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17 agosto 2014 7 17 /08 /agosto /2014 08:33

Se muerde el labio inferior en un intento desesperado por atrapar las últimas sílabas de la palabra desbocada, emisario deshonesto que viaja sin pasar por el filtro de la reflexión previa. Entonces el caballo apenas domesticado de su interior despotrica, alocado. La angustia se le agolpa y las ideas amordazadas, fugas de su coctelera de rabia, pena y frustración, dan paso a una retahíla de insultos dedicados a su flojera. “Soy una imbécil –piensa-, egoísta, y una idiota, además de ingenua. Por qué actuaré de esta manera, no lo entiendo”. Mientras, su mirada permanece ingrávida, alelada por el mar de pensamientos; la espalda corva y la mano en busca de ese pañuelo de papel que siempre la acompaña, simulando un resfriado perenne. Calla, sí, pero demasiado tarde porque, antes, una frase desubicada ha puesto al descubierto la tensión que le abrasa. Poco después, escuchará el frío y metálico chocar de las llaves, seguido de un portazo que retumbará por cada rincón de la casa hasta hacerla temblar. Fernando dejaría así su halo a Varón Dandy para marcharse con la rabia borboteando por las venas.

-Te estuve llamando ¿Dónde estabas? ¿Por qué no me cogiste el teléfono? –su voz, en falsa calma, lo había recibido en el comedor a las nueve de la mañana.

-Eh…, por ahí –le contestaría Fernando.

Arrastraba los pies hacia el dormitorio, ahíto de noche y alcohol, donde lo siguió como alma en pena:

-¿Por qué me haces esto? –Poco a poco iba subiendo el tono- Te vas y nunca sé cuándo regresarás. Sufro; estoy harta de preguntarme día sí, día también, dónde andarás, con quién…

-Déjame en paz; ¿acaso eres mi madre? –, sentenció. Y como en una obra teatral, Fernando se desplomó sobre la cama para concluir el acto con un contundente cierre de ojos.

Entre acto y acto, la soledad y el tiempo muerto permitirían a Milagros reproducir una y otra vez conversaciones fantasmas llenas de reproches, con los cuales sazonaría la comida del mediodía: “-Egoísta. Valiente hijo de puta. En tu vida has querido a nadie. Y la culpa la tengo yo, por aguantarte ¡Bruja!, ¡Payasa!, me llamas.” En su vaivén emocional, de pronto aflojaba el ritmo y se auto-culpaba, al tiempo que sacaba el sofrito del fuego: “-Claro que es normal, vivo a base gritos... Ayer quería acostarse conmigo, pero tengo tanta rabia que no puedo ¿Con quién habrá pasado la noche? A veces me doy miedo, llego a odiarle; luego me arrepiento, me siento culpable y no duermo hasta su regreso. Soy una mala persona, lo sé ¿Quién tiene la culpa? Nadie, imagino. Es un cabrón, cierto, pero ya me advirtió mi madre que el regusto a vino picado de mi carácter me arruinaría la vida. Intento ser más dulce, controlarme, quitar hierro a las cosas; es peor, se me queda dentro y tarde o temprano sale; entonces no hay marcha atrás. Si pudiera, yo me abandonaría y sé que, un día, él también lo hará. Al principio, cuando discutíamos por las facturas, la casa, el trabajo…, y se largaba, a su regreso callaba, más enfurecida que resignada, pero poco a poco se me fue haciendo insoportable hasta su mera presencia. Estoy loca; ni contigo ni sin ti ¿Qué voy a hacer si me deja? Hasta a mi madre, mi cara lacia y seca, mi falta absoluta de brillo, la hunden. La entiendo, esperaba más de mí y al final me convertí en un reflejo de su propio fracaso ¿Quién me va a soportar?” –Milagros echaba mano de su pañuelo; Los ojos le abrasaban, al contacto con los vapores ácidos del tomate.

Así pasaron las horas, hasta que Fernando se levantó a las seis de la tarde:

-Los macarrones están sobre la encimera –Tensa nada más oír los muelles del colchón, Milagros miraba sin ver el programa televisivo. El estrépito de un plato al estrellarse contra el suelo dio la señal de salida para presentar batalla: -¿Qué mierda has hecho? –gritó.

Cuando llegó a la cocina halló a un Fernando acorralado de cristales rotos y restos de comida, flaco y desfigurado por la debilidad de la resaca.

-¡Joder, ayúdame!, ¡me voy a cortar!

Sin pensar, sin sopesar las consecuencias, Milagros descubría en una sola oración su gran miedo:

-¡Qué te ayude la furcia con quien has pasado la noche!

Y como un yonqui antes de recibir sus 12ml de metadona, resurgió el ángel negro que todos llevamos dentro: Fernando, el faquir, caminó sobre la cama de clavos de cristal y pasta; al pasar junto a ella, le apartó lentamente el pelo de la cara y, cadera con cadera, le susurró al oído, sin dejar de masticar las palabras, a falta de alimento sólido:

-Amargada, que eres una amargada. Lo que te hace falta es un polvo; pero, tranquila, no seré yo quien te lo eche.

Poco después, Fernando dejaría su halo a Varón Dandy para marcharse con la rabia borboteando por las venas, una noche más.

 

16 de agosto de 2014

 

 

 

 

 

 

 

 

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17 julio 2014 4 17 /07 /julio /2014 14:00

Lo que no mata, engorda


Lo que no mata, engorda

por MJ


-Y además nos hace daño –reniega para sus adentros la Sra. Agustina mientras saca de la nevera un pastel con más mantequilla que nata.


Agustina se mueve pesada, enmarcado cada uno de sus pasos con el bisbiseo de unas zapatillas de andar por casa. La luz, que atraviesa los visillos de una pequeña ventana, parece su única compañía.


-¿Qué? –preguntan desde el comedor.


Es la voz de Don Antonio. Don Antonio, tras unos meses de hospitalización y por prescripción médica, se despidió con cierta amargura de la barra del bar y la botella. Forzado a borrar de un plumazo todos los instantes pletóricos de su anodina existencia, a partir de entonces se le despertó un exagerado gusto por los dulces, que le ayudaron a obnubilar sus recuerdos. De eso hará más de veinte años; sin embargo, Agustina continuaba bregando a regañadientes contra ellos, contra los malos recuerdos.


-Naaaada –contesta como cansada de repetir la misma conversación. Se chupa los dedos impregnados de azúcar caramelizado, y riza el rizo de sus arrugas para hacer un guiño de asco. –Malo hasta jartarse –sentencia- Nunca entenderé su empeño en atiborrarse con estas cosas. Y el ansia que le pone, que parece su último bocado ¡Ni que fuese vino! Ni cuando le apuraban en El Hortelano para cerrar, dejaba el vaso más limpio. Pá’mí, relame el plato ná’más girarme.


-¿Cómo? –oye desde la cocina.


En el silencio del comedor, sumergido en la penumbra, Don Antonio se aburre.


-Que, si estás sordo, no es mi problema, ¡leches! –le sacude con un grito, y apostilla en voz baja:- ¡Viejo!


Don Antonio se encoge en la silla, asustadizo:


-Mujer, no te he dicho nada para… –balbucea al reloj de pared, separando unos instantes la vista del plato de sopa, su particular ring de lucha contra el párkinson.


- Hasta el moño me tienes, Antonio –se va exasperando al ritmo que sus palabras evocan un pasado recurrente- No me has dicho nada, no me has dicho nada…, pobrecito –comienza a vociferar- ¿Y cuándo me llamabas mala puta, qué? Entonces tampoco me decías nada, ¿verdad? –Coloca el pastel sobre el mármol, cual pollo a punto de cuartear,  y se hurga encorajinada en los bolsillos de la bata, gastada por el tiempo.


