Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Sus labios perfilados se contraen para dejar escapar un silbido corto, rayano en lo imperceptible, mientras la noche respira con su extraño crepitar sobre el celuloide. Desde el otro lado de la puerta, Steve acude, por fin, a su llamada y ella, con la barbilla ya acomodada en la almohada de su hombro, deja escapar una media sonrisa de satisfecho triunfo. Nadie lo sabe, pero él se siente seguro; adivina el brillo esmeralda de los ojos de la Flaca, grandes, rasgados, infinitos, llave del arrecife donde se sumerge Boogie y duerme, camino del “Sueño eterno”.
12 de noviembre de 2012