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8 junio 2014 7 08 /06 /junio /2014 08:38

“Gracias por este simulacro de vida normal en un mundo normal. Resultó un grato descanso en el camino”, pensó Manuela mientras se despedía de sus esporádicos compañeros el último día de trabajo; dos besos, abrazos, un apretón de manos, risas…;  ya estaba preparada para regresar a la única esquina del redondo mundo que, por absurda, nadie ve, ubicada incluso más allá del otro lado de la ventanilla.

 

8 de junio de 2014

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24 mayo 2014 6 24 /05 /mayo /2014 12:20

Luces de neón alumbraron la ciudad. Un temblor febril, como a una hebra de hierba por soplo de brisa, me despertó, me invadió, te añoró, me entristeció. A través de la ventana el reflejo parpadeante iluminó en la cama tu ausencia. Por el pasillo del humo de mis cigarrillos desfilaron las horas, llegó el día y, finalmente, tomé la decisión. Tras la larga noche de insomnio, amaneció oscuro; el cielo anunciaba tormenta. Mientras, yo me sentía sola, animal doméstico abandonado en medio de la selva.

Salí de casa sin prisa, sin ganas, por rutina, y por la conciencia de la inexorable rotación del mundo, a pesar de mi malquerencia. La ciudad enloquecida amortiguaba el efecto de las voces y la humedad con el ruido de los coches; las luces de los faros rompían la espesura de la contaminación para deslumbrarme. Me encogí dentro del abrigo y pensé en el paraguas olvidado que me habías regalado, entre risas, durante la cena. Se quedó sobre la mesa, junto con los restos de una pizza al estilo barbacoa y  una botella de rioja vacía. Justo poner el pie en la parada de autobús, comenzó un agua ligera y continua que pronto tomó fuerza, empujada por el viento. Nos arrebujamos como pudimos los peatones para guarecernos bajo la marquesina. Me dijiste, con mirada traviesa y labios sabor a vino, “brindemos por este maravilloso instante y… a la salud de Hermanos Parra, S.L.,  ante todo, tan amable de obsequiarme con este fabuloso paraguas para evitarme un resfriado en mi viaje a Londres”. El vuelo se retrasó en el último momento y aprovechaste para pasar por mi piso. Prófugas gotitas se colaban entre la inquieta aglomeración de transeúntes por el bao de la espera y borraban el camino marcado por tus besos entre mi lóbulo izquierdo y el nacimiento del cabello; me sorprendí con la mano en mi nuca intentando proteger el recuerdo. El 73 se estaba acercando, el nerviosismo se apoderó de la masa y un movimiento al unísono, como si se tratase de un solo cuerpo, nos hizo recolocarnos para poder acceder. A empellones, subí escupiendo el saludo al malcarado conductor agobiado de quejas acumuladas por la tardanza. Validé el billete y me adentré, con esfuerzo, hasta el final donde el azar me brindó un asiento libre. Con el  traqueteo me independicé de la masa: una sucesión de imágenes se agolparon dentro de mí, de frases sueltas susurradas al oído, entremezcladas con el reproche edulcorado por el tono de la buena educación, de muecas apagadas en el desvío de una mirada, de caricias colmadas de ternura, de interminables horas a la espera de una llamada mientras la vida transcurría con su lento devenir. El vaivén de dos años callada, deseando escuchar desde la silla del comedor el timbre del portero automático tras uno de tus numerosos viajes, me hizo llorar. Después de dos costosos divorcios y la obligada pensión de tu hijo, debía entender tu dependencia al trabajo y la falta de confianza en cualquier relación que no se basase en el estadio del amor más puro, motivo por el cual nunca se había rozado el tema de compartir nada, a parte de la esporádica cama y alguna escapada de fin de semana. Y lo entendí, mediante una manipulación de la lógica filosófica mezclada con las últimas tendencias en cadenas de correos electrónicos donde tu ofrecimiento era lo que me merecía, en pago a un posible comportamiento anterior. La lluvia, cada vez más recia, mojaba los cristales y deformaba el paisaje emulando un cuadro impresionista visto de cerca.

Transcurridos los treinta minutos de recapitulaciones, bajé. Todavía me quedaba un trecho a pie. Miré al cielo, rendida o quizás pidiendo una absurda explicación. Fue cuando un corredor desesperado se acercó, con la cara descompuesta y uno de los brazos en alto. Quiso subir en un intento extremo por la puerta de salida. Al tomar un poco de resuello, se dio cuenta de mi presencia y  con la compasión de un padre a su hija me tendió su paraguas: “Toma, te vas a mojar de lo lindo. Lo necesitarás. A mí me deja justo al lado de mi portería”. Allí me quedé durante un buen rato, cubierta por una vez contra la inclemencia del tiempo, gracias a un paraguas que no era el tuyo.