-Agustinilla, no te enfades conmigo también hoy, ¿podríamos tener un día en paz? –implora con lástima de mendigo a la puerta de una iglesia.


-En paz quisieras estar yo, y ya ves, no puedo –simula zanjar la discusión -¿Se pué saber dónde leñes has metido el mechero? –La tensión de la Sra. Agustina está a punto de rozar el ingreso a urgencias. –Maldigo la hora  que te conocí, Antonio.  M’habría tenío que quedar para vestir santos. –De tan puro sentimiento, resuena en la campana  su cantar hondo del alma[i] como clímax de una procesión.


-Pero si sabes que ya no fumo… Da igual, Agustina, sin velas –se rinde –, no importa.


-¿Y quién recoge la mesa?, ¿la criada? –Acto seguido, da un giro de soldado con la adrenalina a punto para la guerra. –Mar dolor me diese, no me hubiese muerto.


Bajo el dintel, le asalta la añeja y maloliente imagen de Antonio medio descamisado, con los ojos inyectados en sangre y la mano en alto. En un destello de lucidez; o por obligada asistencia de algún ángel despistado haciendo uso y disfrute de su ocio; o acaso por simple desequilibrio etílico: estrelló el puño contra la oquedad de la puerta. Era Navidad y, vista su tardanza, se le había ocurrido ir a buscarlo al bar. Arrinconada en el quicio, se meo encima como si fuese una chiquilla chica. Espantados los dos, ella se quedó tal cual, de escultura marmórea apenas soportada por la jamba, y él se metió en el dormitorio para destrozar hasta el color de las paredes.


-Mira, Agustina, traigo los platos ¿Dónde los dejo, en la pica? –Un Antonio bobalicón, menguado y trémulo derramaba por el suelo los restos del caldo.


-Sí, ahí mismo –contesta todavía en trance.


Amparada por la perfomance en la otra punta del piso, salió y recorrió las calles cubiertas de luces destellantes, nieve y miserias, con la humedad de las medias irritándole la piel y la mancha de orín a modo de estandarte, empañando así el brillo del obsequio navideño de Don Antonio, esa bata cien por cien algodón, de un azul y naranja hoy desgastado. Con la misma, subiría a la ambulancia, a la vera de su Antonio, aullando de dolor por ataque de pancreatitis. Así lo encontró a su inexorable vuelta al hogar, rayando la madrugada. “No es mala persona, Sra. Agustina  -la consolaba Juana, la mujer de El Hortelano, al enterarse- sólo tiene mala bebida. Luego, no es nadie. De verdad, aquí todo el mundo lo quiere. Incluso una vez, ya conoce usted de mi problema de cervicales, me ayudó a traer la compra. Y sin interés, sin esperar nada a cambio, porque nos aprecia. Se lo digo yo, que hay quien por un tinto…”


-¿Qué te pasa, mujer? –interrumpe Don Antonio la regresión.


Entonces cae sobre él la condena del pasado:


-Me has dejado el pasillo perdido de pringue. Claro, claro, quien friega aquí soy yo.  A ti, tanto te da si me deslomo limpiando.


-Agustina, yo…


-Ni Agustina ni ostias consagrás. Eso, eso, encima, písalo –le recrimina mientras se repatría al comedor la sombra del hombre que fue, cabizbaja y derrotada.


El paso por la Unidad de Cuidados Intensivos y el uso a hurtadillas de unas pastillas durante la convalecencia, que le provocaban el vómito nada más oler el alcohol del botiquín, devolvieron a su ser a Don Antonio, medianamente. El médico, envuelto en su halo aséptico y de profesional de letra ininteligible, les advirtió del riesgo de muerte, si continuaba bebiendo. Don Antonio, temeroso de perder la absolución en el día de su Juicio Final, suplicaba perdones, y la Sra. Agustina no supo ni pudo abandonarlo en aquella habitación; tampoco,  la dolorosa carga del rencor.


-Está bien, está bien. Me siento y callo.


-Más vale. Total, pa’l caso.


Al proferir los sapos de su última maldición, un atisbo de remordimiento, o de tristeza, asalta su conciencia, que nada entre las aguas de sus primeros sueños de juventud y el ocaso de su vida marital. No obstante, puesta en jarras, pronto recupera posiciones de heroína vengadora, sopla con energía sobre la visión de su pasado y voltea decidida hacia la cocina. Asida al mármol, cierra los ojos con ímpetu y, mientras su cabeza niega rápida y repetidamente, se dice, para espantar fantasmas: “Bah, y qué más da, Agustina, si ya hemos llegado hasta aquí, al menos las penas, con pan, son menos penas”. En el comedor, planta la tarta sobre la mesa: las migas de pan saltan jubilosas como niñas en una cama elástica; la llama del número setenta tiembla.

 

11 de abril de 2012

 

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17 julio 2014 4 17 /07 /julio /2014 08:22

   Yo no sé de historia, pero sé lo que recuerdo y lo que recuerdo es esto:
   Yo en el s. XVI ya era hombre. Vivía –a veces en mi sueño la veo- en una austera cabaña sin espejos. Por eso, mi rostro en mi memoria siempre resulta algo difuso, marcado por los tenues pliegues de las aguas del lago, a cuyos pies se abrían los pasadizos secretos de mi frondoso palacio donde, por suelo, tenía agreste, húmeda y mohosa roca; por todo ornamento, ciento un árbol; en mis aposentos, apenas algo más que un camastro. Allí, mi lago –pequeño, cristalino, silencioso como el alma que reposa- respiraba con el latido de las truchas: continuo, monótono, despacio.
   En aquel entonces, las fronteras de Europa para mí eran meras verjas de jardines infinitos. A ellos brindaba visitas de pleitesía cada cierto tiempo: bien fuese, impuesto por las necesidades de la supervivencia, para practicar el burdo trueque (mi mujer, que ahora duerme, a menudo me cuenta como, a media noche, nombro medidas antiguas y raros latines, como regateo con pieles, resinas y confituras por vestidos y camisas); bien para ejercer, al arribo de un mensaje cifrado requiriendo unos servicios, mi extraño oficio (extraño y de origen tan desconocido que nunca generó escuela), pues, en un mundo de miradas imprecisas, yo cazaba las oscuras esencias de los hombres.
   Por la gracia de mi don, yo habría podido ser, como aquellos para quienes trabajaba, un prohombre, amasar inmensas fortunas, financiar descubrimientos e inventos de la época... Pero nunca mis deseos abrigaron grandes ambiciones, que yo recuerde, o al menos ambiciones relacionadas con la acumulación de poder y de capital, santos patrones de nuestra actual economía, y siempre me conformé con una vida solitaria, casi ermitaña, que se mantuvo en sano equilibrio entre el hermetismo y la reflexión y las mundanales experiencias urbanas y cortesanas.
   Más por intuición que por rememoración propia, deduzco en mi oficio los albores de una todavía embrionaria psicología, cuyos últimos penosos resultados han sido vulgares psicotécnicos para cajeras de supermercado, convirtiendo el arte de la observación en puro cuestionario. Porque mi oficio, como el homo afarensis, formó parte de la evolución, extinguiéndose en el camino. Y aunque en el s. XVI nadie, como yo ahora, conocía mi rostro, de boca en boca se propagó mi fama de hombre justo y en todas las lenguas se alabaron las grandezas de mi arte. Yo era el cazador de esencias.
   La razón de mi renombre no fue otra sino que, ya entonces, la mentira, el deshonor y la falta de palabra comenzaban a ser moneda de cambio en todos los negocios, acostumbrándose la gente, cada vez más, a dejarse llevar por los bellos vocablos, los bellos objetos y los bellos cuerpos, deslumbrando y desviando la atención con el único fin de usar y timar.
   Mis diversas y variadas técnicas de investigación dependieron siempre de dónde se realizaba el negocio que debía evaluar. En algunas ocasiones, si este se llevaba a cabo en ambiente hogareño y cerrado, me camuflaba entre el servicio. En otras muchas, mi inventiva se ampliaba convirtiéndome en representante de inexistentes casas de joyas, en noble, en caballero, en vendedor de frutas. Y en casi todas ellas me vi en hostales y burdeles, ya fuese en mesa o cama vecina, saboreando y compartiendo con todos aquellos banqueros, incipientes burgueses, marchantes, mercaderes e incluso reyes los placeres de los sentidos.
   De esta manera escuchaba, estudiaba y analizaba sin ser visto conversaciones privadas: escuchaba, al cerrar los ojos, el tono y el timbre de sus voces; con la mente en profundo silencio, estudiaba el alo de sus gestos navegando en el viento; analizaba sobre todo, como al buen vino dejándolo reposar primero, el aroma desprendido de cada uno de sus actos. Era especialmente a partir de los más superfluos, aquellos que se pierden en el inconsciente para luego aflorar por dentro tal que si soplo de dioses fuesen, como conseguía conocer los más sinceros sentimientos: si la persona por la cual yo había sido contratado respondería a lo pactado, si sería honesta, resuelta y firme o si, por lo contrario, su avaricia o su pedantería o su cobardía (o todo junto, que casos también los había) rompería cualquier posible acuerdo. Sin embargo, los honorarios cobrados a cambio de tan valiosa información en ningún momento hicieron pequeña sombra a las ingentes sumas manejadas por las excelentísimas damas y los ilustres caballeros cuyos retratos y largos nombres plagan las páginas de la historia.
   De todo lo que fui, de todo lo que viví, hoy nada queda. Apenas cuatro sueños difíciles de descifrar cuando el mundo, desde entonces y hasta ahora, ha cambiado tanto. Fugaces risas, susurros prohibidos cantados a media voz cuando la operación alcanzaba su cenit. Palabras secretas que nunca fueron escritas. Y si bien es cierto que, tras tanto sentir, despierto sudoroso y sediento, también lo es que no me arrepiento ni reniego de mi larga experiencia: a ella debo mi sabiduría añeja y a ella agradezco el poder saborear la desnuda sencillez de mi mujer junto a mi almohada. Su respiración, entremezclada con el cantar de los pájaros y de las tabernas, me muestra mi más apreciada esencia.
   Y, ahora, unos minutos de silencio, ella se despereza.

