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8 julio 2013 1 08 /07 /julio /2013 12:00

Una vez más, seré sincero: he olvidado todo episodio acaecido durante mi infancia. Si analizamos en profundidad esta amnesia, deberíamos concluir con que el motivo es un indudable estado de felicidad, es decir, fui feliz y fui bello, resultando ambas premisas esenciales, en continua retroalimentación, para dar lugar a esa suerte de perpetua  autosatisfacción que embriagaría a cualquier ser. Algunos me acusarán de orgulloso, egoísta, infame, pedante, iluso, quizás hasta narcisista; yo añado, sin burla, también fui bueno. Vacío de todo sentimiento, se me concedió la gracia de la ingenuidad, tan inútil en este terrenal mundo -disculpen la redundancia- como pedir al genio de la lámpara un paraguas en un supermercado, el cual al pasar por caja, por ende, te lo terminarán cobrando, por mucho alegato a nuestro favor de que lo obtuvimos como presente. Así pues, nací perfecto en el amplio sentido de la palabra –espíritu, mente y cuerpo-. Perfección que, sarcasmos de la vida, para mi desgracia (o para la de mi Padre), llevaba intrínseca en sí misma mi más absoluta condena. Incapaz de entender y valorar las debilidades humanas, por falta de ellas, experimenté con las ajenas. Como consecuencia de este juego perverso, si así les place calificarlo, mi pureza innata se mancilló de manera irreparable. Fui una gran decepción para mi Padre. No lo entiendo, sólo soy un Ángel Caído, mas, al fin y al cabo, un Ángel y, como es sabido, nosotros no tenemos sexo y, por tanto, descendencia. Eso nos convierte en entes etéreos, inmunes al dolor y a la empatía: nos fue vetado sufrir por nuestros hijos; nuestra única salida es su aprobación mediante la exposición de los errores del libre albedrío. ¿Envidia, inquina? Si Él, intransigente, decide castigarlos, no es cuenta mía.

14 de septiembre de 2011

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8 julio 2013 1 08 /07 /julio /2013 10:00

Escritor frustrado

 

La bala, en la sien y, a sus pies, el manuscrito de otra novela inacabada.

 

21 de enero de 2011

 

 

El músico

 

La bala, en la sien; fundido en negro y desfile de títulos de crédito. Bartolomé Quijano observa desde su butaca el revoloteo de abrigos y los restos de palomitas pisoteados, desperdigados por el suelo. Como era de esperar, nadie repara en la banda sonora. Ya no le producía ninguna satisfacción saberse entre la elite de quienes se sustentan gracias a su capacidad artística. Cuando llegase a casa visitaría el blog de Minie, La Friqui, revisaría descargas en el eMule, controlaría las subidas al YouTube…. Alguien alimentaría su ego creativo como para seguir viviendo de él.

 

22 de enero de 2011

 

 

La obsesión del pintor

 

“La bala, en la sien; la bala, en la sien” La idea repiqueteaba como radiada por un  incombustible taquígrafo, invisible y fantasmagórico, en el trasfondo de cualquier conversación. Tumbada sobre la cama del estudio, me mostraba -profesional y transparente- cada lunar de su cuerpo. Después de la sesión, la llevaba a restaurantes caros, la narcotizaba con exóticos combinados en discotecas de moda, la apabullaba con  halagos absurdos, acariciaba su piel con igual esmero que mi pincel a un lienzo nuevo… Pero la modelo siempre se negó.

 

26 de enero de 2011

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8 julio 2013 1 08 /07 /julio /2013 09:55

1155 sorolla joaquin playa arte impresionismo

-Estoy triste porque sé que nunca me meteré ahí –Los cuatro años de Laura, cargados de melancolía, señalan el agua del mar. Se pone sus gafas de sol con montura rosa chicle y deja desfallecer su espalda sobre la toalla como una auténtica Lolita.

Mientras, la abuela hace ronda por el  campamento base, paño en mano: llena de agua uno de los cubillos playeros, repasa el freno de seguridad del carrito y, finalmente, regaña al hermano:

-¿Cómo debo decirte que los pies van fuera, Adri?

