Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Como tantas veces había hecho de niño, fue a la cocina con la efervescencia en la mente de reencontrarse con aquel toque a nuez moscada en la bechamel de la madre. La humedad del otoño lo había despertado con dolor de huesos y había pasado la mañana zapatilleando por la casa con el mismo ay borbotón en los labios desde su jubilación. La vieja dejaba caer de vez en cuando su reniego: “Emilio, no arrastres los pies”. Ya en el quicio, la observó: encorvada sobre el cacillo metálico, sus manos marchitas volteaban la salsa; el olor a harina tostada y leche le hizo desear robar ese instante al inexorable tiempo.
29 de octubre de 2011