Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Cuando, como cada tarde, regrese su padre, la tortilla de patatas con cebolla, esponjosa y torrada, presidirá la mesa. Impregnará la casa con su aroma y matará el olor a lejía: ese es el plan.
Con el mal de San Vito todavía metido en el cuerpo, deja el cepillo, mira la hora y ve sus manos en carne viva, anestesiadas por la adrenalina. A su madre nunca le gustó como dejaba las juntas de las baldosas, pero él suele ser más comprensivo. Con el último refregón, se aparta el pelo de la cara y sonríe satisfecha, hasta que su ropa impregnada en sangre le tuerce las ideas.
20 de mayo de 2012