-¿Pero entonces cómo me siento? –La criatura apenas habrá alcanzado los seis años y no termina de comprender las normas estivales.

El sol remolonea tras las nubes. La mañana, liviana y fresca, balancea el mar que, como un tierno gigante, se agacha para convertirse en una atracción sólo apta para los más pequeños. El resto acudimos en calidad de aburridos fisgones de su tiempo de ocio.

-¡Con los pies por fuera! –Resuelve el enigma. Lo toma por los hombros y lo coloca en el borde exterior de una de las esquinas del cuadrilátero veraniego, desde donde lo empuja y sienta, algo amedrentado por la autoridad inapelable del adulto.

-No lo entiendo –se reafirma Adri en su ignorancia.

-Así, ¿ves? ¿Quieres que ahora te lave los pies, Adri? Laura, ¿y a ti, mi niña? –les pregunta, a la vez que con el paño limpia de arena las toallas con el mismo ímpetu que si utilizase la bayeta en su casa. 

Los hermanos dejan caer un sí de adulto hastiado de la vida. Junto a ellos, un remolino de niños, oteados por cinco jóvenes uniformados de short azul marino y camiseta y visera naranjas, hacen de la playa una fiesta. La brisa, arrullo de sus carcajadas, llega hasta el corazón de la abuela hiperactiva, vestida con unos piratas inmaculadamente blancos, y cede:

-¿Queréis acercaros a la orilla?

A pesar de que sus frágiles cuerpos no parecen alterarse más que por un leve movimiento de cabeza, un brillo escapa por entre las rendijas de sus gafas y los delata.  Con compostura seria, toman la mano de la abuela, uno a cada lado, hasta que notan la lengua de gato salitrosa bajo las plantas de sus pies y la risa del mar se les contagia.

Al regresar, se dejan vestir con desidia de aristócrata; Adri, filósofo estoico, recibe una última regañina; luego, se marchan.

 

9 de julio de 2012

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8 julio 2013 1 08 /07 /julio /2013 08:12

    Esa que ahora entra es la señora Angelita: “Buenos días, Sra. Angelita, ¿qué va a ser?, ¿un café con leche y un croissant?, ahora mismo se lo llevo “, le digo cada día, más o menos a la misma hora. La Sra. Angelita siempre camina un poco encogida, con los brazos cruzados y pegada a las paredes: “Es por mis ojillos, sabes, están enfermos y no veo bien”, me dice siempre. Los ojos de la Sra. Angelita son grandes y, alguna vez, debieron ser redondos y brillantes (con ese resplandor que concede la bendita inocencia), pero hoy ya están algo caídos y lacrimosos. Y así, caídos y lacrimosos, los veo cada día cuando levanta la cabeza para mascullar: “Muchas gracias, hija mía, eres tan buena conmigo; yo no me levanto porque, ya sabes, soy tan torpe”. Algunas veces nuestra conversación se detiene aquí, pero si no hay mucha gente a quien servir (como normalmente sucede) ella continúa con su monólogo: “Ayer me llamó mi hijico para preguntarme si podían venir a comer este domingo, él y mi nuerecita; ella es muy buena chica, sabes; yo le he contado que no sé que hacer con el perrico, porque es tiempo de vacunas y cuando ve el veterinario se pone así –la Sra. Angelita aprieta los dientes- y a mí me da miedo y me da miedo ponerle el bozal; quizás mi padre...” Y siempre asiento con la cabeza (a veces la escucho y otras no). La Sra. Angelita debió ser morena, pero hoy tiene el pelo muy canoso y siempre va con su rebeca, toda ella de negro (o quizás alguna vez no se ponga rebeca, o quizás alguna vez lleve una falda o un suéter marrón, pero yo, cuando pienso en ella, pienso en una rebeca y en el color negro). Y es curioso, pero mayor no es. Sin embargo, la pobre, tiene tanto miedo y ve tan poco y cruza tanto los brazos y baja tanto la cabeza... Y, además, cuida a su padre: “Ayer no vine porque fui a buscar recetas para mi padre, pero la chica no quiso dármelas porque me han cambiado la hora del médico; yo fui muy educada y le contesté que yo no sabía nada, pero ella me repitió que no podía, que volviese mañana; eso no es justo, digo yo, ni tampoco tener educación ni nada; yo estoy enferma y mis ojicos no ven bien, tú ya lo sabes, y mañana tendré que volver. El mes pasado mi padre enfermó; lo ingresaron en el hospital y cada día lo iba a visitar y luego regresaba para arreglar la casa sin poder; el día que yo caiga en cama no sé que va a pasar”. Su padre, el padre de la Sra. Angelita (o Angelica), siempre se pide un cortado descafeinado de máquina con poca carga, corto y con sacarina (y ahora que pienso, ya llevo varios días sin verlo). Tiene ochenta y tres años, creo, pero está fuerte como un roble, camina muy derecho, no tiene canas (o, más bien, está un poco calvo) y habla claro y alto y, aunque también algo debe tener en la vista, simplemente usa gafas. Él nunca cuenta nada, pero yo sé que hace un mes estuvo ingresado. Un día la Sra. Angelita vino a comer (paella sin sal, si mal no recuerdo) ¡Pobre Sra. Angelica!, pensé entonces. Porque la Sra. Angelita se casó. No sé si joven o no pero, sin duda, en aquellos tiempos luciría unos ojos redondos y brillantes (como los de las actrices de las películas de Chaplin) y también andaría recta y vestiría con alegres telas y bonitos encajes, aunque no muy llamativos.

