Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
El día azul, diamantino, desprende extraños destellos. Las voces, un poco bruscas de un grupo de amigos en plena pubertad, se rompen al alcanzar la orilla, junto a las olas. La mar se mece en un ronroneo suave, monótono. Mi vista, cansada, llena de brisa y sal, embriagada, se deja llevar, resbala por cada rincón, por cada risa, sobre ese lomo infinito que es mi mar.
Agua de enamorado, sol cálido, vasta mañana tras una triste noche de lluvia, despierta.
Agosto del 2006