Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
“Y al otro lado de la ventana, nada de nada”, suspiraba lacónica, “ni el leve rumor de las hojas tocadas por el viento, ni el eco de unas herraduras al chocar contra el empedrado del puente…” En el infinito, todo era cielo, verde espesura y silencio, y sólo la queja de dolor artrítico de alguno de sus lacayos la apartaba del mirador. Ya quedaban pocos. En compensación por siglos de servicio y entrega desinteresada, en su último aniversario, les obsequió con el tul de sus vestidos, para que lo aprovechasen como mosquiteras. La fosa del castillo cada vez resultaba más difícil de limpiar.
11 de mayo de 2012