   Él, su marido, siempre se portó muy bien con ella, nunca la pegó y le daba dinero para pasar el mes. Pero, parece ser, a la menor oportunidad, la engañaba con otras. Ella nunca supo nada (o no quiso enterarse, creo yo) hasta que su hijo se hizo mayor y entonces el hijo le dijo al padre que se fuese, que aquel no era su lugar. Y el marido de la Sra. Angelita se marchó. Ella no le odia, siempre se portó bien, pero el día de la boda de su hijo no se acercó a él. Fue él quien le preguntó cómo se encontraba. Y toda la familia, la de ella –su padre y su hijo- y la de él, la apoyó.

   Todo esto y mucho más me cuenta la Sra. Angelita y yo a veces la escucho y otras no.

“¿Quiere los periódicos, Sra. Angelita?”, le digo. “Si no te importa, hija mía, yo no te los he pedido por no molestar; son para el perrito, como yo no lo puedo sacar, pues para que él haga sus cosas; me hace tanta compañía, aunque no sé si llamar al veterinario o no; quizás llame a otro veterinario a quien el perro no reconozca... Sois tan buenos conmigo, a mi hijo siempre se lo digo...”  Y, la escuche o no, siempre la miro con la misma dulzura con que la debe mirar su padre, su hijo y el que fue su marido y la familia de su marido.

                                                               

  lsorciere

24 de marzo de 1999

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23 junio 2013 7 23 /06 /junio /2013 14:43

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Manuela García se vistió con la vulgaridad de su nombre una mañana más y salió a la calle con la esperanza de que el maquillaje de marca blanca le permitiese, por una vez, llegar presentable a la entrevista. El fino tacón bajo resonaba sobre la acera como si  doblasen sus pasos en una película costumbrista, ignorantes del hormigueo de su estómago. Entre sus manos bailaban las letras capitales del currículo donde resumía, negro sobre blanco, quince años de su vida, según la Tesorería General de la Seguridad Social. “También te expresas con las manos. Mesura tu compostura. Cuida el lenguaje. Prohibido perfumarse. Sé empática, resolutiva, demuestra proactividad, implícate”: frases sueltas del paradigma del buen trabajador coreaban en corro en torno a su cabeza, como pajarillos azules en una escena de Disney. 

