verdad. No lo sé, en aquel momento tampoco lo pensé. Cuando entré en la sala de interrogatorios, olí el perfume de la arrogancia de quien se cree invulnerable y capaz de superar cualquier obstáculo. La luz mortecina y sin fuerza rompía el silencio con el zumbido de su cebador. Se levantó de la silla metálica como si esperase la visita de un importante cliente y me tendió la mano izquierda a modo de saludo. Su americana, cuyo valor superaría el salario mínimo interprofesional, dibujaba una sombra recortada, hecha a la medida para él:

-Buenas noches, usted dirá. –Me estrechó la mano con fuerza y por las líneas de su vida, como en un papel blanco se marcan las huellas dactilares, percibí la frialdad camuflada en la profundidad de su mirada gris.

-Buenas noches, Sr. Calamoro. –respondí con el tono reservado a los raterillos callejeros, consciente de la ofensa. – Justo Reñano, Inspector Jefe. Tome asiento, por favor. –Lucky Luke rehabilitado, a falta de cigarro, respiré resignado y me eché a la boca un chicle de nicotina, para posicionarme frente a él, con todo el desprecio permitido por la ética profesional. 

La humedad de la lluvia se deslizaba, envuelta en su vaho de serpiente, por las rendijas de la puerta automática de la entrada, hasta alcanzar el último rincón de la comisaría. La calefacción seguiría estropeada todavía una larga temporada, mientras las diferentes compañías de seguros de los distintos departamentos decidían, apáticos, a quien le competía arreglarla. Para entonces ya estaríamos rozando el verano y el problema sería el aire acondicionado. Los destinos a provincias tienen estas cosas, te acostumbras a ello y, al final, se ubican en la escala del menor de tus problemas.

Temblequeó la luz, el zumbido descansó y la cámara fundió a negro. La subida de tensión postergaría el interrogatorio y, con ello, la avalancha de informes pendientes, ordenada como clara advertencia por parte Dña. Torres, mi inmediata superiora y ex-amante despechada, de sanciones más graves. Pedí a Lucía, administrativa todoterreno, una linterna de sobremesa y la grabadora, guardada a modo de suvenir de mis tiempos de estudiante en la Academia de Policía de Ávila, de cuando mantenía en la retina la utopía de un mundo justo, regido por la ley y el orden. Una de las competencias del Cuerpo Nacional de Policía en las capitales de provincias y otras poblaciones determinadas por el Gobierno era “investigar los delitos para descubrir y detener a los presuntos culpables, asegurar los instrumentos, efectos y pruebas del delito, poniéndolos a disposición del juez o tribunal competente, y elaborar los informes técnicos y periciales procedentes”[1], recordaba estúpidamente, emulando a mis antiguos profesores de primaria y a su absurda lista de los Reyes Godos. “El ser humano es conservador y las malas costumbres tienden a perpetuarse”, me consolaba ante tan innecesaria utilización de mi disco duro.

-¿Puedo saber por qué se me ha requerido? Generalmente Hacienda practica medios menos autoritarios para contactar conmigo. –Hermanados en la oscuridad como dos almas el día del juicio final, su voz avejentada dejaba al descubierto el paso de los años. – Mi abogado está de regreso de sus vacaciones a Jamaica.

-Supongo que eso significará un considerable aumento de sus honorarios –le escupí con el cuchillo de la ironía. –Una denuncia ha reabierto el caso de la desaparición de su esposa, Dña. Dolores Crujillo Balmonte.

La desaparición de Dña. Dolita, regente de un bar de alterne a las afueras de la ciudad, no le sorprendió a nadie. Sí, en cambio, que deshilvanar los bajos de su vida condujese a las tripas de tan distinguidas y acaudaladas estirpes: Dolores Crujillo Balmonte y Don Hernán Calamoro Tornero habían celebrado nupcias a finales de la Transición, custodiados por la flor-y-nata del momento, conscientes de lo chusco y ridículo de cualquier propuesta de cambio social. Por aquellas fechas, la futura Dña. Dolita, ignorante de su destino (al igual que el resto de los españoles), acababa de cumplir dieciséis años. Sus padres, entusiasmados por la buenaventura de su hija, autorizaron la boda de la menor con un hombre doce años mayor y anunciaron a bombo y platillo la unión de ambas familias en todos los periódicos, junto a la proclamación de la nueva Constitución. Era diciembre de 1978. Los futuros vástagos acumularían una ingente fortuna entre las tierras de la Casa Crujillo y los innumerables negocios de dudoso origen de los Calamoro, que bien por conveniencia con la oligarquía franquista; bien por trapicheos con la advenediza clase política, fueron obviados durante décadas hasta convertirse, en la actualidad, en imagen de varias ONG. La memoria histórica es selectiva y la venta de armamento a la Alemania nazi y el uso de  carne de penal como mano de obra barata[2] ya ni salían en los manuales escolares, por miedo a traumatizar sensibilidades o soliviantar conciencias. Licores Trujillo, supervivientes a la colonización económica inglesa cuando paupérrimos nobles vendieron su única actividad productiva, hoy cotiza en bolsa.

