Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Cuando hacíamos 5º de EGB todas sabíamos dos cosas: quiénes era los Reyes Magos (aunque yo lo callaba, en un intento desesperado por mantener los lazos de la infancia) y que un día, cuando fuésemos a 8º, Mercedes sería nuestra profesora. Por eso, la clase auto-ordenó la algarabía habitual de los primeros minutos al verla entrar sorpresivamente y cada niña se recogió, como pudo, en su pupitre. Por algún motivo inesperado y ya olvidado, Mercedes nos daría aquella hora lectiva: la luz entraba a raudales por las ventanas de par en par; en la lejanía del patio, arrullaban las palomas, ahítas con las migas de bocadillos envueltos en papel de plata, y con sabor fuagrás y a chorizo; y en nuestro interior bullían los nervios, mientras daba comienzo a la cantinela rítmica de la lista. Bajo su mirada, severa y, sin embargo, domada por la inevitable curva de una sonrisa franca y clara, éramos polluelos en quienes depositaría, a modo de regalo, grandes esperanzas y sueños.
Así fue cómo descubrimos que, la entonces subdirectora, reconocía nuestros nombres, recordaba hermanas mayores y hasta nuestros pequeños méritos o flaquezas ¿Era un truco que racionaba cada tanto para impresionar a sus futuros alumnos?, ¿le ocupaba apenas unos segundos de repaso antes de entrar en el aula? Quizás, pero yo tuve suficiente y, en aquel momento, ya me conquistó; más hoy cuando sé que, sin una base de datos digna, sólo somos almas peregrinas.
En una época de promesas por cumplir, de luchas recién ganadas, de rescoldos de miedos por romper, nacidas bajo el auspicio del cambio …, su energía, suavizada por la condición religiosa, nunca dejó indiferente a nadie. Vestía cercana y sencilla, como camuflada entre la gente, entre las madres que acudían cada mañana a las puertas del colegio para explicarles, a viva voz y con mensaje diáfano, la existencia de un mundo más allá de sus fronteras. Porque Mercedes veía en cada una de nosotras a pequeños adultos libre-pensadores que pronto volarían lejos de ella y, apremiada por el tiempo, aprovechó cada segundo a su disposición para fortalecer el nacimiento de nuestras enclenques alas.
El pasado domingo, los muros del colegio rebosaban fiesta por su 50 Aniversario. Desde el balcón del piso donde viví, vi los corrillos del patio. Es un balcón pequeño hecho grande cada mediodía por la cálida brisa, al traer la alegre ola del rumor de los niños. Aquí y allá, las exalumnas y exalumnos se arrejuntaban como corderillos. Sus risas, poco a poco, fueron aniñando los cuerpos hasta convertir en puro faldón sus ropas, ya desbordados por la luz de los primeros juegos. Embriagados por la magia, se fotografiaron junto a Mercedes Sanmiquel, para arrancarle un recuerdo más a la lejana infancia y tocar con las puntas de los dedos el inicio del camino que una vez pensaron sería, y es, sin marcha atrás.
Por las cosas de la vida y de la complejidad absurda de las personas, yo me quedé en mi balcón. Sin embargo, estoy contenta, pues sé que convencionalismos sociales y una retahíla de frases hechas me habrían cohibido de explicarme como ella solía, a viva voz. Gracias por compartir esas fotos en la red, que han permitido este dulce encuentro.
18 de febrero de 2014