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Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don

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El paseo

1155 sorolla joaquin playa arte impresionismo

-Estoy triste porque sé que nunca me meteré ahí –Los cuatro años de Laura, cargados de melancolía, señalan el agua del mar. Se pone sus gafas de sol con montura rosa chicle y deja desfallecer su espalda sobre la toalla como una auténtica Lolita.

Mientras, la abuela hace ronda por el  campamento base, paño en mano: llena de agua uno de los cubillos playeros, repasa el freno de seguridad del carrito y, finalmente, regaña al hermano:

-¿Cómo debo decirte que los pies van fuera, Adri?

-¿Pero entonces cómo me siento? –La criatura apenas habrá alcanzado los seis años y no termina de comprender las normas estivales.

El sol remolonea tras las nubes. La mañana, liviana y fresca, balancea el mar que, como un tierno gigante, se agacha para convertirse en una atracción sólo apta para los más pequeños. El resto acudimos en calidad de aburridos fisgones de su tiempo de ocio.

-¡Con los pies por fuera! –Resuelve el enigma. Lo toma por los hombros y lo coloca en el borde exterior de una de las esquinas del cuadrilátero veraniego, desde donde lo empuja y sienta, algo amedrentado por la autoridad inapelable del adulto.

-No lo entiendo –se reafirma Adri en su ignorancia.

-Así, ¿ves? ¿Quieres que ahora te lave los pies, Adri? Laura, ¿y a ti, mi niña? –les pregunta, a la vez que con el paño limpia de arena las toallas con el mismo ímpetu que si utilizase la bayeta en su casa. 

Los hermanos dejan caer un sí de adulto hastiado de la vida. Junto a ellos, un remolino de niños, oteados por cinco jóvenes uniformados de short azul marino y camiseta y visera naranjas, hacen de la playa una fiesta. La brisa, arrullo de sus carcajadas, llega hasta el corazón de la abuela hiperactiva, vestida con unos piratas inmaculadamente blancos, y cede:

-¿Queréis acercaros a la orilla?

A pesar de que sus frágiles cuerpos no parecen alterarse más que por un leve movimiento de cabeza, un brillo escapa por entre las rendijas de sus gafas y los delata.  Con compostura seria, toman la mano de la abuela, uno a cada lado, hasta que notan la lengua de gato salitrosa bajo las plantas de sus pies y la risa del mar se les contagia.

Al regresar, se dejan vestir con desidia de aristócrata; Adri, filósofo estoico, recibe una última regañina; luego, se marchan.

 

9 de julio de 2012

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K
<br /> Ternura y maestría a partes iguales...cada día me gustas más, flor!!!!!!!. Gracias y felicidades.<br />
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M
<br /> <br /> Los ojos con que me miras.<br /> <br /> <br /> Gracias a ti, Korita<br /> <br /> <br /> <br />