Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Dime, háblame sobre el cielo,
porque yo sé, lo he visto,
que el cielo, cada hora,
cambia su vestido.
Dime, tú también lo sabes,
¿cómo era en la madrugada
y cuantos pájaros han cantado
sobre los encajes
de sus faldas blancas?
Dime, ¿y a media tarde?,
¿estaba el cielo ya
cansado, sucio y gris?
Dime, no te calles,
¿y la luna?,
¿no le ha obligado a
mudarse de terciopelo
para entrar en noche
de gala?
No, no te pares, dime,
¿cómo estaba hoy el cielo
entre mañana y tarde;
entre tarde y noche;
entre noche y día?
Pero sobre todo dime
que vas a ser feliz,
que a partir de cierta hora
has empezado
a creer en ti. Ese será
entre todos los regalos,
y aunque al final
no me lo digas,
el mejor que puedas
ofrecerme a mí.
Noviembre 1999