 

  lsorciere

 

                                                                            31 de diciembre del 2000

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24 mayo 2014 6 24 /05 /mayo /2014 12:20

Luces de neón alumbraron la ciudad. Un temblor febril, como a una hebra de hierba por soplo de brisa, me despertó, me invadió, te añoró, me entristeció. A través de la ventana el reflejo parpadeante iluminó en la cama tu ausencia. Por el pasillo del humo de mis cigarrillos desfilaron las horas, llegó el día y, finalmente, tomé la decisión. Tras la larga noche de insomnio, amaneció oscuro; el cielo anunciaba tormenta. Mientras, yo me sentía sola, animal doméstico abandonado en medio de la selva.

Salí de casa sin prisa, sin ganas, por rutina, y por la conciencia de la inexorable rotación del mundo, a pesar de mi malquerencia. La ciudad enloquecida amortiguaba el efecto de las voces y la humedad con el ruido de los coches; las luces de los faros rompían la espesura de la contaminación para deslumbrarme. Me encogí dentro del abrigo y pensé en el paraguas olvidado que me habías regalado, entre risas, durante la cena. Se quedó sobre la mesa, junto con los restos de una pizza al estilo barbacoa y  una botella de rioja vacía. Justo poner el pie en la parada de autobús, comenzó un agua ligera y continua que pronto tomó fuerza, empujada por el viento. Nos arrebujamos como pudimos los peatones para guarecernos bajo la marquesina. Me dijiste, con mirada traviesa y labios sabor a vino, “brindemos por este maravilloso instante y… a la salud de Hermanos Parra, S.L.,  ante todo, tan amable de obsequiarme con este fabuloso paraguas para evitarme un resfriado en mi viaje a Londres”. El vuelo se retrasó en el último momento y aprovechaste para pasar por mi piso. Prófugas gotitas se colaban entre la inquieta aglomeración de transeúntes por el bao de la espera y borraban el camino marcado por tus besos entre mi lóbulo izquierdo y el nacimiento del cabello; me sorprendí con la mano en mi nuca intentando proteger el recuerdo. El 73 se estaba acercando, el nerviosismo se apoderó de la masa y un movimiento al unísono, como si se tratase de un solo cuerpo, nos hizo recolocarnos para poder acceder. A empellones, subí escupiendo el saludo al malcarado conductor agobiado de quejas acumuladas por la tardanza. Validé el billete y me adentré, con esfuerzo, hasta el final donde el azar me brindó un asiento libre. Con el  traqueteo me independicé de la masa: una sucesión de imágenes se agolparon dentro de mí, de frases sueltas susurradas al oído, entremezcladas con el reproche edulcorado por el tono de la buena educación, de muecas apagadas en el desvío de una mirada, de caricias colmadas de ternura, de interminables horas a la espera de una llamada mientras la vida transcurría con su lento devenir. El vaivén de dos años callada, deseando escuchar desde la silla del comedor el timbre del portero automático tras uno de tus numerosos viajes, me hizo llorar. Después de dos costosos divorcios y la obligada pensión de tu hijo, debía entender tu dependencia al trabajo y la falta de confianza en cualquier relación que no se basase en el estadio del amor más puro, motivo por el cual nunca se había rozado el tema de compartir nada, a parte de la esporádica cama y alguna escapada de fin de semana. Y lo entendí, mediante una manipulación de la lógica filosófica mezclada con las últimas tendencias en cadenas de correos electrónicos donde tu ofrecimiento era lo que me merecía, en pago a un posible comportamiento anterior. La lluvia, cada vez más recia, mojaba los cristales y deformaba el paisaje emulando un cuadro impresionista visto de cerca.

Transcurridos los treinta minutos de recapitulaciones, bajé. Todavía me quedaba un trecho a pie. Miré al cielo, rendida o quizás pidiendo una absurda explicación. Fue cuando un corredor desesperado se acercó, con la cara descompuesta y uno de los brazos en alto. Quiso subir en un intento extremo por la puerta de salida. Al tomar un poco de resuello, se dio cuenta de mi presencia y  con la compasión de un padre a su hija me tendió su paraguas: “Toma, te vas a mojar de lo lindo. Lo necesitarás. A mí me deja justo al lado de mi portería”. Allí me quedé durante un buen rato, cubierta por una vez contra la inclemencia del tiempo, gracias a un paraguas que no era el tuyo.

Esta mañana, cogí el mismo autobús. Un hombre alicaído y mojado, absorto en la ventana., acompañó parte de mi camino. Antes de abandonar el bus, le dejé el ungüento para mis heridas, presente inesperado, hará un año, de un corredor desesperado.

 

 

6 de noviembre del 2010

 

  lsorciere

 

Han colaborado en este texto: C Silvestre., M. Sala., S. Salgado., MJ Jiménez., B. Sueiro., G. Rovira., C. López

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16 mayo 2014 5 16 /05 /mayo /2014 10:18

 

 

Y aunque mis ojos han besado las joyas más hermosas, engarzadas con meras palabras..., y aunque las yemas de mis dedos, a menudo ensalivadas, han rozado miles de páginas..., las palabras no lo dicen todo, por perdurables y exactas que nos parezcan al grabarlas sobre la tibia y sedosa materia, pues a veces un gesto o una mirada y hasta un suspiro contienen profundos matices no percatados, que naufragarán en los arrecifes de lo no visto, no escuchado o no intuido. Y, a veces, ese mismo gesto o mirada o suspiro sin palabras es captado pero no entendido, perdiéndose a su vez, también para siempre, junto al resto de misterios que nunca supimos descifrar. Porque entre lo leído y lo oído, entre lo escrito y lo dicho siempre queda un triste vacío de puentes escondidos difíciles de hallar.                                     