Esta mañana, cogí el mismo autobús. Un hombre alicaído y mojado, absorto en la ventana., acompañó parte de mi camino. Antes de abandonar el bus, le dejé el ungüento para mis heridas, presente inesperado, hará un año, de un corredor desesperado.

 

 

6 de noviembre del 2010

 

  lsorciere

 

Han colaborado en este texto: C Silvestre., M. Sala., S. Salgado., MJ Jiménez., B. Sueiro., G. Rovira., C. López

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24 mayo 2014 6 24 /05 /mayo /2014 11:51

A mi mujer no le gusta que le fastidie sus estrategias y conseguir plaza para las gemelas en aquel colegio privado estaba muy complicado. El día de la visita del director, perfumó la casa y nos disfrazó de familia modelo. Incluso intercambió durante unas horas a nuestro perro Troski, obra de las mil leches y cojo de nacimiento,  por el chihuahua de la vecina. Lástima; el can, poco ducho en sutilizas, no reaccionó ante el lenguaje subliminal de su voz y el arqueo de su entrecejo cuando miccionó sobre sus zapatos. Yo, por si acaso, cogí a las niñas y nos sentamos silenciosos al otro extremo del sofá. 

 

19 de marzo de 2011

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24 mayo 2014 6 24 /05 /mayo /2014 11:01

Por fin quietas, las medias de Marisa caían como desfallecidas, rendidas de tanto trasiego, sobre el respaldo de la silla. En la oficina, enloquecía con el simple susurro deslizante de sus piernas que, a modo de hilo musical, la acompañaba al aproximarse. Preso por debajo de la mesa a una excitación impúdica, procuraba concentrarme en el puntero de la pantalla del ordenador, y, por momentos, la inconsciencia de los veinte años se apoderaba de mí. El ejercicio de contención, digno de maestro tántrico, me facilitó la cita, objeto de mis elucubraciones; ahora, así, calladas en la penumbra de la habitación, parecen tan inofensivas…          

 

20 de noviembre de 2011

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24 mayo 2014 6 24 /05 /mayo /2014 11:00

Toca jotas, otra vez, como cada último domingo de mes. El resto se reparte entre sevillanas, bailes de salón y diferentes variedades de salsa. La función, siempre, por la tarde; durante la semana, clases y ensayos. Ayuntamientos, fiestas populares y centros para la tercera edad la tienen absorbida. Ya apenas juega con sus amigas ni tiene tiempo para estudiar. Cuando María empezó a balbucear, en un gracioso giro infantil confesó su sueño de ser artista, pero nunca imaginé a su madre tomárselo tan en serio. Últimamente la noto algo demacrada, no obstante, callo; me amilana desilusionar a mi mujer.

 

6 de mayo de 2011

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23 mayo 2014 5 23 /05 /mayo /2014 23:34

Cri-cri, cri-cri, cri-cri. Los grillos del parque, bajo la batuta de la luna, despliegan al unísono sus alas. Se abre elMJ Sevillana concierto y un intenso olor a jazmín baña el camino donde conversaciones con acento jienense se dirigen a las fiestas del pueblo. Toda emperifollada, vestida con mis primeras galas y con esos zapatos relucientes que de tan nuevos destrozan los pies, escucho a las muchachas, para mí adultas, y el sonido de la gravilla estremeciéndose bajo nuestros pies. Poco después, llegaríamos a la feria. Allí el alborozo de las atracciones, los puestos de tiro, las casetas de sevillanas… tragarían definitivamente el silencio de la noche.

Arrastrada por la nostalgia de mis abuelos, haciéndome partícipe de sus deseos,  regresaba al pueblo en verano con la misma vitalidad que si un día, yo, hubiese marchado en busca de una vida mejor. Y así, con esa premisa de que todo aquello debía ser bueno,  descubrí el sabor del pan cuando se convierte en dulce y el del agua sencilla y fresca que, en el sudar de un botijo,  me esperaba, paciente bajo la sombra de la escalera, un año más.

 

 

14 de agosto de 2011

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16 mayo 2014 5 16 /05 /mayo /2014 13:13

Por el color de su melena la conocen en la cafetería donde desayuna, en el kiosco y  la panadería de siempre, en la nueva carnicería con ínfulas de delicatesen que parece prepararse para un desfile Dolce & Gabanna , y hasta el mecánico, con su olor a óxido, o la acalorada chica que barre, enérgica, el portal. Tiene nombre, claro, pero su pose glamurosa y algo descuidada lo borra y en la retina de cualquiera, al cruzarse en su camino, solo permanece una imagen de muñeca de plástico y carita de nácar. La brisa de su pestañeo y una sonrisa aniñada ventea de su rostro incómodas máculas del tiempo. Ninguno de ellos –ni el camarero, ni el kiosquero, ni la panadera… - recuerda una conversación con ella, porque, prendados del  brillo natural que la acompaña,  su voz se diluye en un parloteo sin interés.  

