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1 mayo 2013 3 01 /05 /mayo /2013 20:57

-Por lo que más quieras, lávate bien esas manos antes de acostarte –gritó su madre desde otro lado de la puerta.

Por un momento, sintió el peso de la culpa: ¿Y si era cierto que era capaz de escudriñarte el pensamiento? Tiró de la cadena y escondió la revista debajo de su camiseta. En el último instante lo nervios lo traicionaron y un alarido de dolor llamó a toda la familia al cuarto de baño. A la pequeña Anita le entró susto y se pasó llorando el resto de la semana.


10 de junio de 2012

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1 mayo 2013 3 01 /05 /mayo /2013 13:47

“La noche es una estrella en tu cucharilla”, leyó Maruja tras los rigurosos minutos de concentración. De pronto, mientras ella balanceaba el plato en el aire, me vi como la heroína de una novela romántica, música de fondo incluida. Vuelta en mí, ansiosa por descifrar el futuro oculto tras aquel jeroglífico, le supliqué un poco más de precisión en sus palabras.  Imperiosa, apagó las velas con el vuelo de su alada manga, encendió la luz y una rotunda negación alegó cansancio ante mi ignorancia. Todavía no entiendo por qué me empeño en seguir viniendo. Siempre fui más bien de ciencias. 


9 de septiembre de 2011

 

 

 

 

 

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1 mayo 2013 3 01 /05 /mayo /2013 09:33

La noche es una estrella en tu cucharilla; de cada una de sus cinco puntas, pende el misterio de tu nombre. Aventurero de tu cuerpo me sumerjo, sin temor al vértigo que provoca, y navego en el fondo plateado que rodea las coordenadas de tu ombligo. El canto de sirena guía el timón de mi velero; sobre la lona del mástil tiembla el cimbreo de tu nombre, aliento para poetas.

 

 

10 de septiembre de 2011

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1 mayo 2013 3 01 /05 /mayo /2013 09:05


-Papa, ¿te gusta pintar? En el colegio, dibujo los viernes. Sor Rosalía me ha dicho que soy toda una artista. ¿Tú crees que soy un artista, papa? –. Su cara de muñeca Mariquita, mofletuda y brillante, se ilumina mientras habla, la pequeña Ramoneta.

-Claro, nineta[1], eres un artista –confirma la opinión de la religiosa con voz indulgente y añade, a sabiendas del efecto causante-, como papa.

El vestido de rayas rojas y blancas de Ramoneta empieza a flotar al son de los brincos de emoción ante el apoyo del padre. Sus zapatitos de suela de esparto trotan sobre el empedrado de la calle; sus bucles del color del ámbar danzan vaporosos palmeados por el aire. Llevada por la ilusión, calma su paso y se atreve con su mueca preferida: inclina la cabeza, entorna la mirada, parpadea rápidamente, deja entrever una leve sonrisa y, a la vez, bambolea su cintura. Las rayas pierden su lisura. Anuncia así el ruego de una petición:

-Papa, si soy una artita, necesito colores ¿Puedo tener dos verdes y tres amarillos? Quiero hacer un paisaje. Las montañas serán verdes  y yo solo tengo medio lápiz verde. El sol será muy grande y todos los soles del mundo son amarillos. Luisa, el viernes, hizo uno naranja y, como me reí, fue a sor Rosalía ¿Verdad, papa, que los soles son amarillos? 

-Sí, nineta, el sol es amarillo. Pero a veces toma otras entonaciones –Se esfuerza por buscar en sus palabras un diálogo pedagógico-. Cuando tú todavía duermes, el sol viste un lindo pijama naranja. Quizás a Luisa se lo contó su papá o miró el cielo antes de irse a la cama. No debes reírte de tus compañeras.

-Lo siento, papi –murmura cabizbaja-. Me disculparé con Luisa.

