Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
(Tengo una muñeca vestida de azul,
con su camiseta y su camisón.
La saqué a paseo, se me constipó,
la tengo en la cama con mucho dolor...)
Cuando yo era niña, todas las niñas éramos muñecas de porcelana, frágiles y delicadas. Por eso, cuando niña, mi madre me tomaba con cuidado, temiendo dañarme entre sus brazos; por eso, las estrellas asomaban al cielo, sólo para velar mis sueños. Y es que,
en aquel entonces, a las niñas las vestían con encajes y gasas; se les contaba hermosas fábulas sobre princesas encantadas; se les enseñaba los grandes dogmas de los sueños, dulces ángeles de la infancia.
Sin embargo, las niñas de aquellos lejanos tiempos un día crecieron: sentadas, despojadas de todos sus miedos, comenzaron a mostrar al mundo las palabras secretas de todos los cuentos, las mentiras camufladas sobre lo falso y lo cierto. Así, el mundo y ellas pudieron ver como las manos de plata se liberalizaban y se tornaban más humanas; como las lánguidas miradas, maduraban y se iluminaban.
24 de marzo del 2003