Día sí, día también, había mendigado por las oficinas del INEM, con los restos de su orgullo naufragado cargados a las espaldas, resignada a recibir por respuesta la apatía reinante en la barriga del gigante burocrático; mientras, la fiel celadora del expendedor de números esbozaba una leve sonrisa a la cual correspondía, agradecida y educada, por imitación y, así, rescataba de la desidia su condición de persona apta. Número a número, asimiló la mecánica como siempre había hecho, con paciencia y por repetición, y los buenos días de su carnet de identidad empezaron a deslizarse sobre la mesa de la administrativa junto a los últimos dígitos de huérfanas ofertas de trabajo. Caperucita adulta y sin capa, Manuela se aferraba a un espíritu contradictorio, resignado y rebelde, de quien nunca terminó de entender la lección.

- Hola. Quisiera apuntarme a una oferta. –En la curvatura de sus labios, intentó disfrazar la menudencia de su drama con el empaque del disimulo.

-¿Tienes la referencia? –Breve contacto visual y el rostro, familiar cual nueva vecina, se escabulló tras la pantalla del ordenador:

-Sí, sí, acaba en dos mil tres cientos.

La sinfonía de los ágiles dedos sobre el teclado revoloteaba entre el tenue murmullo procedente de las mesas adyacentes. Manuela, absorta en alisar las puntas del perecedero guarismo identificatorio de su turno, la dejaba hacer su trabajo.

-¿Perfil administrativo?

-¿Eh? -despertó-, eso intento. Tengo experiencia, pero no sé si… -se disculpa.

-Espera –interrumpe con la autoridad de House ante su grupo de médicos al final de un capítulo-. No me deja el ordenador… No lo entiendo. ¿Manejas el office?

-Sí, sí. Hombre, usuaria; tampoco soy…,-reconoce su falta de preparación en la vida y se avergüenza por no ser ingeniero informática o, como mínimo, licenciada en telecomunicaciones.

-No, no es eso, es que…-La cara, extrañada ante el inesperado obstáculo, reapareció por una esquina de la pantalla.-, seguramente la casilla está mal habilitada. –Frunció el ceño, en busca de la solución al misterio, y, finalmente, resolvió: -Empezaré otra vez. Déjame tu DNI ¿Referencia?

Manuela, subyugada por un pálpito de esperanza, irguió la espalda y arrugó el papelillo en su puño:

-Ah, gracias. Dos…, dos mil trescientos.

-De acuerdo. A ver, a ver… -clic, clic, clic- ¡Eureka, aquí está! –confirmó, triunfante, el Sherlock Holmes postmoderno.

La silla caliente, y el incógnito mundo, vibraron a los pies de Manuela.  Impertérritos ante la catarsis que estaban protagonizando, los dedos de Sherlock se obstinaron en sus indagaciones, en busca de nuevas pesquisas. Y es que, en tiempo de penurias, la sangría social, retransmitida en tiempo real por España Directo, acerca posturas y genera situaciones hasta entonces insospechadas.  

-Lo hemos conseguido –sonrió. Las aladas ruedas de la silla se desplazaron hacia la impresora y, en un gesto de musa, alcanzó el folio. - Aquí tienes los datos de la empresa –le explicó mientras subrayaba con fluorescente-, si llamas a este teléfono, podrás solicitar una entrevista.

Ya con el papel en su poder y medio hipnotizada, a Manuela le embargó un sentimiento de paz y de hermandad con el resto de los seres, cuando observó a una de las compañeras, ubicada varias mesas más allá, aproximarse para bisbisearle algo al oído:

-Sí, sí, esa oferta es para quien se le está acabando el paro y a esta chica todavía le quedan unos meses –le respondió, cooperativa y, a la vez, segura de sus decisiones.

-Vale, vale, era para que lo tuvieses en cuenta. –Y desapareció con mismo paso sigiloso con el cual se había acercado.

Sólo entonces, Manuela entendió hasta qué punto todos se encontraba en la misma situación tambaleante, confusos ante lo inexplicable y con esa necesidad intrínseca y básica, grabada genéticamente ya en los albores de la humanidad, de ayudarse unos a los otros para lograr la supervivencia. No era tanto la información conseguida o la posibilidad abierta a un futuro más esperanzador, como el hecho de que alguien se había tomado la molestia de percatarse de su presencia.

