Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
“Ella sabrá lo que se hace”, leí en las pupilas asombradas de Jaime, mi inminente marido. Sin embargo ya me había decidido. Donar un riñón a mi futura suegra no formaba parte de mis planes, pero con la boda a un giro de hoja de calendario, treinta y nueve años a mis espaldas y un novio sin sangre en las venas, imposible mantenerme al margen. Tan pronto tomásemos el avión rumbo a Punta Cana daría pistoletazo de salida a la operación “Mamá Madurita” y, claro, necesitaría la colaboración de la abuela en la educación de Julia, mi tan deseada hija. Yo no lo puedo abarcar todo.
25 de marzo de 2011