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Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don

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La sra. Angelita

    Esa que ahora entra es la señora Angelita: “Buenos días, Sra. Angelita, ¿qué va a ser?, ¿un café con leche y un croissant?, ahora mismo se lo llevo “, le digo cada día, más o menos a la misma hora. La Sra. Angelita siempre camina un poco encogida, con los brazos cruzados y pegada a las paredes: “Es por mis ojillos, sabes, están enfermos y no veo bien”, me dice siempre. Los ojos de la Sra. Angelita son grandes y, alguna vez, debieron ser redondos y brillantes (con ese resplandor que concede la bendita inocencia), pero hoy ya están algo caídos y lacrimosos. Y así, caídos y lacrimosos, los veo cada día cuando levanta la cabeza para mascullar: “Muchas gracias, hija mía, eres tan buena conmigo; yo no me levanto porque, ya sabes, soy tan torpe”. Algunas veces nuestra conversación se detiene aquí, pero si no hay mucha gente a quien servir (como normalmente sucede) ella continúa con su monólogo: “Ayer me llamó mi hijico para preguntarme si podían venir a comer este domingo, él y mi nuerecita; ella es muy buena chica, sabes; yo le he contado que no sé que hacer con el perrico, porque es tiempo de vacunas y cuando ve el veterinario se pone así –la Sra. Angelita aprieta los dientes- y a mí me da miedo y me da miedo ponerle el bozal; quizás mi padre...” Y siempre asiento con la cabeza (a veces la escucho y otras no). La Sra. Angelita debió ser morena, pero hoy tiene el pelo muy canoso y siempre va con su rebeca, toda ella de negro (o quizás alguna vez no se ponga rebeca, o quizás alguna vez lleve una falda o un suéter marrón, pero yo, cuando pienso en ella, pienso en una rebeca y en el color negro). Y es curioso, pero mayor no es. Sin embargo, la pobre, tiene tanto miedo y ve tan poco y cruza tanto los brazos y baja tanto la cabeza... Y, además, cuida a su padre: “Ayer no vine porque fui a buscar recetas para mi padre, pero la chica no quiso dármelas porque me han cambiado la hora del médico; yo fui muy educada y le contesté que yo no sabía nada, pero ella me repitió que no podía, que volviese mañana; eso no es justo, digo yo, ni tampoco tener educación ni nada; yo estoy enferma y mis ojicos no ven bien, tú ya lo sabes, y mañana tendré que volver. El mes pasado mi padre enfermó; lo ingresaron en el hospital y cada día lo iba a visitar y luego regresaba para arreglar la casa sin poder; el día que yo caiga en cama no sé que va a pasar”. Su padre, el padre de la Sra. Angelita (o Angelica), siempre se pide un cortado descafeinado de máquina con poca carga, corto y con sacarina (y ahora que pienso, ya llevo varios días sin verlo). Tiene ochenta y tres años, creo, pero está fuerte como un roble, camina muy derecho, no tiene canas (o, más bien, está un poco calvo) y habla claro y alto y, aunque también algo debe tener en la vista, simplemente usa gafas. Él nunca cuenta nada, pero yo sé que hace un mes estuvo ingresado. Un día la Sra. Angelita vino a comer (paella sin sal, si mal no recuerdo) ¡Pobre Sra. Angelica!, pensé entonces. Porque la Sra. Angelita se casó. No sé si joven o no pero, sin duda, en aquellos tiempos luciría unos ojos redondos y brillantes (como los de las actrices de las películas de Chaplin) y también andaría recta y vestiría con alegres telas y bonitos encajes, aunque no muy llamativos.

   Él, su marido, siempre se portó muy bien con ella, nunca la pegó y le daba dinero para pasar el mes. Pero, parece ser, a la menor oportunidad, la engañaba con otras. Ella nunca supo nada (o no quiso enterarse, creo yo) hasta que su hijo se hizo mayor y entonces el hijo le dijo al padre que se fuese, que aquel no era su lugar. Y el marido de la Sra. Angelita se marchó. Ella no le odia, siempre se portó bien, pero el día de la boda de su hijo no se acercó a él. Fue él quien le preguntó cómo se encontraba. Y toda la familia, la de ella –su padre y su hijo- y la de él, la apoyó.

   Todo esto y mucho más me cuenta la Sra. Angelita y yo a veces la escucho y otras no.

“¿Quiere los periódicos, Sra. Angelita?”, le digo. “Si no te importa, hija mía, yo no te los he pedido por no molestar; son para el perrito, como yo no lo puedo sacar, pues para que él haga sus cosas; me hace tanta compañía, aunque no sé si llamar al veterinario o no; quizás llame a otro veterinario a quien el perro no reconozca... Sois tan buenos conmigo, a mi hijo siempre se lo digo...”  Y, la escuche o no, siempre la miro con la misma dulzura con que la debe mirar su padre, su hijo y el que fue su marido y la familia de su marido.

                                                               

  lsorciere

24 de marzo de 1999

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F
<br /> Un relato muy tierno... Sí que hay historias así. Unas, aún más tristes, otras un poco menos. Unas veces las cuentan unos y otras los otros. Pero yo, solo las escucho cuando me las quiere contar el<br /> interesado.<br /> <br /> Y contando algo más, me recordó a una historia que conozco de primera mano, desde niña (no va de mis padres ni mucho menos jeje)y lo que me parece irrespetuoso y más, es que los hijos decidan por<br /> la madre y el padre, (el cómo y de qué manera han de vivir una parte de sus vidas ¡qué se habrán creído!) en esta, que me has recordado con tu cuento, pasó así; que los hijos tomaron ese camino y<br /> pusieron al padre en la calle.<br /> <br /> Un abrazo<br /> <br /> <br />
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M
<br /> <br /> Hola, Flora<br /> <br /> <br /> Gracias. La verdad es que la señora Angelita desprendía mucho cariño. Así pues, el merito es suyo, yo solo me limité a registralo. En este caso, no creo que nada resultase tan traumático. Me daba<br /> más la sensación de aceptación, pero por parte de todos, de la sra Angelita, del padre, del marido e incluso del hijo (como dice el Sabina, como pasan las cosas que no tienen mucho sentido)<br /> Bueno, en realidad tampoco lo sé, nunca le pregunté y, a menudo, la realidad es totalmente diferente a lo que uno piensa. De todas formas, es una buena mujer a quien no me imaginino a nadie capaz<br /> de quererle hacer daño, ni siquiera el marido o el hijo. Y si no es esa la realidad, a mi me gusta pensarlo de esta manera.<br /> <br /> <br /> Abrazos miles<br /> <br /> <br /> PD: Me encanta cuando relacionas mis historias con tu vida. Eso significa que están vivas<br /> <br /> <br /> <br />