-Desde el principio le expuse mi deseo de igualdad –se confiesa aquella mañana a Raquel, la portera, en una necesidad de descargar penas-, del trabajo equitativo: hijos, tareas domésticas…  Cuando tuve al niño, en la empresa, puse como condición limitar a dos al mes los viajes al extranjero; aun así, innovar, gestionar, mantener software es agotador, siempre surgen problemas aquí o allá. Pero, bueno, para algo estudié telecomunicaciones.  Después de diez años, sin previo aviso, un día se me presentó con la demanda de divorcio. Quizás si no le hubiese exigido tanto, hoy estaríamos juntos.

Una lágrima se le escapó; el encanto de su recto vestido de lino insinuando la redondez de sus caderas se rompió; y Raquel, asombrada, la vio por vez primera: Al alejarse arrastrando el grillete de su estela de tonta diva, no pudo evitar pensar que, después de todo, el abismo de sus diferencias no era ni tan grande ni tan profundo.

 


26 de agosto de 2012

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16 mayo 2014 5 16 /05 /mayo /2014 12:27

“Tú y yo podremos pasear juntos bajo ese cielo estrellado, ya lo verás”: Sus palabras, reblandecidas a media noche por el alcohol, se filtraban por las esquinas de su aliento. Crujía la cama y, espíritu maldito en busca de la oscuridad protectora, se recostaba a mi lado. Su respiración rebotaba contra el silencio. Luego, con el torpe sigilo del borracho, se iba al salón. A veces, caía rendido en el sofá; otras, se tiraba hasta la madrugada viendo anuncios de la tele-tienda. Yo me hacía la dormida y él fingía susurrárselo a mis sueños.

 


16 de septiembre de 2011

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16 mayo 2014 5 16 /05 /mayo /2014 10:18

 

 

Y aunque mis ojos han besado las joyas más hermosas, engarzadas con meras palabras..., y aunque las yemas de mis dedos, a menudo ensalivadas, han rozado miles de páginas..., las palabras no lo dicen todo, por perdurables y exactas que nos parezcan al grabarlas sobre la tibia y sedosa materia, pues a veces un gesto o una mirada y hasta un suspiro contienen profundos matices no percatados, que naufragarán en los arrecifes de lo no visto, no escuchado o no intuido. Y, a veces, ese mismo gesto o mirada o suspiro sin palabras es captado pero no entendido, perdiéndose a su vez, también para siempre, junto al resto de misterios que nunca supimos descifrar. Porque entre lo leído y lo oído, entre lo escrito y lo dicho siempre queda un triste vacío de puentes escondidos difíciles de hallar.                                     

    Quiso obsequiarme el destino arrancando las malas hierbas de uno de esos puentes: hará tres o cuatros años, en alguna ruinosa casa de alguna vieja calle del casco antiguo de la ciudad, una asociación latinoamericana había organizado una conferencia. En el fondo de una espaciosa sala, sobre una larga y carcomida mesa, una tenue luz iluminaba dos manos cogidas. Al apretar el gesto, un rostro de mujer salió de la penumbra para contemplar, durante unos instantes, al auditorio. Su cara, cortada por las sombras, tenía la expresión dura; sin embargo, felina en la oscuridad, sus dilatadas pupilas temblaban de inquietud. Tras enderezarse en su silla, cogió aire y mano y, con sorprendente tono neutro, comenzó a leer, camuflándose nuevamente en la penumbra: “Cuerpo, mente y espíritu son tres que fueron uno, que ya no son, pues todo fue y de ese todo, ya, nada quedó. Yo, como todos, desearía y deseo reencontrar si no ese uno, sí al menos ese tres que un día fui yo. Yo, como todos, desearía y deseo que el hierro candente de mi pasado, mi carne, nunca hubiese marcado. Yo, como todos, desearía y deseo que mi alma nunca hubiese sido mancillada, que mi voluntad doblegada, que mi mente castrada. Y mi deseo es tan vivo y tan cierto como bien pudiera ser para ti en tu vientre un latido, en tu corazón un dolor, en tu estómago un cosquilleo o en tu pecho una pasión. Pero, sobre todo, es deseo inalcanzable como inalcanzable es para un niño, desde su columpio, tocar el cielo. Y sólo por él no muero.