El sr. Xiscu  se detiene y suelta la mano de su hija solo para acuclillarse frente a ella:

-Mi dulce princesa. No te pongas triste. Papa, a tu edad, también hacía todos los soles amarillos, pero aprendí y ahora algunos los pincelo en amarillo y otros, en naranja. Los artistas, nacemos, pero también aprendemos. Por eso, vas al colegio, aunque nos cueste un gran esfuerzo. Cuando te recoja a la salida, compraremos una cajetilla de seis lápices.

Se yergue, dolorido por el peso de los años, y retoman su camino, contentos.

El sr. Xiscu, como lo conocen en el barrio, aferra de nuevo el soplo de aire dejando hueco a la mano imaginaria de la niña, muerta por unas fiebres hará más de cincuenta años, poco antes de la comunión, la que el sr. Xiscu jamás acató, republicano hasta la médula. La jubilación despertó a la nineta  y desde entonces mantiene inalterable la conversación en el recorrido diario entre su piso y el colegio de monjas donde, renegando a su principios, la inscribió. Como le sucedió al sr. Xiscu, del colegio ahora concertado apenas resta su sombra, envejecidos por el correoso latir del tiempo. No obstante, la algarabía concentrada a sus puertas lo devuelve al presente: de su puño abierto se deslizan los mullidos deditos, ve el polvo levantado por el correr alegre de Ramoneta y a su cuerpo, delicado y tierno, difuminarse junto con el ruido de los juegos y los gritos apagados poco a poco conforme entran en clase. Esconde la cabeza entre sus hombros y por el brillo de su coronilla cubierta por cuatro pelos canos se intuyen unos ojos encendidos por la aflicción. Gira en dirección al parque, arrastrando la pena y la carpeta negra donde guarda los retratos de su perenne Ramoneta. Allí, expuesto al sol, elige un banco y espera paciente a cualquier viandante que por descuido acepte escucharle durante unos minutos y así poder compartir las esquirlas de su memoria. Luego, regresa a casa.

 

  lsorciere

13 de noviembre de 2010

 

En este texto ha colaborado: C. López

 

 

 

 



[1] Muñequita

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1 mayo 2013 3 01 /05 /mayo /2013 08:05

 

 Muros y balas, restos de batallas, que conforman la estructura interna de una ciudad y, con ella, una historia.

   Caminando, sin darnos cuenta, pisamos suelos sagrados donde yacen personas dejando constancia con nombres y fechas para rememorar las vidas pasadas. Y por el mismo camino, nos perdemos y entramos en un recinto cerrado: es una plaza que está rodeada por paredes rugosas y bastas. Hay niños que juegan y madres que hablan.

   Cuando nos damos cuenta de nuestra equivocación, nos giramos para preguntar a alguien por la calle a donde queríamos dirigirnos. Pero de vez en cuando, y si no hay prisa, optamos por sentarnos entre el bullicio, o  entre el silencio, para contemplar esas paredes que, a primera vista, no dicen nada.

plaza-de-san-felipe-neri.jpg

   Y un día, alguien vio que estaban heridas de balas... Entonces recordamos que fue en 1.808 cuando una guerra estalló por toda España y vemos a Goya pintando a un hombre con miedo en la cara...; en la plaza, las gentes vestidas de marca desaparecen, la pared recupera su lisura y unos ojos extremadamente abiertos claman piedad al cielo..., un pelotón de fusilamiento, ruidos de disparos y gritos rodean la Barcelona del ochocientos y en la plaza un tiro: un hombre ha muerto.

   1.936, otro hombre gemelo, con la misma camisa blanca, con el mismo cuerpo sudoroso y deshecho, llora porque la sentencia ha dicho que debe ser muerto. Barcelona en guerra rememoramos con las cuatro balas halladas.

   Es de noche y el callejón inseguro, el eco de nuestros pasos se confunde con el ruido de ese pasado que todavía resuena en la plaza...

