Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Muros y balas, restos de batallas, que conforman la estructura interna de una ciudad y, con ella, una historia.
Caminando, sin darnos cuenta, pisamos suelos sagrados donde yacen personas dejando constancia con nombres y fechas para rememorar las vidas pasadas. Y por el mismo camino, nos perdemos y entramos en un recinto cerrado: es una plaza que está rodeada por paredes rugosas y bastas. Hay niños que juegan y madres que hablan.
Cuando nos damos cuenta de nuestra equivocación, nos giramos para preguntar a alguien por la calle a donde queríamos dirigirnos. Pero de vez en cuando, y si no hay prisa, optamos por sentarnos entre el bullicio, o entre el silencio, para contemplar esas paredes que, a primera vista, no dicen nada.
Y un día, alguien vio que estaban heridas de balas... Entonces recordamos que fue en 1.808 cuando una guerra estalló por toda España y vemos a Goya pintando a un hombre con miedo en la cara...; en la plaza, las gentes vestidas de marca desaparecen, la pared recupera su lisura y unos ojos extremadamente abiertos claman piedad al cielo..., un pelotón de fusilamiento, ruidos de disparos y gritos rodean la Barcelona del ochocientos y en la plaza un tiro: un hombre ha muerto.
1.936, otro hombre gemelo, con la misma camisa blanca, con el mismo cuerpo sudoroso y deshecho, llora porque la sentencia ha dicho que debe ser muerto. Barcelona en guerra rememoramos con las cuatro balas halladas.
Es de noche y el callejón inseguro, el eco de nuestros pasos se confunde con el ruido de ese pasado que todavía resuena en la plaza...
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