Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
“¿Por qué me mira así?”, le pregunté, exasperado. Entonces, un espasmo de horror lo convulsionó, las órbitas de sus ojos llamaron a formación y dibujó una O de muñeca chochona con los labios. Se alejó, apretando el paso y mirando de refilón a su espalda, temeroso de ser perseguido. Es lo malo de este trabajo: cuando hallo el cenit de la concentración y me sumerjo en el paisaje urbano cual árbol o farola, aparece el profano, el fisgón; me ofusco y le espeto cualquier barbaridad. Mi madre, al declararle mi vocación de estatua, me advirtió: No se hizo la miel para la boca del asno.
17 de febrero de 2011