Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
-Y castiga sin postre al gigante. –Articula cada palabra con el orgullo de la lección transmitida. –Colorín colorado, este cuento se ha acabado. –Su voz es un susurro cantarín en medio de la penumbra de la habitación.
Una sonrisa de satisfacción se le escapa cuando Pedro se frota los ojos, somnoliento.
-Pero…, abuela, ¿los gigantes comen postres? –pregunta inmerso en su bostezo.
Le sube el embozo hasta la nariz en un exceso de protección y, antes de apagar la luz de la mesita, besa la frente, cálida como un becerrillo:
-Sí, Pedrito, comen verdura, pescado, dulces y pasteles; -silencio mayestático y prosigue: -van al cole, se lavan detrás de las orejas y cepillan sus dientes tres veces al día.
El niño, llevado por el arrullo del sueño, se hace un ovillo. Ya a las puertas duermevela, todavía murmura:
-Bueno, si un gigante puede…
5 de febrero de 2012