 

 

                                                      1.994

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23 marzo 2013 6 23 /03 /marzo /2013 13:10

Desde que tengo turno de noche apenas coincidimos en casa y, claro, vivo con un ay en el cuerpo y en el alma. Pronto hará el año, mi marido sufrió una embolia. Con el piso a medio pagar, limpiar dos escaleras resultó insuficiente. Mientras voy a la compra, o duermo, lo cuidan en el Centro Social, pero me desespera esta incomunicación con las nenas del comedor. A las seis lo recoge mi hijo, el Antoñico, hecho hombre a golpe de vida. Él es quien vela los nervios de su sueño. Don Ramón, el director del banco, llama día sí, día también; entretanto las facturas se acumulan en el recibidor.  

 

12 de febrero de 2011

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23 marzo 2013 6 23 /03 /marzo /2013 11:35

 

Una semilla en esta tierra desolada por el fuego agarraba, con mayor fuerza de la necesaria, en mi puño mientras observaba, impotente, el campo que había trabajado durante todo el año con mis manos, los bosques colindantes que habían cobijado mi infancia, la casa cuyo patio recibía a la familia al tocar las horas frescas del verano. El viento había cejado en su furia para ceder el paso a una espesa e hiriente niebla que rezumaba del suelo; el olor a manjar requemado y a carne muerta por el susto, la desesperación y el miedo formaría con el tiempo parte de mi sombra.

 

25 de diciembre de 2010

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23 marzo 2013 6 23 /03 /marzo /2013 09:55

 

Nunca quise luces ni cariños excesivos, ni fui amante de amores imposibles. Sencillamente pasó la vida, como el río atraviesa el bosque en la madrugada, entre murmullos. Supongo que, en mi yo más interno, esto nunca fue del todo cierto; sin embargo, opté por ello. Podría haber elegido ser diferente, podría haber deseado..., no sé, adquirir la personalidad de un ser intrépido. Pero no, jamás tuve el coraje suficiente, ni la fuerza, ni anhelos y siempre mi comodidad se antepuso a todo deseo. Aun así, no me arrepiento.

   Sospecho que esta autocomplacencia mía fue causa de grandes decepciones entre quienes pensaban lo mucho que yo podría alcanzar con mi empeño. De todas formas, hoy carece de importancia.

   Todavía recuerdo las doce espirales blancas – pequeñas torres con sus banderitas incendiarias- de mi pastel de cumpleaños. Ese día conocí a Roberto; unos meses después, tuve mi primera menstruación. Por entonces yo ya era un ente kafkaiano y medio autista, incapaz de mostrar o generar sentimientos más allá de los preestablecidos por las formalidades sociales; así pues, crecí a la sombra de sus antojos y conveniencias sin ningún problema y, salvo las confusiones propias de la edad, tuve una adolescencia saludable, junto a él. Durante nuestra etapa bachiller, el niño de pelo pajizo y rasgos angelicales se convirtió en un joven prometedor. En base a ello, decidimos cursar Derecho para, finalmente, pasar a esa etapa de la convivencia, tan codiciada por cualquier pareja prudente. A lo largo de todos esos años, me dediqué con empeño al estudio de sus obligaciones; de sus compañeros de fútbol, de clase y, luego, de trabajo así como de sus profesores y jefes..., intentando complacerlo a través del análisis de sus posibilidades en cada momento con la profesionalidad de un empleado modelo, consciente de que mientras me necesitase permanecería a mi lado. Todo ello, con la rectitud y el saber estar de quien ha nacido con una visión periférica y el don de la paciencia y la serenidad.

Ni un ápice de mi vida fue relegado en pos de su ventura. De hecho,   Roberto se convirtió en uno de mis mayores éxitos, si bien ni mi familia ni mis pocos amigos entenderían mi entera dedicación a su persona, rayana en un profundo servilismo. Envuelto en palabras más o menos hermosas, abogaban por la lucha del individuo, por la independencia del ser frente a su entorno y su poder de decisión para encarar las circunstancias. En fin, deseaban ver aquel exhaustivo trabajo de noches sin dormir invertido en mí (mi carrera sólo fue un instrumento para ayudarme a desenvolverme en el medio donde con posterioridad trabajaría Roberto; mientras que, en la cama, me esforzaba con inquebrantable vocación de geisha). Yo hacía oídos sordos a sus discursos, pues sabía que, de cualquier modo, eran ellos quienes subliminalmente echaban mano, de vez en cuando, de mi habilidad camaleónica para suplir sus carencias, cartílagos desgastados por el rítmico goteo del reloj vital. Mi carácter plano se convirtió en carta comodín usada a modo de puente entre estados emocionales o necesidades puntuales.