    Quiso obsequiarme el destino arrancando las malas hierbas de uno de esos puentes: hará tres o cuatros años, en alguna ruinosa casa de alguna vieja calle del casco antiguo de la ciudad, una asociación latinoamericana había organizado una conferencia. En el fondo de una espaciosa sala, sobre una larga y carcomida mesa, una tenue luz iluminaba dos manos cogidas. Al apretar el gesto, un rostro de mujer salió de la penumbra para contemplar, durante unos instantes, al auditorio. Su cara, cortada por las sombras, tenía la expresión dura; sin embargo, felina en la oscuridad, sus dilatadas pupilas temblaban de inquietud. Tras enderezarse en su silla, cogió aire y mano y, con sorprendente tono neutro, comenzó a leer, camuflándose nuevamente en la penumbra: “Cuerpo, mente y espíritu son tres que fueron uno, que ya no son, pues todo fue y de ese todo, ya, nada quedó. Yo, como todos, desearía y deseo reencontrar si no ese uno, sí al menos ese tres que un día fui yo. Yo, como todos, desearía y deseo que el hierro candente de mi pasado, mi carne, nunca hubiese marcado. Yo, como todos, desearía y deseo que mi alma nunca hubiese sido mancillada, que mi voluntad doblegada, que mi mente castrada. Y mi deseo es tan vivo y tan cierto como bien pudiera ser para ti en tu vientre un latido, en tu corazón un dolor, en tu estómago un cosquilleo o en tu pecho una pasión. Pero, sobre todo, es deseo inalcanzable como inalcanzable es para un niño, desde su columpio, tocar el cielo. Y sólo por él no muero.

   Yo, como todos, dejé de ser en una funesta noche de un funesto día: la luz en mi habitación encendida quiso avisarme; los coches negros acechando en el portal; la mirada esquiva de una vecina; incluso la luna quiso avisarme alumbrando con su faro, brevemente, un callejón. Pero yo entonces no escuché, ni vi, ni entendí nada. Aquel aciago silencio, hoy tan claro, estaba gritando mi nombre. Poco después, mis ojos fueron vetados, mis labios censurados, mis manos inmovilizadas..., y, de cuclillas, en una esquina del comedor lloré. Luego, cuando terminaron conmigo, como todos me oriné encima”

   A medida que se iban apagando sus últimas palabras, un mutismo se apoderaba de la espaciosa sala, roto solamente por un débil y huidizo gemido. Los labios del rostro desaparecieron bajo la luz; una apretada línea callada miraba, ahora serenamente, a un público estremecido. La voz seca, secamente habló: “Hace seis años, doce años después de mi descenso y ocho de mi salida de los infiernos, torné a pisar tierra argentina, la misma tierra por la que tantas y tantas veces me arrastré, y, con mapa en mano, rastreé los vestigios del invisible, vasto y tenebroso imperio cuyos súbditos, sombras enajenadas, sufren todavía condena; los muertos porque han muerto, los vivos porque siguen viviendo. Aquel dichoso día, yo, vencedora y vencida, grité sobre sus ruinas.

 

 

   Años ha, cayó el imperio, y todo pasa y nada queda, mas en mi cabeza, prácticamente desahuciada por los malos recuerdos, con cada puesta de sol se bate un cruel duelo entre mi deseo y mis miedos. Todo pasa y nada queda y poco a poco voy viviendo, mas a veces gana el miedo, remitiéndome a media noche a los infiernos. Un infierno de escaso fuego- una descarga eléctrica, una colilla sobre mi cuerpo-, de fracturas de huesos, de llantos y gritos (propios y ajenos) pero, también, de silencios, cuando la voz pronunciaba, por última vez, un número o un nombre. Yo, como todos, desnuda, ciega y manca- nombre o número, qué más daba- recuerdo el febril sudor arañando, gota a gota, la piel condolida, el temblor sin consuelo, los labios resecos y sedientos..., y, entre tinieblas, un epígrafe inscrito en el dintel de una puerta antes de volver a ser torturada: Olvidad toda esperanza, los que entráis”.

   Yo la llamé Patricia. Patricia besó la mano que agarraba su mano y, luego, suspiró.

                                            

                                                          10 de febrero de 1998

           

  Nota: Esta  conferencia data de la primavera de 1994. Con ella dimos por concluido, mis compañeros y yo, un estudio sobre los desaparecidos de Argentina durante la dictadura militar entre 1976 y 1982. Durante el curso de 1993/1994 contactamos con diversas asociaciones argentinas a las que siempre agradeceremos su infinita y desinteresada ayuda, facilitándonos numerosas fuentes documentales y orales. Revistas, periódicos, libros y entrevistas nos sumergieron en una historia ajena que hicimos nuestra. Aun así, y esto lo digo a título personal, ningún contacto fue tan directo e impactante como el aquí narrado, pues en cada lectura, en cada conversación..., siempre quedaba suspendido en el aire ese gesto o mirada o suspiro sin palabras.

             

  lsorciere

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11 abril 2014 5 11 /04 /abril /2014 10:07

Un hombre sencilloEcos de pasos precipitados retumbaban en el vacío del piso. Manuel bajó la maleta del altillo, vació el armario y volcó los cajones sobre la cama. Si no se daba prisa, en cualquier momento, le sorprendería la señora de la limpieza. En el aseo, metió de un manotazo sus enseres personales en una bolsa de basura. Los sustituyó por un sobre a nombre de la asistenta que contenía el sueldo de tres meses.

A mediados del pasado noviembre, poco antes del anuncio del ERE, compró una hoja de lotería de la empresa, como solía. Era el único secreto con quien habían compartido cama conyugal, durante más de veinte años, Mar y él. Jamás se lo mencionó con la vana esperanza de que, llegado el día, la alegría insultante de la televisión se trasladase, directa, a su casa. Abrirían botellas de champaña, saltarían sobre el sofá, llorarían y reirían al unísono, se abrazarían y lo grabarían todo para la posteridad. De manera incomprensible, a la hora de la verdad, sus músculos se paralizaron como en una película de terror. El premio, madrugador, lo sorprendió almorzando; él, impasible, dio un sorbo al café, deglutió las tostadas de pan duro y terminó de leer el periódico. Ni un mísero tic en su semblante filtró un posible estado de alteración o nerviosismo. Al fin y al cabo, a la hipoteca apenas le restaba un par de años, Mar era una alta funcionaria y las niñas pronto saldrían de la universidad. La breve reflexión interior inclinó la balanza y resolvió dar alas a aquel sueño truncado con la primera cita de su corto noviazgo.

Así pues, en plena crisis inmobiliaria, adquirió un pisito en la zona bohemia de la ciudad, donde se pasaba las horas de desempleo mientras su familia lo creía en el trabajo. Comenzó a leer libros de filosofía, a discutir sobre política y arte en bares que parecían conservar el áurea displicente de su juventud y la nube de humo de antes de la prohibición del tabaco, envasada como un caro perfume; se compró unas gafas de pasta sin graduación; paseaba por el barrio con las manos a la espalda, reflexionando sobre la existencia y evolución del ser humano… Aunque nunca llegó a culminar ninguna relación, estudiantes ávidas de conocimiento y experiencias se rendían a sus encantos artificiales -extraídos de poses de artistas procedentes de los márgenes de la cultura- y a su memoria reconstruida con ayuda de las hemerotecas. Puntual cenicienta, a las nueve devolvía las gafas al estuche de la mesita, se ponía su mono azul-mecánico y regresaba a su vida anodina; en el trayecto del piso al hogar, sus pulmones henchidos de ego y autoestima se iban desinflando.

