Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Por fin quietas, las medias de Marisa caían como desfallecidas, rendidas de tanto trasiego, sobre el respaldo de la silla. En la oficina, enloquecía con el simple susurro deslizante de sus piernas que, a modo de hilo musical, la acompañaba al aproximarse. Preso por debajo de la mesa a una excitación impúdica, procuraba concentrarme en el puntero de la pantalla del ordenador, y, por momentos, la inconsciencia de los veinte años se apoderaba de mí. El ejercicio de contención, digno de maestro tántrico, me facilitó la cita, objeto de mis elucubraciones; ahora, así, calladas en la penumbra de la habitación, parecen tan inofensivas…
20 de noviembre de 2011