El persistente taconeo pronto fue tragado por el estruendo del metro. A falta de libro para amortiguar nervios, sentada a la cola del dragón, repasó el currículo como una niña sus apuntes cinco minutos antes de un examen (sin posibilidad de cambio) y recordó a todas aquellas personas con quienes compartía la mañana a las puertas de la oficina. Sopesó las posibles edades, los conocimientos, las experiencias, el dominio de idiomas…., y en un atrevimiento de loco empuje, se arengó, con igual sinceridad que si se tratase de su mejor amiga:

-Los demás, puede, Manuela; pero, tú, también.

 

  lsorciere

 

 

11 de enero de 2012

 

 

 

 

 

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23 junio 2013 7 23 /06 /junio /2013 10:36

“La noche es una estrella en tu cucharilla” En aquel callejón, hipnotizada por las luciérnagas de sus pequeños ojos, la voz de Iñi sonó pretendidamente sensual. Obviando el olorcillo indigesto del alcantarillado cuando amenaza tormenta, un cosquilleo me hormigueó, caprichoso,  por la entrepierna, su mano se deslizó bajo la camiseta y, acto seguido, me besó. Vista con perspectiva, confieso con algo de vergüenza que la frase quizás careciese de significado. No obstante, me cautivó

 

9 de septiembre de 2011

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23 junio 2013 7 23 /06 /junio /2013 10:35

Como tantas veces había hecho de niño, fue a la cocina con la efervescencia en la mente de reencontrarse con aquel toque a nuez moscada en la bechamel de la madre. La humedad del otoño lo había despertado con dolor de huesos y había pasado la mañana zapatilleando por la casa con el mismo ay borbotón en los labios desde su jubilación. La vieja dejaba caer de vez en cuando su reniego: “Emilio, no arrastres los pies”. Ya en el quicio, la observó: encorvada sobre el cacillo metálico, sus manos marchitas volteaban la salsa; el olor a harina tostada y leche le hizo desear robar ese instante al inexorable tiempo. 

 

29 de octubre de 2011

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23 junio 2013 7 23 /06 /junio /2013 09:20

La ensalada: la lechuga, el pimiento, la cebolla, incluso la zanahoria. Sólo el tomate soportas, pero frito, claro, muy triturado –a ser posible pasado por el chino- y, por supuesto, sin piel. Como consecuencia, yo, mero apéndice de tus deseos, apenas la pruebo, excepto cuando salgo a cenar con los compañeros de trabajo. Y si ellos reclaman, casi exigen, laboriosos platos, yo anhelo esa apetitosa ensalada, hecha exclusivamente para mí, cortada a la juliana, con unos trocitos de tomate verde, abundante pimiento rojo y olivas negras. Mi aliño: pimienta negra, limón y aceite de oliva.

La ropa, mi ropa: el vestido gris, regalo de Adriana por mi cumpleaños; los calzoncillos viejos de mi hermano que uso como pantalones cortos o como pijama; la camiseta verde, esa ancha que tanto te desagrada; los últimos zapatos adquiridos en rebajas.

Mis amigos, mis viejos amigos, mi amiga de toda la vida, mi familia. José te resulta pesado; Mariana una engreída; a Julia, mi Julia, ni siquiera la miras. Mis padres, mis tíos..., personajes aburridos.

El cine en blanco y negro; la música de los sesenta; deambular por Barcelona; mirar el mar en silencio; Lorca, leer cualquier cosa ajena a la realidad.

A veces, pienso, represento tu contraria y por eso no entiendo por qué  compartes la cama; por qué nos levantamos juntos; por qué me abrazas; por qué me besas; por qué me atas. A menudo, y a pesar de todo (siempre a pesar de todo), dices quererme. Me recalcas una y otra vez que no te importa que me ponga ese maldito vestido, que cuando me apetezca salga con... Pero tú nunca vienes conmigo y, yo, por ti, aquí me quedo y hasta empiezo a ver ese vestido fuera de mi estilo.