   Todo cambio de repente. Una noche Roberto no volvió a casa. Por primera vez preocupada (un cosquilleo inaudito me cerraría la boca del estómago una temporada), dejé pasar las horas, mientras barajaba todas las probabilidades: un accidente, una reunión excesivamente larga que le habría forzado a dormir en el despacho, un improvisado cliente, un amigo…, cualquier cambio de planes surgido a última hora. Le llamé avanzada la mañana para no molestarle y sólo supo contestarme que se encontraba muy atareado. Esperé. Una noche se sumó a la otra, y a la otra, y a la otra. Roberto nunca regresó.

   Jamás celebramos ningún tipo de ceremonia por nuestra vida en común; no tuvimos hijos por riesgo a mermar las posibilidades de su destino; por decisión unilateral y propia, no compartimos ni propiedades ni dinero, pues advertí desde buen principio que el éxito o fracaso de nuestro futuro en última instancia recaería en él. Por tanto, un mes después guardé mi ropa y enseres personales en dos maletas. Con el sonido de la puerta al cerrarse- la puerta de un piso ubicado en la mejor zona de la ciudad, adquirido muy por debajo de su coste real y fiel reflejo de la personalidad de un abogado de prestigio, tal y como yo preví -clausuré satisfecha mi trabajo de fin de carrera. No volví a reencontrarme con él.

 

   Y ahora que el tiempo ha transcurrido y veo las cosas con cierta perspectiva, doy gracias, pues tras este largo letargo ha salido el sol. Doy gracias porque debido a este carácter mío, a ser dura incluso conmigo misma, a negarme una y otra vez, nunca podré reprochar palabras exageradas ni emociones fuera de contexto. Gracias porque, ya demasiado adulta, cambiada mi piel en tantas ocasiones a fuerza de decepción y tristeza, no se ha podido ocasionar ese daño irreparable tan temido por un ser de sangre fría como soy yo.

Yo sé de la existencia de una regla no escrita que ordena nuestras vidas: cuando no cumples con ella, tu alma se transforma convirtiéndote en un extraño más entre los tuyos. No lo eliges tú..., ni ellos. Nunca cumplí con norma alguna y, por eso, extraña y sola, duermo.

 

  lsorciere

10 de julio del 2010

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23 marzo 2013 6 23 /03 /marzo /2013 08:07

Todos apretujados en aquel enorme congelador; imaginarlos tan pequeñitos y ya temblando por el frío me desvela por las noches. La abstinencia sexual prescrita por el centro médico está forzando a mi cerebelo a utilizar una parte todavía inexplorada. Nunca hubiese pensado que hacerme donante de semen para financiarme la carrera despertaría  en mí un sentimiento de paternidad tan acusado. Sólo espero que se me pase pronto.

15 de abril de 2011

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23 marzo 2013 6 23 /03 /marzo /2013 08:00

  

A veces la veo pasar desde mi balcón en su silla de ruedas, empujada por su madre que siempre llora y siempre la está peinando, constantemente. Su madre le cuida mucho el cabello, quizás porque es la única manía que conserva de antes, de cuando era otra... Es el único indicio de que todavía vive.

   Yo aún era pequeña, ella será un par o tres años mayor, y la veía pasa por esa misma calle repleta de árboles por donde hoy rueda. Claro que, entonces, andaba. Muy deprisa, eso sí, de tal manera que casi no te dabas cuenta y ya estaba en el portal. Los chicos de la calle, a veces, si nos acordábamos, hacíamos apuestas y la cronometrábamos. Pero de eso ella nunca se enteró.

