Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
“Más tarde, con el tiempo, plantaremos un árbol”, dijo con voz apagada y la piel todavía lívida por la exhumación de un sudor frío que apenas le permitía respirar. Una ligera brisa despertó y en la ralla del horizonte se empezó a dibujar el despuntar del día. El niño, a sus pies, rollizo por efecto de sucesivas capas de abrigo, miraba a la madre con el interrogante de la inocencia balanceándose en sus ojos. La madre, marchita como sólo una flor de invernadero se aja, lo acogió, débil y dolorida, entre sus brazos. “De momento, dejaremos unas flores”, apostilló al aire. La noche había resultado agotadora.
19 de diciembre de 2010