   Yo, como todos, dejé de ser en una funesta noche de un funesto día: la luz en mi habitación encendida quiso avisarme; los coches negros acechando en el portal; la mirada esquiva de una vecina; incluso la luna quiso avisarme alumbrando con su faro, brevemente, un callejón. Pero yo entonces no escuché, ni vi, ni entendí nada. Aquel aciago silencio, hoy tan claro, estaba gritando mi nombre. Poco después, mis ojos fueron vetados, mis labios censurados, mis manos inmovilizadas..., y, de cuclillas, en una esquina del comedor lloré. Luego, cuando terminaron conmigo, como todos me oriné encima”

   A medida que se iban apagando sus últimas palabras, un mutismo se apoderaba de la espaciosa sala, roto solamente por un débil y huidizo gemido. Los labios del rostro desaparecieron bajo la luz; una apretada línea callada miraba, ahora serenamente, a un público estremecido. La voz seca, secamente habló: “Hace seis años, doce años después de mi descenso y ocho de mi salida de los infiernos, torné a pisar tierra argentina, la misma tierra por la que tantas y tantas veces me arrastré, y, con mapa en mano, rastreé los vestigios del invisible, vasto y tenebroso imperio cuyos súbditos, sombras enajenadas, sufren todavía condena; los muertos porque han muerto, los vivos porque siguen viviendo. Aquel dichoso día, yo, vencedora y vencida, grité sobre sus ruinas.

 

 

   Años ha, cayó el imperio, y todo pasa y nada queda, mas en mi cabeza, prácticamente desahuciada por los malos recuerdos, con cada puesta de sol se bate un cruel duelo entre mi deseo y mis miedos. Todo pasa y nada queda y poco a poco voy viviendo, mas a veces gana el miedo, remitiéndome a media noche a los infiernos. Un infierno de escaso fuego- una descarga eléctrica, una colilla sobre mi cuerpo-, de fracturas de huesos, de llantos y gritos (propios y ajenos) pero, también, de silencios, cuando la voz pronunciaba, por última vez, un número o un nombre. Yo, como todos, desnuda, ciega y manca- nombre o número, qué más daba- recuerdo el febril sudor arañando, gota a gota, la piel condolida, el temblor sin consuelo, los labios resecos y sedientos..., y, entre tinieblas, un epígrafe inscrito en el dintel de una puerta antes de volver a ser torturada: Olvidad toda esperanza, los que entráis”.

   Yo la llamé Patricia. Patricia besó la mano que agarraba su mano y, luego, suspiró.

                                            

                                                          10 de febrero de 1998

           

  Nota: Esta  conferencia data de la primavera de 1994. Con ella dimos por concluido, mis compañeros y yo, un estudio sobre los desaparecidos de Argentina durante la dictadura militar entre 1976 y 1982. Durante el curso de 1993/1994 contactamos con diversas asociaciones argentinas a las que siempre agradeceremos su infinita y desinteresada ayuda, facilitándonos numerosas fuentes documentales y orales. Revistas, periódicos, libros y entrevistas nos sumergieron en una historia ajena que hicimos nuestra. Aun así, y esto lo digo a título personal, ningún contacto fue tan directo e impactante como el aquí narrado, pues en cada lectura, en cada conversación..., siempre quedaba suspendido en el aire ese gesto o mirada o suspiro sin palabras.

             

  lsorciere

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16 mayo 2014 5 16 /05 /mayo /2014 08:31

(Tengo una muñeca vestida de azul,

  con su camiseta y su camisón.

  La saqué a paseo, se me constipó,

  la tengo en la cama con  mucho dolor...)

 

   Cuando yo era niña, todas las niñas éramos muñecas de porcelana, frágiles y delicadas. Por eso, cuando niña, mi madre me tomaba con cuidado, temiendo dañarme entre sus brazos; por eso, las estrellas asomaban al cielo, sólo para velar mis sueños. Y es que, Sin-titulo-2.jpgen aquel entonces, a las niñas las vestían con encajes y gasas; se les contaba hermosas fábulas sobre princesas encantadas; se les enseñaba los grandes dogmas de los sueños, dulces ángeles de la infancia.

   Sin embargo, las niñas de aquellos lejanos tiempos un día crecieron: sentadas, despojadas de todos sus miedos, comenzaron a mostrar al mundo las palabras secretas de todos los cuentos, las mentiras camufladas sobre lo falso y lo cierto. Así, el mundo y ellas pudieron ver como las manos de plata se liberalizaban y se tornaban más humanas; como las lánguidas miradas, maduraban y se iluminaban.

 

 

 

24 de marzo del 2003 

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