   Crecí, y ella seguía pasando de un extremo a otro de la misma calle: al atardecer, de noche, de madrugada... ¿De dónde vendría a aquellas horas?, ¿con quién saldría?..., no lo sé. Lo mismo un día me decido y le pregunto a su madre.

   Recuerdo una mañana cuando, hablando con una vecina, miré despistada hacia el portal y me sorprendió verla parada. El sol se filtraba entre las hojas, como queriendo iluminarla solamente a ella, aunque bien podría ser que fuese ella quien diese luz a todo su alrededor, con su largo vestido de gasa blanca. Hasta entonces no se me había ocurrido pensar en si era guapa o fea, alta o baja. Ella siempre pasaba y yo siempre seguía sus pasos con la mirada. Y aquel día, inclinada y con el pelo rizado de un niño enroscándose entre sus dedos, estaba muy hermosa. Aquel día sonreía.

   Yo me casé con dieciocho años. Cuando iba a visitar a mis padres alguna vez la vi pasar. Tuve dos hijos que se hicieron mayores, mi marido me abandonó, según él por algo relacionado con el amor y el aburrimiento, aunque seguramente la causa fue que él engordó y yo también y que en la cama ninguno de los dos funcionaba. Poco después de la separación mi madre murió, quizás del disgusto; todavía hoy me siento un poco culpable, pero, la verdad, nunca lloré...Y ella iba y venía de un lado a otro sin mirar a nadie y, para mí, cada día transcurrido nacía a salir de su casa y moría al regresar.

   Hará cuestión de unas semanas, alguien me comentó que se había caído por la escalera, dándose un fuerte golpe en la nuca. Yo me quedé parada y no supe reaccionar. Al final, decidí ir a visitarla, no sé muy bien por qué. Ella y su madre viven solas. Yo estaba un poco nerviosa, pues en nuestra vida no habíamos ni siquiera intercambiado un saludo, y no sabía ni cómo iba a iniciar una conversación. Pero su madre fue muy amable: sin preguntarme nada me llevó al cuarto donde pasa las horas muertas, vigilando desde la ventana la misma calle por donde tantas veces caminó. Es un cuarto precioso, repleto de cuadros que, según su madre, son suyos, de cuando movía sus manos. Ahora sólo mira, con esos ojos negros que parecen traspasar los cuerpos y los objetos, parecen balas que hieren el alma...., y los recuerdos. De vez en vez dice algo, casi siempre incoherente, pues la caída también le afecto al cerebro. Su madre piensa que ha sido lo mejor porque no habría soportado el verse de esta manera.

   Y en ese cuarto, entre un cuadro gris y otro azul, hay un espejo. En él vi reflejadas su espalda y mi cara, que ya empieza a tener unas arrugas en las comisuras de los labios y alrededor de los ojos. Nuestras miradas, por primera vez, se cruzaron. Entonces me di cuenta del motivo de mi visita: ella y su pasar habían sido lo único estable en mi vida. En esos breves segundos, como cuenta quien ha estado a punto de morir, vi a mis amigos de la infancia y de la juventud, a mi marido marchándose por la misma puerta por donde me entró en brazos, a mis hijos ya demasiado mayores, a mi padre ya demasiado viejo..., y a mi madre cuado de pequeña me peinaba y me besaba con sus labios húmedos en la frente, y a mi madre el día de su funeral... Ella alzó los brazos, como si con ello hubiésemos mantenido una larga charla entre viejas amigas, y yo me arrojé a ellos, y las dos lloramos largo y tendido rato.

   Desde entonces suelo ir por las tardes a su casa. Ella, con una leve sonrisa, me tiende el peine de plata que tiene sobre la mesa donde antes dibujaba, y yo la peino durante horas, frente al espejo, mientras nuestros ojos conversan. Otras veces la bajo a la calle; juntas paseamos por todo el barrio, con las cabezas erguidas y, casi, con orgullo.

 

 

lsorciere

 

 

1 de agosto de 19995

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