Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
-Con nuestro mecánico de confianza. –Los labios bisbisearon al oído del maestro, como si en la soledad del estudio debieran ocultarse de alguien. Leonardo arrugó la frente y entornó los ojos en busca de un significado a las palabras.
Acompañada por el crujir de la tela de su vestido, la dama retomó su postura solemne, cruzó con delicadeza las manos sobre el regazo, miro –asentada- al improvisado confidente y dejó escapar una sonrisa meridiana.
-Querrá decir “mechanĭcus” –se atrevió a corregirla en un esfuerzo por entenderla.
Unos minutos de silencio después, las primeras pinceladas cayeron sobre el lienzo, embriagado por el misterio de la locura.
24 de marzo de 2012