Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Desde que tengo turno de noche apenas coincidimos en casa y, claro, vivo con un ay en el cuerpo y en el alma. Pronto hará el año, mi marido sufrió una embolia. Con el piso a medio pagar, limpiar dos escaleras resultó insuficiente. Mientras voy a la compra, o duermo, lo cuidan en el Centro Social, pero me desespera esta incomunicación con las nenas del comedor. A las seis lo recoge mi hijo, el Antoñico, hecho hombre a golpe de vida. Él es quien vela los nervios de su sueño. Don Ramón, el director del banco, llama día sí, día también; entretanto las facturas se acumulan en el recibidor.
12 de febrero de 2011