Creía tenerlo todo bajo control cuando, una tarde, tropezó con su hija mayor en la entrada de uno de los locales donde había adquirido cierto prestigio de pensador alternativo y revolucionario. Milagrosamente, parapetado detrás de la gruesa montura y con la boina francesa encasquetada de medio lado, no lo reconoció. Aun así, la termita de la inquietud comenzó devorar los cimientos de su personaje: dejó de concentrarse en sus lecturas, sus discursos menguaban en fuerza, olvidaba componentes esenciales de su atrezzo en los centros sociales… y la luz de la admiración poco a poco se fue apagando entre sus interlocutores. En el seno familiar también empezaba a cometer fallos graves que dejaban una estela de silencios incómodos y miradas de incomprensión alrededor de la mesa, como cuando, mordisqueando un bocadillo de butifarra, se le escapó a Gandhi de su boca y citó, ensimismado, “el mayor beneficio de la timidez consiste en que gracias a ello he aprendido a economizar las palabras. He adquirido el hábito de reflexionar antes de hablar”. El tiempo se detuvo, el ruido de cubiertos cesó,  Mar y las niñas, atónitas, interrumpieron su conversación banal e incluso el sonido del televisor pareció amortiguarse. La noche que se presentó en la portería de su casa vestido con la elegancia descuidada de un intelectual, cayó en la desgracia que se le avecinaba, de no poner remedio. Otra vez la estúpida balanza, entre el yugo de la rutina y el cristal multicolor de su persona,  jugaba a ser la dueña de su vida.

Desde el rellano, proveniente de lo bajo de la escalera, al echar la llave de la puerta, alcanzó a escuchar la discusión, a voz en grito, entre la mujer de la limpieza y la portera. Alguien presionó el botón arcaico de llamada, el engranaje correoso se puso en funcionamiento y el ascensor bajó torpe y lento. La frente de Manuel era un caño de fuente, el llavero botaba en la mano y los nervios ausentes durante el año acudieron de improviso. Cargó la maleta a la espalda, agarró la bolsa con los dientes y bajó  tropezando con cada esquina del resbaladizo caracol marmóreo, rezando a lo más sagrado por no encontrarse con nadie y evitar dar explicaciones. Salvados los primeros obstáculos, en la calle todavía recorrió unos metros de seguridad con el peso de la culpa. Eligió el quinto contenedor para arrojar la bolsa y la maleta, la cual, mal cerrada a presión, desparramó su contenido sobre los desperdicios.

Una última mirada capturó la funda entreabierta de sus gafas y Manuel cerró los ojos con esfuerzo para dejar tras de sí el alo misterioso de su desaparición en aquel barrio que nunca lo olvidaría. Regresaba así, mientras lograse contener sus bajos impulsos, al humilde prototipo –hombre blanco de clase media baja, felizmente casado y con dos hijas- que toda buena estadística desearía incluir. Quizás, el próximo sorteo revelaría al resto de la familia una repentina riqueza, pero, claro, ya no sería lo mismo.


 

  lsorciere

 

 

22 de noviembre de 2011

 

 

Nota: Mi especial agradecimiento por su colaboración como modelo fotográfico a JC Giró

 

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16 febrero 2014 7 16 /02 /febrero /2014 18:05

 

Nota de la autora: vayan por adelantado mis disculpas.


 “Yo no sé cómo se harán las revoluciones, cuando se hagan, en Zamora, Orense o Lérida (…) En Barcelona, la revolución no se prepara, por la sencilla razón de que está preparada siempre. Asoma a la calle todos los días, si no hay ambiente para su desarrollo, retrocede; si hay ambiente, cuaja. Hacía mucho tiempo que la revolución no disponía de aire respirable; encontró la protesta del Riff y respiró a sus anchas”

Osorio i Gallardo, Gobernador Civil de Barcelona durante los sucesos de la Semana Trágica, Junio de 1909

 

“Se acabó; me rindo”, dijo como para sus adentros mientras suspiraba. De esta manera, arropada en la vulnerabilidad de su pijama de algodón, Alejandra daba por concluida una larga reflexión. Luego apagó el cigarrillo, prohibido entre las cero y las diez horas por el decreto-ley núm. 10.086/699 de Marzo de ese mismo año, 2084, para la prevención de incendios urbanos.  

cama

Inmediatamente el Dispositivo de Localización de Elementos Bullangueros Dispuestos a Entregarse (D.L.E.B.D.E.) se accionó: la antigua sirena antidisturbios rompió el silencio de la noche, el foco del helicóptero N”EO II iluminó el piso ciento veintiunavo del número 3150 de la calle Admondrea y un escuadrón silencioso, pulcro y ordenado se internó en el edificio. La puerta de entrada a la casa estaba abierta; el cigarrillo todavía humeaba y Alejandra permanecía sentada en el borde de su cama, absorta en unos pensamientos que ya viajaban más allá del  paisaje de la ventana. Las hélices hicieron ondear el tul de las cortinas a modo de bandera blanca, los espectros escondidos en las viviendas adyacentes fueron espantados y el empuje de la ventolera resplandeciente la liberó, por fin, de toda posible resistencia. Al cerrar los ojos, incluso perdió el tacto agradable del algodón sobre su piel. Se desechó su fabricación hacía más de dos década en pro de otros materiales sintéticos clasificados por el Instituto Interterritorial de Gestión de Recursos aptos para el uso humano común; pero el olor de su infancia y el recuerdo de su padre la aferraban a él con desesperación de yonqui. Rayando los márgenes legales, rebuscaba entre las basuras o, en última instancia, acudía al Trocadero, el mercado del trueque del Distrito 70, donde miles de desarraigados Elementos Bullangueros sobrevivían irreverentes a cualquier normativa publicada por el C.O.T.S., Circular Oficial de los Territorios-Socios.


Desde el inicio de la Nueva Era Post-Actual (más conocida entre los estudiantes con las siglas N.E.P.A.), instaurada por el Convenio Supranacional de Territorios-Socios de Enero de 2020, se habían dejado de utilizar armas convencionales contra los conciudadanos: además de considerarlas propias de sociedades pre-postactuales, años atrás, estudios multidisciplinares de prestigiosos científicos evidenciaron su ineficacia. Por costumbre histórica, hicieron las primeras pruebas en regiones-miembros limítrofes. Los resultados fueron muy reveladores: en la coctelera del descontento general, insuflaron los estertores del vetusto Estado del Bienestar (acelerada su aniquilación por cada uno de los Socios) con un amasijo  filosófico de origen vago y manipulable, para sumergirlos así a un prolongado período de convulsos movimientos- todo ello englobado por el Elenco de los Treinta Biempensantes con el eufemismo “La Experiencia del Sistema”-. Así habían descubierto que los Elementos, en estado de alerta, se reagrupaban y regeneraban, de igual modo que el enjambre defiende la colmena. Además, siempre escapaba alguno infectando futuros proyectos.


Con el tiempo, las estadísticas confirmaron también que cada Elemento, en el plazo de sus primeros treinta años, podía llegar a interactuar, de media, con otros ocho mil Elementos. De ese total, apenas un Quince Por Ciento (el Q.P.C.) trascendía en su ideario posterior. No obstante, con igual certeza que cualquier simple cadena de correo retorna al origen, si el poder del Q.P.C. se encauzaba con destreza, se podía desencadenar un efecto dominó totalmente controlado. Así germinó la Idea, la nueva bomba atómica que en adelante recaería sobre la población civil. El objetivo consistía ahora no tanto en doblegarlos mediante coacción física como en minar sus espíritus hasta la negación de sus personas, gracias al goteo de la Idea en el imaginario popular. Las consabidas guerras de trincheras habían sido un juego de niños; después del Gran Cambio (así se le llamó al fin del Mundo Actual y motor de la N.E.P.A.), no habrían vencidos porque a nadie le importaban, ni nombres, ni batallas y la ingente masa utilizada de cobaya se agolparía, sin posibilidad de rendición, a los pies de la ciudad, el origen de todos los Distrito 70 de todas las ciudades de todos los Territorios-Socios.


