Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Y nada más existió hasta el próximo tren, ni tan siquiera una tarta de cumpleaños, el crepitar de unas palomitas de maíz o un bucólico paseo campestre. Nada; como si los años transcurridos no tuviesen más sentido que la caza del objeto de culto. Ya en sus manos, trémulas de emoción, elevó el pequeño juguete con el esmalte verde comido por el óxido y en sus pupilas centelló, breve, una luz. Niño, otra vez, con bicicleta nueva en el portal de su casa, buscó en el entorno alguien con quien compartir el momento y el peso de la austera soledad de la afición donde vivía cayó sobre él.
3 de noviembre de 2011