Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
La ensalada: la lechuga, el pimiento, la cebolla, incluso la zanahoria. Sólo el tomate soportas, pero frito, claro, muy triturado –a ser posible pasado por el chino- y, por supuesto, sin piel. Como consecuencia, yo, mero apéndice de tus deseos, apenas la pruebo, excepto cuando salgo a cenar con los compañeros de trabajo. Y si ellos reclaman, casi exigen, laboriosos platos, yo anhelo esa apetitosa ensalada, hecha exclusivamente para mí, cortada a la juliana, con unos trocitos de tomate verde, abundante pimiento rojo y olivas negras. Mi aliño: pimienta negra, limón y aceite de oliva.
La ropa, mi ropa: el vestido gris, regalo de Adriana por mi cumpleaños; los calzoncillos viejos de mi hermano que uso como pantalones cortos o como pijama; la camiseta verde, esa ancha que tanto te desagrada; los últimos zapatos adquiridos en rebajas.
Mis amigos, mis viejos amigos, mi amiga de toda la vida, mi familia. José te resulta pesado; Mariana una engreída; a Julia, mi Julia, ni siquiera la miras. Mis padres, mis tíos..., personajes aburridos.
El cine en blanco y negro; la música de los sesenta; deambular por Barcelona; mirar el mar en silencio; Lorca, leer cualquier cosa ajena a la realidad.
A veces, pienso, represento tu contraria y por eso no entiendo por qué compartes la cama; por qué nos levantamos juntos; por qué me abrazas; por qué me besas; por qué me atas. A menudo, y a pesar de todo (siempre a pesar de todo), dices quererme. Me recalcas una y otra vez que no te importa que me ponga ese maldito vestido, que cuando me apetezca salga con... Pero tú nunca vienes conmigo y, yo, por ti, aquí me quedo y hasta empiezo a ver ese vestido fuera de mi estilo.
Sí, me quieres, como suele quererme la gente, consigo; porque yo sé que es fácil quererme, mientras no exija demasiado, mientras calle y sea tolerante con todo lo que no te gusta, mientras acepte que de mí solo esperas esa ínfima parte que se acomoda a tu carácter, mientras separe ( a modo de experto cirujano) el todo de mi ser para darte a ti lo único valioso que hay en mí. El resto lo desapruebas, lo rechazas y me lo echas en cara. Luego esperas mi comprensión ante el complejo razonamiento por el cual siempre soy yo la equivocada.
Anoche, tú no estabas, soñé con una ensalada. Me levanté todavía algo legañosa y, al mirar en la nevera, solo encontré un par de tomates. Así fue como recordé todo lo que no te gusta y, al fin, te comprendí: ese todo era yo, pues nunca fui ni seré ni bastante, ni suficiente ni necesaria para ti.
20 de julio de 2003