Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Era aquella una hermosa habitación, con numerosas ventanas por donde entraba mucha luz. Incluso en las noches más oscuras, de tanta luz filtrada durante el día, la habitación azul resplandecía: camuflada entre las paredes, entre el yeso y la pintura, la claridad se resistía a difuminarse para dejar paso a la oscuridad. Y, además, había un balcón de mármol cuyas puertas de esmero estaban abiertas ya fuera verano, ya otoño o primavera.
Sí, que de verdad lo era, una hermosa habitación donde mi hermano y yo jugábamos incansablemente pues, como ya he dicho, no se sucedía la noche al día ni había estación fría. Todo en ella era tibio y cálido, confortable y agradable. Y, cuando teníamos sueño, nos tumbábamos en el suelo porque, por confortable, hasta el suelo lo era y, cuando te recostabas, todavía puedo sentirlo, notabas como sobre lo que habías corrido, saltado y pateado se enternecía y te acogía, amoldándose a tu cuerpo. ¡Ay, juegos incansables, sueños interminables!, me parece mentira, de tantos, el poder contarlos. Sí, eran muchos y largos, y nunca se repetían ni te aburrías. Por donde quiera que fueses había muchos rincones donde te escondías y nadie te veía y, aunque los había pequeños, también los había grandes. Uno de esos rincones grandes lo presidía una mesa enorme con platos repletos de manjares de reyes y de dulces que se deshacían en la boca dejándote un suave paladar hasta el próximo bocado, cuando se transforma en tantos sabores que, si cerrabas los ojos, creías ver un arco iris de amanecer lluvioso.
Recuerdo un azul claro, como el que se pinta en los cuentos, así como un juego y un vestido largo de lino blanco. Descalza alzaba los brazos mientras, con las gemas de mis dedos, rozaba los rayos que por el balcón penetraban para vigilar nuestros inquietantes movimientos. Pero todavía más recuerdo a mi hermano con un traje de terciopelo negro. Él me miraba y se burlaba de mi entretenimiento y, riéndose, me decía que los rayos no eran míos, los rayos eran del cielo. Mas sus palabras me parecían vanas y jamás me cansaba de girar sobre mí misma, siempre de puntillas, creyendo que el sol me llevaría, enlazando mis dedos con sus dedos, hacia el mundo de los cielos para, una vez allí, conocer la luna, la noche y las estrellas del firmamento.
Yo entonces no lo sabía, pues no lo percibía; el tiempo transcurría. Y un día, desconozco si mañana, tarde o noche, encontré por azar una puerta de cuya presencia no me había percatado. Eso no me sorprendió, pues cada dos por tres hallaba algo hasta entonces desconocido: un anillo, una foto, un libro..., bellos objetos evocadores de historias ajenas. Mas sí llamó mi atención su sencillez: ni vieja ni nueva, ni grande ni pequeña, ni bonita ni fea. Era de madera. Al rozarla se abrió; por curiosidad, salí; y tras de mí, la puerta se cerró.
Allí se quedó mi hermano, en la hermosa habitación azul, y me parece revivirlo ahora mismo cuando, al poner un pie sobre el suelo de cemento, noté un escalofrío tan fuerte que, del impacto, me volví. Entonces lo vi por última vez: frente al balcón estaba mi hermano; uno de esos rayos, al chocar contra su espalda, se dividía en mil retazos luminosos. Ellos le envolvían. Con dulce sonrisa me llamaba para jugar con su nuevo invento, pero yo ya me alejaba..., y la puerta me tapó su lánguida cara.
Luego se sucedieron muchos llantos, muchos desvelos, casi tantos como risas y sueños había yo vivido. La tierra rodaba por el universo y, al tener conocimiento de ello, quise identificarme con su triste deambular. Entonces descubrí un inmenso prado verde y, para fundirme en él, me tumbé sobre la hierba. Desde ella vi la luna, la noche y las estrellas del firmamento. La experiencia fue tan intensa que esperé al alba y que el sol me mostrase sus aspas. En cada una de ellas dejé gravado con mis labios un mensaje para que le dijese a mi niño-hermano que el juego, años ha, había finalizado.
9 de abril de 1994