Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Con cuidado para que no se le caigan los alfileres, la Srta. Magda gira un poco el talle y revisa la caída del traje de novia en el espejo. Esta vez ha pedido a la costurera que le cubra la espalda con organza de seda; a pesar de todo, entiende la pobreza estética de la flaccidez, inexorable y evidente a su edad en los colgaderos brazos y en las mollejas que acolchan su cintura.
Sonríe satisfecha, mientras pregunta retórica a su dama de compañía:
-¿Ha quedado precioso, verdad, María?
María, un raro y viejo espécimen servil con conciencia inglesa de principios del s. XIX, a sus pies, airea la cola:
-Sí, señorita, está usted divina. –Y lanza una mirada de cómplice silencio a la dependienta.
Luego, recogerán el paquete que encargó envolver con un grueso y caro papel dorado, estampado con hojas verde oliva: regalos sin destinatario, que guarda y saca del armario una vez al mes; el vestido, uno cada cuatro años.
7 de diciembre de 2012