¿Qué hacer entonces con el exceso social de la N.E.P.A., cuando su eliminación mediante métodos agresivos o violentos resultaba estratégicamente inviable? Finalmente, se resolvió que, una vez alcanzasen la sumisión, se les permitiría entregarse voluntariamente al orden público. Dado el paso, eran ingresados en el Centro de Admisión donde permanecerían hasta completar el cupo de Los Cien. Luego, lo desconocido; quizás la redención; ninguno había regresado.


Por supuesto, todo esto era de dominio público. El Q.P.C., combinado con los avances tecnológicos, volvían la censura informativa en mera quimera. Y los Territorios-Socios, lejos de nadar contracorriente, decidieron dejarse arrastrar por ella: cada ciudadano elegiría su propio camino hasta que las fuerzas le traicionasen e inclinasen definitivamente su balanza existencial entre un Elemento Simple o uno Bullanguero, dejándose consumir por la carcoma de la Idea o la indefensión del individuo frente a la acción de la Estructura, es decir, frente a la posición donde la Sociedad -vista como Ente- coloca a cada uno de sus Elementos y, así, determinar el valor de su utilidad (el V.U.E.) o, si fuese necesario, elevarlo al mismo cielo para luego estrellarlo contra el suelo del fracaso. Alcanzado el punto de inflexión, desvelado el escalafón del Elemento, éste sería abandonado a su suerte, condenado a vagar en el exilio intangible de los Elementos Bullangueros dentro de los muros de su ciudad. La mayoría de quienes se resistían a la entrega inmediata terminaban auto-confinándose en su correspondiente Distrito 70. La Idea, inyectada como un virus exterminador desde la cúspide de cada uno de los Territorios-Socios por orden directa del Elenco de los Treinta Biempensantes, contaba con su propio Q.P.C. Así se resolvieron los conflictos surgidos a raíz de “La Experiencia del Sistema”.


el-sueno-de-la-razon-produce-monstruosEl sueño de la razón produce monstruos reza de título un grabado del maestro Goya: el setenta y cinco por ciento de las auto-entregas se daban a partir de la caída de la tarde. Los Elementos se rendían fumigados por sus miedos. Así pues, de la planta veintiuno para abajo, se sumaron a Alejandra, entre otros, un niño enclenque de unos diez años con aurea de viejo y una mujer rolliza con un pie en la cincuentena. En la esquina de Admondrea con Crintencia, les esperaba aparcado el furgón del D.L.E.B.D.E. y, en el interior, una luz de quirófano. Justo antes de subir, Alejandra miró al cielo: el faro del helicóptero se apagó, la voraz noche mordió el cuello del mega-rascacielos y la figura del N”EO II se internó en la oscuridad de su cueva. El motor se puso en marcha con suavidad de amante en su primer encuentro, rumbo al Centro de Admisión. De pronto, una tos perruna, impropia de un niño, interrumpió la evasión mental de los Elementos auto-entregados allí presentes y Alejandra se encandiló con el halo de tristeza de la pequeña mano arropada por el cuenco agrietado de la rolliza cincuentona. Acunados por el vaivén taciturno de los semáforos y de las siguientes recogidas, Alejandra fue recopilando los pedazos de su microhistoria. En casa, respondía por Alex.


Los padres de los padres de Alejandra Zeerman Prisco, sus abuelos, se habían arrojado a las calles ante el seísmo del paradigma donde asentaban su rutina. Junto a millones de correligionarios dispersados por el mapa de los actuales Territorios-Socios, participaron en los movimientos populares del naciente siglo XXI y protagonizaron de manera inconsciente la primera fase de la Experiencia. Observados a través de la probeta del Elenco de los Treinta Biempensantes, los llamaron Bullangueros en clara referencia a las revueltas del ocaso del Absolutismo, en el nordeste del Territorio-Socio E (o Estado Español hasta la Edad Contemporánea). Eran las comprobaciones previas de la tendencia subversiva y la falta adaptación, el cálculo aproximado del excedente poblacional y la primera criba; ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos restarían marcados con el estigma del bullanguero.


Alex era, pues, nieta de la Experiencia del Sistema y heredó, por tanto, un pasado aplastado por el peso del silencio y el tabú. Sus padres, supervivientes de aquella generación perdida, engañaron su destino con perfil de Distrito 70 y superaron las pruebas selectivas del Gran Cambio. La lucha desesperada por demostrar el V.U.E. (Valor de Utilidad Existencial) de sus personas, ubicado en los escalones más bajos de la sociedad en ciernes, les hizo extremadamente hábiles y resistentes, con la esperanza de que Alex, hija única, tomase un día el relevo y dejase atrás, definitivamente, la delgada línea del vencido. No obstante, en el fondo de sus ojos siempre brilló el temor del fugitivo.

Creció con ese espíritu, consciente de un pasado genealógico confuso a la espera del dictamen de la Idea, pues aun el mutismo obediente y resignado, resquicios de costumbres primitivas en el seno familiar los delataban.


A Alex le asaltó uno de sus diálogos recurrentes:


-Papa, ¿los abuelos se bañaban en el mar? –En su mundo de fantasía, Alex, la niña, situaba la hazaña en la trama de uno de sus cuentos.

-Sí.

-¿Y no tenían miedo de ser tragados por las olas? –preguntaba sin dejar nunca de asombrarse.

-No.

-¿Tú has nadado en el mar? –inquiría comida por los nervios, a la espera de ir de la mano de un héroe.

-De pequeño, alguna vez.

-¿Y yo, puedo meterme yo? –Avanzándose a la consecuente objeción, añadía:- sólo las puntitas de los pies, lo juro.

-No, Alex, está prohibido.


Y sin más explicaciones daban por concluida la conversación. Luego, regresaban a casa sobre sus pasos, uno al lado de otro y, sin embargo, encerrados en universos paralelos. El tiempo les enseñaría a callar las preguntas sin respuesta.


Paolo Zeerman murió, inesperadamente, un veintPlaya-copia-1 icuatro de julio de 2070. Como la gran urbe había engullido lo s cementerios -sin cabida en la N.E.P.A.-, Alex, pájaro migratori  o, acudiría a la playa de madrugada, cada aniversario, en memoria de su padre. Sus pies descalzos, en contacto directo con la humedad de la arena, la transportaba a la lejana infancia para reanudar aquellas charlas, donde los huecos hablaban por ellos. 

 

Los trompicones de un frenazo la interrumpieron. Dentro de una camisola azul tres tallas más grande, tiritaba el niño, poseído por un soplo de vida. Indefenso, sus bambas bailaban en el aire. La mujer arrugó el morro y, resignada, lo atrajo bajo su pecho de matrona. Por el escondite del sobaco, asomó la carita de gato perdido. “Pelusa sobre los labios”, pensó Alex, “por eso parece mayor”.


En una civilización donde el detalle es prueba fehaciente, las facciones blandas de Alex, discordantes con su mirada oscura, y una dejadez innata en su forma de ser habrían sido signos de cierta predisposición de un V.U.E. por debajo de los mínimos exigidos, de no ser por la sobreprotección parental, garante de subsistencia, y una obstinada voluntad de superación. En los Juegos de Iniciación a la Socialización (simulación virtual para Elementos Pre-sociales, infantes de cero a nueve, diseñada por el Instituto Interterritorial del Conocimiento), Alex cumplió los roles, si bien es cierto que nunca con excelencia. Aun así, los Zeerman Prisco confiaron en que sus torpezas a la hora de superar niveles, una vez alcanzase la edad de contacto con la realidad, se convirtiesen en anécdota.


