Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Cada fin de semana regreso al barrio. Por el silencio de las calles del animal en duermevela -rey de su sabana-, voy arrastrando el peso del recuerdo de los libros y de los sueños de la infancia. Tres espigas de raza flamenquean con paso erguido y orgulloso por la acera. Las pequeñas mentes pre-púberes narran la épica de sus primeras batallas, y el zumbido ultrasónico de los ángeles cuando ignoran el canto extraño de la vida llega hasta mí, para mezclarse en la nube de polvo que levanta las ruedas de mi maleta.
16/11/2013