Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Cada vez que pasaba frente al escaparate con mi disfraz de joven rudo y deportista, el susurro de la camisa, vaporosa y sensual, se deslizaba por mi nuca, como si me hablase la promesa de un amante furtivo. De inspiración vintage, un etéreo lazo de encaje flotaba alrededor de cuello y puños. Al fin, el deseo venció la agotadora pugna y la dependienta pudo desplegar su sonrisa confidente, de amiga asesora. Confundió los nervios de un inexperto enamorado con mi desaforo ante la reacción de mis padres.