Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
“Totalmente, totalmente…, to-tal, el total, los totales”, se escudriñaba el cerebro María, bolígrafo en boca y posición de pensadora. Un ligero tic le hacía golpear con la punta de sus zapatos nuevos el suelo. “Plas, plas, replás” resonaba en el silencio del aula, junto al sonido de lápices resbalando sobre papel y un murmullo de miradas con petición de auxilio entre alumnos. La profesora despegó la vista del periódico y buscó desde la tarima el origen del barullo:
-María, por favor, desconcentras a tus compañeros. Para con los piececitos.
-¡Adverbio!- exclamó, inconsciente.
La clase estalló en una carcajada.
12 de marzo de 2011