-A los cien, todos calvos –solía bromear Paolo, echando mano de un antiguo chascarrillo.


Por desgracia para todos, nada cambió; las carencias físicas e intelectuales se volvieron cada vez más evidentes a medida que avanzaba en el Adiestramiento Superior del Conocimiento. Pese a ello, no abandono y, para sortear la Idea, aceptó y suplió sus vacíos con ingenio, horas de gimnasio e imitación de sus compañeros. También por desgracia para todos, se equivocó, al no calcular la importancia del grado de debilidad de espíritu, imposible de enmascarar.


-Entré en el Programa de Recuperación Residual –explicaba Andrea Prisco a su hija cuando la nostalgia le producía insomnio- por recomendación del director del Edificio 450-D70, dedicado al mantenimiento del Distrito 70. Me preguntó si dominaba las reglas básicas del Conocimiento (entonces eran: Modelación Espacial WWW, Captación Sensitiva de la Relaciones, Lingüística Internacional, Historia de la N.E.P.A. y Estructura Económica). Le dije que sí, sin dudarlo; las había aprendido a espaldas de los abuelos, arraigados en su vida arcaica. “Es una pena, pareces espabilada”, me dijo, “quizás podríamos recuperarte. En fin, se hará lo que se pueda”. Y me metieron en Escáner, donde conocí a tu padre.


Luego, ya en trance, daba comienzo a su rosario de lances; a Alex siempre le abrumó la responsabilidad de sobrepasar el V.U.E. de sus padres.


El vehículo se detuvo. Un ataque de nervios convulsionaba el cuerpo del pequeño y la mujerona se vio en el brete de susurrarle palabras tranquilizadoras. El tinte rubio apenas le cubría las puntas y una melena despeinada, de un gris amarillento, reafirmaba su desgana.


-Shiiiiii, Alex –intentaba calmarlo, a pesar de todo.


El detonador de Alex, o Alejandra, se había activado dos noches atrás, durante su constreñida visita al Trocadero. En pleno intercambio de piezas de procesador por sábanas de algodón, un tumulto ocupó las calles. Su intento de huída duró unos minutos. Tragada por el tsunami de la masa, se sorprendió encabezando la marcha, vociferando lemas bullangueros en un estado de excitación solo comparable a la culminación del clímax: Las manos alzadas, la musculatura tensa y dispuesta al ataque, su voz en ristre como única arma, en clara ostentación de la rabia acumulada desde el día en que nació, hasta obnubilarle los sentidos para hacerla, por una vez, fuerte. Aunque sellaron los accesos del distrito, gritaron y caminaron durante horas, exigiendo una parte de ese cielo de donde habían sido expulsados, con la maldición del ángel caído.


Una sola jornada fue suficiente para entender que su V.U.E. había sido desvelado. De la misma manera que la algarada se dinamizó, progresivamente fue perdiendo fuelle hasta diluirse como los círculos concéntricos de una piedra lanzada al agua calma y Alex se encontró infinitamente sola delante de la cerca metálica todavía custodiada, desde el otro lado, por ese ejército, silencioso, pulcro y ordenado. Incapaz de sobrevivir ni dentro ni fuera del Distrito 70, Alejandra Zeerman Prisco se entregó, sin amago de pugna, un veinticuatro de julio de 2084. No pasaba nada, o al menos nada importante, solo era el Fin del Juego y, su expediente lo demostraba, en eso nunca resultó demasiado diestra.

La corredera del camión se abrió. Habían llegado al Distrito 70, siempre despierto, alerta ante cualquier posibilidad de rebelión. El desorden y el griterío inundaban las calles.  Miró entonces a su tocayo, de nombre y alma, y le clamó: “¡Corre antes de que sea demasiado tarde!”. Y el único uno por ciento que Alex utilizaría de su Q.P.C. golpeó la ficha con efecto dominó que encabezaría una nueva época dentro de la N.E.P.A., tal y como con posterioridad se registraría en la Historia del siglo XXII.

 

31 de julio de 2012

 

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16 febrero 2014 7 16 /02 /febrero /2014 09:25

   Linda-y-el-Sol.jpgLinda, así se llamaba la niña, sonreía cuando su amigo Sol la despertaba:

   -Linda –le susurraba entre besos y caricias-, ya es de día.

   Largo y negro era su pelo; sus ojos, redondos y pequeños. Linda niña, como lindo el nombre y linda su cara, era aquella a quien yo conocí una soleada mañana de entrada primavera: las nubes, blancas como la espuma del mar; las calles, llenas de alegre alboroto, de gentes, de niños, de risas, de caprichosos llantos, de infantiles y juguetones ladridos... Marrón el suelo, azul el cielo y verde..., verde era cada copa de árbol, cada hoja, cada tallo. Y también algo de rojo, de amarillo, de lila, aquí y allá, dibujando una dulce flor.

   Linda paseaba cogida de un rayo de Sol. Caminaba, entre saltitos, traspiés y balanceos, orgullosa y segura, aunque de tanto en tanto hacía tropezar a su amigo al pararse en seco sin avisarle. Pero él nunca se enfadaba. Entonces Linda cambiaba el semblante: con las cejas levemente fruncidas y los labios muy apretados, se ponía una mano de visera, estiraba su delgado cuello y, medio abriendo, medio cerrando los ojos, buscaba la indulgente sonrisa de Sol.

   Y así, contenta, satisfecha y un poco deslumbrada observaba a los otros niños, a sus padres, a sus perros y a los árboles, ansiosa por contarles como, un día más, su amigo Sol la acompañaba al parque para cuidar de ella y de todos los demás. Mientras, Sol apretaba fuertemente su mano y Linda notaba como la felicidad iba creciendo dentro de su corazón. Mas la felicidad le creció hasta tal punto que ya no pudo guardársela para ella sola. Linda, deseosa de compartirla, se soltó de Sol y empezó a correr por el parque. Aquel día, como todos los días, Linda jugó con todos los niños y niñas, y con sus perros, y cantó con las flores y también bailó y contó chistes a los árboles y con ellos se rió durante largo, largo rato.

   Sol, siempre atento, la vigilaba de reojo y se reía por dentro si hacía alguna travesura. Incluso en una ocasión debió de recogerla en el aire pues trepando un árbol se resbaló y cayó. Si no hubiese sido por Sol no sé cuantas veces se habría roto esa dura, tierna y caprichosa cabecita.

   Y de pronto todos los niños y todos los árboles y todas las flores se sintieron cansados y empezaron a bostezar y a estirar los brazos. Linda miró nerviosa a Sol, pidiéndole ayuda, pero Sol le contó que no podía hacer nada porque también él estaba cansado y se quería ir a dormir.

   Poco después se levantó una ligera brisa que hizo temblar la hierba y volar algunas hojas. Sol cogió a Linda entre sus rayos y, dejando atrás el anochecer, la acunó hasta llegar al portal de su casa. Por la ventana, la entró a su habitación y, como cada noche, l arropó y le dio un beso en la frente

Linda duerme 2 copia

 

  

   -Buenas noches, Linda –le susurró al oído mientras la niña murmuraba sus sueños-, hasta mañana.

   Luna Plácida, que así se llama la luna cuando vela los sueños de los niños, comenzó a entonar una suave nana.

   -Buenas noches, Luna –se despidió Sol.

   -Buenas noches, Sol –se despidió Luna.

                                                                                                          

Para C. y M

 

2 de abril del 2000

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9 febrero 2014 7 09 /02 /febrero /2014 13:18

I.

