Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Luces de neón alumbraron la ciudad. Un temblor febril, como a una hebra de hierba por soplo de brisa, me despertó, me invadió, te añoró, me entristeció. A través de la ventana el reflejo parpadeante iluminó en la cama tu ausencia. Por el pasillo del humo de mis cigarrillos desfilaron las horas, llegó el día y, finalmente, tomé la decisión. Tras la larga noche de insomnio, amaneció oscuro; el cielo anunciaba tormenta. Mientras, yo me sentía sola, animal doméstico abandonado en medio de la selva.
Salí de casa sin prisa, sin ganas, por rutina, y por la conciencia de la inexorable rotación del mundo, a pesar de mi malquerencia. La ciudad enloquecida amortiguaba el efecto de las voces y la humedad con el ruido de los coches; las luces de los faros rompían la espesura de la contaminación para deslumbrarme. Me encogí dentro del abrigo y pensé en el paraguas olvidado que me habías regalado, entre risas, durante la cena. Se quedó sobre la mesa, junto con los restos de una pizza al estilo barbacoa y una botella de rioja vacía. Justo poner el pie en la parada de autobús, comenzó un agua ligera y continua que pronto tomó fuerza, empujada por el viento. Nos arrebujamos como pudimos los peatones para guarecernos bajo la marquesina. Me dijiste, con mirada traviesa y labios sabor a vino, “brindemos por este maravilloso instante y… a la salud de Hermanos Parra, S.L., ante todo, tan amable de obsequiarme con este fabuloso paraguas para evitarme un resfriado en mi viaje a Londres”. El vuelo se retrasó en el último momento y aprovechaste para pasar por mi piso. Prófugas gotitas se colaban entre la inquieta aglomeración de transeúntes por el bao de la espera y borraban el camino marcado por tus besos entre mi lóbulo izquierdo y el nacimiento del cabello; me sorprendí con la mano en mi nuca intentando proteger el recuerdo. El 73 se estaba acercando, el nerviosismo se apoderó de la masa y un movimiento al unísono, como si se tratase de un solo cuerpo, nos hizo recolocarnos para poder acceder. A empellones, subí escupiendo el saludo al malcarado conductor agobiado de quejas acumuladas por la tardanza. Validé el billete y me adentré, con esfuerzo, hasta el final donde el azar me brindó un asiento libre. Con el traqueteo me independicé de la masa: una sucesión de imágenes se agolparon dentro de mí, de frases sueltas susurradas al oído, entremezcladas con el reproche edulcorado por el tono de la buena educación, de muecas apagadas en el desvío de una mirada, de caricias colmadas de ternura, de interminables horas a la espera de una llamada mientras la vida transcurría con su lento devenir. El vaivén de dos años callada, deseando escuchar desde la silla del comedor el timbre del portero automático tras uno de tus numerosos viajes, me hizo llorar. Después de dos costosos divorcios y la obligada pensión de tu hijo, debía entender tu dependencia al trabajo y la falta de confianza en cualquier relación que no se basase en el estadio del amor más puro, motivo por el cual nunca se había rozado el tema de compartir nada, a parte de la esporádica cama y alguna escapada de fin de semana. Y lo entendí, mediante una manipulación de la lógica filosófica mezclada con las últimas tendencias en cadenas de correos electrónicos donde tu ofrecimiento era lo que me merecía, en pago a un posible comportamiento anterior. La lluvia, cada vez más recia, mojaba los cristales y deformaba el paisaje emulando un cuadro impresionista visto de cerca.
Transcurridos los treinta minutos de recapitulaciones, bajé. Todavía me quedaba un trecho a pie. Miré al cielo, rendida o quizás pidiendo una absurda explicación. Fue cuando un corredor desesperado se acercó, con la cara descompuesta y uno de los brazos en alto. Quiso subir en un intento extremo por la puerta de salida. Al tomar un poco de resuello, se dio cuenta de mi presencia y con la compasión de un padre a su hija me tendió su paraguas: “Toma, te vas a mojar de lo lindo. Lo necesitarás. A mí me deja justo al lado de mi portería”. Allí me quedé durante un buen rato, cubierta por una vez contra la inclemencia del tiempo, gracias a un paraguas que no era el tuyo.
Esta mañana, cogí el mismo autobús. Un hombre alicaído y mojado, absorto en la ventana., acompañó parte de mi camino. Antes de abandonar el bus, le dejé el ungüento para mis heridas, presente inesperado, hará un año, de un corredor desesperado.
6 de noviembre del 2010
Han colaborado en este texto: C Silvestre., M. Sala., S. Salgado., MJ Jiménez., B. Sueiro., G. Rovira., C. López