Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
A mi mujer no le gusta que le fastidie sus estrategias y conseguir plaza para las gemelas en aquel colegio privado estaba muy complicado. El día de la visita del director, perfumó la casa y nos disfrazó de familia modelo. Incluso intercambió durante unas horas a nuestro perro Troski, obra de las mil leches y cojo de nacimiento, por el chihuahua de la vecina. Lástima; el can, poco ducho en sutilizas, no reaccionó ante el lenguaje subliminal de su voz y el arqueo de su entrecejo cuando miccionó sobre sus zapatos. Yo, por si acaso, cogí a las niñas y nos sentamos silenciosos al otro extremo del sofá.
19 de marzo de 2011