Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Ecos de pasos precipitados retumbaban en el vacío del piso. Manuel bajó la maleta del altillo, vació el armario y volcó los cajones sobre la cama. Si no se daba prisa, en cualquier momento, le sorprendería la señora de la limpieza. En el aseo, metió de un manotazo sus enseres personales en una bolsa de basura. Los sustituyó por un sobre a nombre de la asistenta que contenía el sueldo de tres meses.
A mediados del pasado noviembre, poco antes del anuncio del ERE, compró una hoja de lotería de la empresa, como solía. Era el único secreto con quien habían compartido cama conyugal, durante más de veinte años, Mar y él. Jamás se lo mencionó con la vana esperanza de que, llegado el día, la alegría insultante de la televisión se trasladase, directa, a su casa. Abrirían botellas de champaña, saltarían sobre el sofá, llorarían y reirían al unísono, se abrazarían y lo grabarían todo para la posteridad. De manera incomprensible, a la hora de la verdad, sus músculos se paralizaron como en una película de terror. El premio, madrugador, lo sorprendió almorzando; él, impasible, dio un sorbo al café, deglutió las tostadas de pan duro y terminó de leer el periódico. Ni un mísero tic en su semblante filtró un posible estado de alteración o nerviosismo. Al fin y al cabo, a la hipoteca apenas le restaba un par de años, Mar era una alta funcionaria y las niñas pronto saldrían de la universidad. La breve reflexión interior inclinó la balanza y resolvió dar alas a aquel sueño truncado con la primera cita de su corto noviazgo.
Así pues, en plena crisis inmobiliaria, adquirió un pisito en la zona bohemia de la ciudad, donde se pasaba las horas de desempleo mientras su familia lo creía en el trabajo. Comenzó a leer libros de filosofía, a discutir sobre política y arte en bares que parecían conservar el áurea displicente de su juventud y la nube de humo de antes de la prohibición del tabaco, envasada como un caro perfume; se compró unas gafas de pasta sin graduación; paseaba por el barrio con las manos a la espalda, reflexionando sobre la existencia y evolución del ser humano… Aunque nunca llegó a culminar ninguna relación, estudiantes ávidas de conocimiento y experiencias se rendían a sus encantos artificiales -extraídos de poses de artistas procedentes de los márgenes de la cultura- y a su memoria reconstruida con ayuda de las hemerotecas. Puntual cenicienta, a las nueve devolvía las gafas al estuche de la mesita, se ponía su mono azul-mecánico y regresaba a su vida anodina; en el trayecto del piso al hogar, sus pulmones henchidos de ego y autoestima se iban desinflando.
Creía tenerlo todo bajo control cuando, una tarde, tropezó con su hija mayor en la entrada de uno de los locales donde había adquirido cierto prestigio de pensador alternativo y revolucionario. Milagrosamente, parapetado detrás de la gruesa montura y con la boina francesa encasquetada de medio lado, no lo reconoció. Aun así, la termita de la inquietud comenzó devorar los cimientos de su personaje: dejó de concentrarse en sus lecturas, sus discursos menguaban en fuerza, olvidaba componentes esenciales de su atrezzo en los centros sociales… y la luz de la admiración poco a poco se fue apagando entre sus interlocutores. En el seno familiar también empezaba a cometer fallos graves que dejaban una estela de silencios incómodos y miradas de incomprensión alrededor de la mesa, como cuando, mordisqueando un bocadillo de butifarra, se le escapó a Gandhi de su boca y citó, ensimismado, “el mayor beneficio de la timidez consiste en que gracias a ello he aprendido a economizar las palabras. He adquirido el hábito de reflexionar antes de hablar”. El tiempo se detuvo, el ruido de cubiertos cesó, Mar y las niñas, atónitas, interrumpieron su conversación banal e incluso el sonido del televisor pareció amortiguarse. La noche que se presentó en la portería de su casa vestido con la elegancia descuidada de un intelectual, cayó en la desgracia que se le avecinaba, de no poner remedio. Otra vez la estúpida balanza, entre el yugo de la rutina y el cristal multicolor de su persona, jugaba a ser la dueña de su vida.
Desde el rellano, proveniente de lo bajo de la escalera, al echar la llave de la puerta, alcanzó a escuchar la discusión, a voz en grito, entre la mujer de la limpieza y la portera. Alguien presionó el botón arcaico de llamada, el engranaje correoso se puso en funcionamiento y el ascensor bajó torpe y lento. La frente de Manuel era un caño de fuente, el llavero botaba en la mano y los nervios ausentes durante el año acudieron de improviso. Cargó la maleta a la espalda, agarró la bolsa con los dientes y bajó tropezando con cada esquina del resbaladizo caracol marmóreo, rezando a lo más sagrado por no encontrarse con nadie y evitar dar explicaciones. Salvados los primeros obstáculos, en la calle todavía recorrió unos metros de seguridad con el peso de la culpa. Eligió el quinto contenedor para arrojar la bolsa y la maleta, la cual, mal cerrada a presión, desparramó su contenido sobre los desperdicios.
Una última mirada capturó la funda entreabierta de sus gafas y Manuel cerró los ojos con esfuerzo para dejar tras de sí el alo misterioso de su desaparición en aquel barrio que nunca lo olvidaría. Regresaba así, mientras lograse contener sus bajos impulsos, al humilde prototipo –hombre blanco de clase media baja, felizmente casado y con dos hijas- que toda buena estadística desearía incluir. Quizás, el próximo sorteo revelaría al resto de la familia una repentina riqueza, pero, claro, ya no sería lo mismo.
22 de noviembre de 2011
Nota: Mi especial agradecimiento por su colaboración como modelo fotográfico a JC Giró