Sí, me quieres, como suele quererme la gente, consigo; porque yo sé que es fácil quererme, mientras no exija demasiado, mientras calle y sea tolerante con todo lo que no te gusta, mientras acepte que de mí solo esperas esa ínfima parte que se acomoda a tu carácter, mientras separe ( a modo de experto cirujano) el todo de mi ser para darte a ti lo único valioso que hay en mí. El resto lo desapruebas, lo rechazas y me lo echas en cara. Luego esperas mi comprensión ante el complejo razonamiento por el cual siempre soy yo la equivocada.

Anoche, tú no estabas, soñé con una ensalada. Me levanté todavía algo legañosa y, al mirar en la nevera, solo encontré un par de tomates. Así fue como recordé todo lo que no te gusta y, al fin, te comprendí: ese todo era yo, pues nunca fui ni seré ni bastante, ni suficiente ni necesaria para ti.

 

  lsorciere

20 de julio de 2003

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22 junio 2013 6 22 /06 /junio /2013 23:11

 

 

   Si mi alma fuera pájaro, volaría a tu lado cada madrugada.

   Si mis brazos fuesen alas, quizás percibirías su batir en el alféizar

   de tu ventana.

   Pero Dios no quiso crear ave para acompañarte con su alegre (o su triste)

   trinar, sino frágil materia humana.

   Y aún así, ella, a tu vera, viaja.

 

   No me digas, no me recrimines, no tergiverses: calla.

   Oye...; más que oír, escucha.

   Atiende como el camino al cruce, como el río a la desembocadura cuando

   por fin se hallan.

   Sólo entonces comprenderás mi duda, mi lucha y mi ansia.

 

Para S.

 

19 de febrero de 2008

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12 junio 2013 3 12 /06 /junio /2013 06:02

  LA CARA

 


   Es el orden del mundo esparcido sobre un tablero, es el silencio del todopoderoso que con su ojo, el que todo lo sabe y el que todo lo puede, busca calmosamente entre miles de piezas amontonadas, desperdigadas...Y de entre todas ellas, una sola es llamada para ser estudiada a contraluz (entre índice y pulgar, el ojo juega): con pulso firme, con mano pausada, analiza el color, los matices de sus sombras, el tamaño, la angulosidad de su perfil... Luego él, que siempre decide, la aparta. Y así pieza tras pieza, paso a paso, entre silencio y silencio, une, engarza, forma y crea y, mientras, el orden del mundo gira y se regenera. Pero siempre queda un hueco, entre pieza y pieza, imposible de llenar; pero siempre hay una pieza, maldita pieza, tan similar al resto, tan parecida en color, forma y tamaño que nunca termina de encajar. Y entonces el todopoderoso piensa: “¿Y si he perdido la pieza que va en el hueco y el hueco queda?, ¿y si nunca termino de ordenar el orden del mundo y todo queda esparcido, amontonado, perdido?”.

 

                                                                              21 de junio de 1999

 

Texto de M.J

 

Y LA CRUZ

 

Me parece que el Todopoderoso está demasiado mayor para hacer puzzles complicados. Espero que no te moleste el comentario, pero no soy creyente de ningun Dios. No creo que exista una entidad que nos observa y nos creara y al que hay que acudir en los buenos y malos momentos. Si creo en las personas. Las que se acercan a la bondad del Dios predicado. Creo que las personas pueden ser Dios mientras andan el camino para serlo.Osea, creería mas en los Santos que en el Dios Divino. ¿Que hace un Dios en el cielo? Nada...
¿que hace un "angel" en la tierra? Todo. Los Dioses son los compañeros y los dirigentes chilenos, que estan sacando a los mineros de su entierro. Son los bomberos que después de una semana localizaban con vida a gente en las ruinas de Puerto Principe en Haití. Los demonios, los que dejaron a aquellos militares rusos morir dentro del submarino. Creo que sí, que a algun dios se le ha debido de perder alguna pieza de puzzle y ya no sabe donde buscarla. Ayudémosle y no se lo dejemos todo a Él.
Texto de Salvador Gregorio. Si te interesa, clica sobre la imagen o el link y visita su blog
13 de octubre del 2010

 

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