 

Cinco minutos después de arropar a Laia en la cama, el tsunami de su llanto inundó el comedor. El presentador vio irrumpido su programa televisivo; sillas, mesa y restos de una cena quedaron flotando; los padres, sorprendidos en plena discusión, acudieron en su auxilio.

 

II.

 

Laia ha cumplido quince. Justo un año atrás, comunicó a su madre su firme decisión de hacerse un tatuaje. La madre, titulada en psicología, dialogó durante varias semanas. Como era de prever, Laia luce, hasta la fecha, una bonita bruja lila en su omoplato izquierdo, envidia de todas las chicas de su clase. Pero ni ella ni su madre lo saben. Los ojos de Laia son de dibujo animado: grandes, marrones y con la magia de la ilusión siempre al acecho; aunque ella, en el reflejo de su espejo, los cree vulgares. Entonces, su melena lacia le ayuda a taparse la cara y encorva su cuerpo.

-A Lucía le gusta Edu, pero él no le hace caso –le confiesa a la madre mientras prepara la cena-.Yo me llevo bien con Edu y Lucía no me habla.

-Eso son celos. No le hables tú a ella –sentencia-. Ya se le pasará

-Lucía es guapa, divertida, y todas las chicas van con ella. El resto del grupo tampoco me habla –rebate con lógica pragmática desde el quicio de la puerta.

La madre se limpia las manos en el delantal, le clava la vista para darle la trascendencia necesaria a sus palabras y le ofrece la solución al misterio de la vida:

-Encontrarás otras amigas o se darán cuenta de que Lucía es una celosa.

-Ayer me peleé con el tete. Fue culpa mía, soy mala, no lo trato bien –se sincera.

-Tú no eres mala –La sartén, olvidada a su suerte en el fuego, es rescatada con un enérgico zarandeo.

-Sí, lo soy. –Se evade concentrándose en una mancha del techo y suspira:- No quiero ir a dibujo, tenemos que hacer parejas –Un tic en su pie golpea el suelo.

-¿Y?

-…-Baja la mirada y el castaño de su cabello se desparrama.

-Laia, mírame, ¿qué pasa? ¿Alguien habrá con quien puedas ir?

-…

-¿Laia?

-No lo sé, quizás no –confiesa en un hilo de voz.

-Eso es imposible, ¿qué pasa, Laia? ¿Tenemos que ir a un psicólogo?

-Sí, quiero ir a un psicólogo. Pegué al tete.

-Los psicólogos no sirven para nada. Yo soy psicóloga

-Tú eres mi madre, tú no entiendes, soy mala persona

Laia llora en el quicio de la puerta. El humo del aceite quemado da entidad al Apocalipsis de su amarga tristeza. Deja el vaso de refresco en el fregadero y se encierra en su cuarto. Con la luz apagada, sumergida en la música, recuerda con una mueca irónica el monstruo de debajo de la cama que le rompía sus sueños cuando era niña.

 

 

III.

Laia hace mucho dejó de tener quince años y en verano siempre utiliza, por imposición laboral, camisetas de manga corta. Así oculta los conjuros de la brujilla de su omoplato. Sus ojos, grandes y marrones, perdieron la luz de las pinceladas de un dibujo, pero se cortó el pelo y los rasgos de su cara afloran sin miedo. Cada mañana deja a Natalia con su abuela materna y tocaya; su tío ha desarrollado un raro instinto de protección y, observándola, se hace preguntas profundas inimaginables hasta su nacimiento. Laia la tuvo nada más rebasar el umbral de la juventud y, aunque Edu ha crecido a marchas forzadas, Lucía se ha convertido en una anécdota del pasado, ávida por un tatuaje. A veces, en la sobremesa nocturna, Natalia irrumpe con un llanto desde su habitación. Los padres acuden de inmediato en su auxilio. Laia, para tranquilizarla, levanta la colcha y escudriña, teatrera, debajo de la cama.

 

 

14 de noviembre de 2011

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9 febrero 2014 7 09 /02 /febrero /2014 10:25

 

A-veces.jpg

A veces, caminando por los senderos del falso silencio, acompañada por el murmullo de las olas del mar o el crepitar de las hojas secas caídas de los árboles,  el recuerdo de su voz melódica me invade y el peso de la nostalgia se apodera de mí. Entonces la entonación de una canción, solo posible en los entresijos de mi imaginación, me embarga, me llena de alegría, de reencuentro y, también, de tristeza. Mi madre, con una psique nívea, inquieta y abstracta -como el surco dejado en el aire por el vuelo de una mosca-,  navegaba sin rumbo entre la realidad y lo ficticio haciendo de ella un ser diferente. Como consecuencia, yo también lo fui.

Cada mañana, mientras me peinaba con suavidad, susurraba esa melodía indefinida y monótona, marcada por el extraño compás de su mano sobre mi cabello.  Semejante a un tratamiento de morfina para un enfermo terminal, el acto repetitivo la embelesaba relajando su rostro y su espíritu para transportarla allí donde los oscuros mecanismos de la mente edifican el oasis del descanso entre tanto despropósito. Después, a medida que iba perdiendo el control sobre sus acciones, el nerviosismo guiado por el caballo desbocado de su inconsciencia tomaba poder en ella. La vida cotidiana se convertía así en un reto de difícil superación: cualquier imprevisto que interrumpiese la rutina podía transformar en décimas de segundo la tormenta en huracán y convertir la casa en un infierno, en especial a la hora de las comidas cuando el calor del fuego de una sartén cumplía su efecto condensador. Pronto espabilé. Aprendí a obedecer normas sociales por inercia, sin comprenderlas demasiado: a ir al colegio y, a ser posible, no llegar tarde; a vestirme y no siempre como ella consideraba, pues cuando llegaba a clase la mofa general o el castigo del profesor podía alcanzar límites, para mí, incomprensibles. Por este motivo, con el fin de no herirla, acostumbraba a llevar una muda en la mochila para cambiarme en el bar de la esquina.

Zapatillas desparejadas por efecto de una locura de rebajas, poco a poco, fuimos asimilando el hecho de vivir en la misma caja, ajenas a la rotación del mundo. A fuerza de desastrosos desencuentros con el exterior, el tiempo nos enseño a activar la parte primaria del instinto por la cual, a menudo, yo decidía cómo comportarnos, cuándo actuar y establecer nuestras prioridades para sobrevivir, ya que en su universo infinito y confuso la factura de la luz apenas tenía mayor valor que el de una agradable cadencia emitida  por la fricción de la hoja en la cual iba soportada contra el aire al desplazarse, en su vaivén, de la mesita al suelo. De todas maneras, dentro de los márgenes prudentes de nuestra desangelada isla, solíamos divertirnos para llenar de frescas carcajadas la jarra de donde bebíamos cuando nos sentíamos abatidas. Nuestras visitas a los parques públicos eran especiales: tumbadas sobre la hierba, me enseñaba, entre cuchicheos, caricias y abrazos, el mensaje cifrado en el blanco relieve del cielo.

Un día fui a una excursión. Me impuse como norma evitarnos el mal trago de pasar situaciones incómodas con mis profesores y sus misivas enfundadas en notas recriminatorias por mi comportamiento o de avisos de asistencias a eventos estudiantiles se perdían entre los libros de mi cartera; ella nunca las veía. Aquella última nota la descubrió rebuscando en los bolsillos de mi chaqueta justo antes de culminar su costumbre de desteñirla en la lavadora. La entregó y me obligó a ir. Cuando regresé, la casa se había quemado y mi madre estaba hospitalizada. Iba a verla, pero me separaron de ella; fui adoptada y  lentamente el pasado la fue anulando. Sin embargo, a veces, aquella extraña melodía viene a mí, como el vaivén de una factura al caer de la mesita al suelo.

 

  lsorciere

16 de octubre del 2010

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