Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Manuela despertó con la cabeza envuelta en una nube de resaca. Desorientada, buscó el origen de la luz diurna. Con la pesadez de un animal dolorido, miró su entorno a través de un guiño y se dio cuenta de que, bajo los efectos de un vino tinto del Alt Empordá -macerado en barrica de roble y de aroma afrutado, recordaba haber leído en la etiqueta cuando lo compró- se había quedado en el sofá. La nube se espesó un poco más y cerró de nuevo los ojos. Todavía le zarandeaban las últimas palabras de Luís antes de marcharse de casa: “Nunca lo olvides, cariño, la cotidianidad es el verdadero monstruo de los cuentos de la infancia”. Y con ellas, se durmió.
11 de junio de 2011