Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Un apuesto joven a quien besó en los labios con dulzura de pronto se convirtió en rana; sobresaltada, despertó. Miró al otro lado de la cama y vislumbró, entre la penumbra y un vago recuerdo empañado por la resaca, a Raúl durmiendo plácidamente, al son de sus ronquidos. Como un perrillo callejero en busca de dueño, se había pasado toda una vida olfateando sus pisadas desde aquel encuentro en la cola del colegio. Una colección de suspensos, varios trabajos finiquitados sin previo aviso, dos divorcios y tres mudanzas después, allí estaba, algo más gordo y un poco calvo, entre unas sábanas revueltas por el soplo de la apnea.
10 de abril de 2011
En este texto han colaborado Flora (http://miradas-con-acento.over-blog.es) y Salvador Gregorio (http://salvadorgregorio.over-blog.es)