-¿Mi mujer? –Retumbó la duda contra el falso espejo. –No entiendo, ¿por qué? Se esfumó por arte de magia en el verano de 1996. Vista la falta de noticias, el caso se cerró y  el tribunal competente la dio por fallecida en 2006.

-Su mujer vive, o al menos hasta hace una semana. Se hace llamar Dolita y su contable afirma desconocer su paradero desde el lunes, 11 de enero de 2012.

Dña. Dolita – que por su insana adicción a las coplas de Lola Flores también respondía al nombre de La Piconera- no era conflictiva, a pesar del ambiente donde se movía; aunque sí, imprevisible: un extraño concepto de la justicia la hacía reaccionar de forma instintiva. Sibilina y cautelosa, en más de una ocasión solicitó nuestra ayuda para devolver al redil a alguna de sus chicas que, bajo su arbitrario criterio, consideró posible la redención; en otras, colocó migas de pan hasta el paradero de personajillos de baja estopa, manos largas y egos maltrechos. “El cliente siempre tiene la razón, hasta que deja de tenerla”, rezaba entonces La Piconera para justificarse. Dentro del local, mantenía una rigidez de internado sobre su personal, haciendo especial hincapié en la limpieza; pero la nota más discordante era la emisión ininterrumpida de un desfasado cancionero popular: Miguel de Molina, Concha Piquer, Marifé de Triana, Rafael Farina…. se resquebrajaban la voz y el alma, mientras, sobre las mesas, círculos de agua rezumada atrapaban besos de alquiler La supervivencia de tan extravagante negocio habría resultado inconcebible, a no ser por la atracción que despertaban las blancas carnes de Dolita tras la barra, envuelta en su canturreo hipnótico y el breve brillo del zafiro de su mirada entornada. Quizás ya rozase la cincuentena, no obstante a nadie le importaba.

Al hurgar en su pasado, su figura, entre visceral y mundana, acudió a mí, acompañada de las notas libertarias de Cecilia  (Dama, dama, de alta cuna y de baja cama…). Y recordé a una monja de mi infancia que, como si estuviese a punto de confesar un pecado capital, murmuraba cada vez que mi madre aparecía en Caritas con la cara marcada: “Hija mía, cuando una mujer deja a un hombre, por algo será”. Así pues, seguí aquel viejo raciocinio de base cristiana para hallar el origen de tan misteriosa y repetitiva desaparición.

Decidí probar suerte y comencé a preguntar abiertamente:

-He repasado los informes de 1996. No hay indicios de secuestro, pero tampoco son concluyentes ¿Fue abandono de hogar?,  ¿tenían problemas?

Por un momento, creí que recurriría al amparo de su abogado:

-Mire, sr. Reñano, soy libre de contestar o no; aun así, lo voy a hacer –carraspeó un poco y prosiguió: -yo me casé con una niña, era consciente. A parte de sus apellidos, su inocencia me cautivó y sopesé que, así, la amoldaría al proyecto de vida que yo albergaba. Lo que jamás imaginé fue su grado de insensatez. Era, soy, un hombre muy ocupado y, con sinceridad, mi tiempo es oro. Eso me eximía, y me exime, de la tutela de una soñadora sin fuerza, que se pasaba los días en una nube. Su único placer era pasarse el día escuchando canciones de Lola Flores, hasta el punto de identificarse como la protagonista de esas historias. Como le explicaría…, lo que un drogadicto llama viaje, ella lo obtenía colocando la aguja sobre el vinilo. Dolores siempre fue niña y se comportaba como tal. Me supo mal, claro, sobre todo por el escándalo, pero entonces ella ya tenía treinta y cuatro años. Y, al fin y al cabo, tampoco quería darme hijos ¿Era feliz? Yo pensaba que sí, a su manera.

