Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Yo creo que la mar no aguantó la envidia y, mucho menos, la mirada de Elena que se mantuvo serena y orgullosa, fija en el infinito, durante toda la ceremonia. Con la honestidad de un animal fiero, la blanca y desafiante bravura se transformó, poco a poco, en mansa sumisión hasta rendirse a los pies desnudos de la muchacha. A medida que el viento cálido, venido del sur, fue alejando la pira en un suave balanceo, las delicadas facciones de Elena tomaron fuerza: se mordió los finos labios, su cabello se tornó más negro y la nívea piel absorbió el calor de los besos del amado, legados a su cuerpo. Una lágrima se abandonó al momento y la mar la recogió, en bello gesto, para ofrecerla como presente a su caballero.
Para Flora
14 de enero de 2011