“¿Había sido feliz Torres conmigo?”, me sorprendí inesperadamente. Por odioso que resultase, había llegado a la misma conclusión: un año atrás, así lo creía. No era una relación tradicional, con horarios y besos de buenas noches, y siempre colgaba en el trasfondo de nuestras conversaciones reproches encubiertos... Lo normal de una pareja, concluía para aquietar mi conciencia.

-Entiendo. Sin embargo, la noticia apenas se publicó ¿Contrató una investigación privada? ¿Tenía noticias de Dolita?

-Al principio, consideramos que todo respondía a un tonto capricho suyo de llamar la atención. Estaba alelada. Le fallaba algo, ¿sabe?, ahí, en la cabeza. En fin, era un poco anormal, usted ya me entiende. La naturaleza, después de todo, es sabia y, pienso, por eso era estéril. Lloriqueaba contantemente y me discurseaba sobre no sé qué cuentos de sentimientos y necesidades ¡Mujeres! No existe animal más incongruente. Lo tenía todo: dinero, posición, familia…  La sangre azul está manía, se lo digo yo. Gracias a Dios, mi nombre ejerce cierto respeto y acallar los medios fue relativamente fácil.

Mientras le escuchaba, seguro de sí mismo, la penumbra me guiaba por caminos pantanosos. “No me hablas tú, Torres, son tus hormonas”: con estas palabras, finiquité nuestra entente.

Para retomar la compostura, me erguí en la silla:   

-Pero, ¿contrató una investigación privada?, ¿tenía noticias de Dolita?

-Le repito, sin eufemismos, las mujeres están locas, son seres incoherentes. En 1996, Doña Dolores Crujillo Balmonte renunció a una vida de cuento, sin problemas. En ese mismo momento, para mí, murió y, no, no la busqué, porque no existía justificación. En 2006 me volví a casar. Mi mujer actual trabajaba en una de mis empresas, en una cadena de fabricación. Es la única forma de recibir un agradecimiento justo, razoné con lógica. ¿Y cuál ha sido el resultado?  Ahora mismo está en Jamaica con mi abogado. –La voz se quebró en señal de abatimiento- Aunque hubiese sabido de esa Dolita, ¿qué me importaba a mí?

-Acaso porque fue declarado el beneficiario universal de su herencia. Un coche como el suyo, aparcado junto a un bar de carretera, es difícil de olvidar, sr. Hernán.

-Acababa de enterarme de lo de esa puta con mi abogado  –la americana no aguantó más y Don Hernán Calamoro Tornero se desmoronó. Hecho fardo, con los codos apoyados sobre la mesa, apenas se sostenía la cabeza –y  cogí el coche. Llevaba varios días sin rumbo. Entonces la vi. Créame, sr. Reñano, le habla la voz de la experiencia, las malas épocas nunca duran un año.

Quizás en aquel momento le habría podido preguntar dónde estaba el cuerpo. De todas maneras, no pude: se hizo la luz y el bulto retomó su forma. Aun así, acertaba en una cosa, las malas épocas nunca duran un año. Me guardé la grabadora en el bolsillo y le pedí amablemente a Lucía que retirase la linterna; por un momento, vislumbré la posibilidad de conversar con Torres. La bocanada visionaria pronto se esfumó, colapsado por la montaña de papeleo que me tenía asignada.

 

 

17 de enero de 2012

 

 

Nota: Mi especial agradecimiento a mis compañer@s y profesora del curso Asistencia a la Dirección por su benevolencia con mis palabras, y por haber sido motivo y obligación de este relato que, tiempo atrás, venía rondando, zalamero y arrogante, sin terminar de aflorar.   

 

 

 


  lsorciere

 

 

 

 

 


[1] Extracto de la web: http://www.policia.es/index.php, página oficial del Cuerpo Nacional de Policía

 

[2] Sobre la utilización de presos políticos como  mano de obra barata durante el Franquismo, visitad la página:  http://hemeroteca.lavanguardia.com/preview/2002/02/17/pagina-49/33933740/pdf.html  (para una  lectura más cómoda mejor en: http://www.foroporlamemoria.info/documentos/lv_esclavos_franquismo.htm)

 

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