Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Ella sabrá lo que se hace. Ahora, va y me masculla en una queja lastimera un “soy infeliz”, la muy absurda. Avisada, queda. De niña, nunca la consentí y a estas alturas, menos. Además, se lo advertí cuando me confesó haberse acostado con el piltrafa del Manolo. Dieciséis años, tenían. “Hija mía, esta cuchara la has elegido tú y con ella debes de comer”, sentencié, como me sentenció mi madre de moza. Y mira, al final no le salió tan mal. En resumidas cuentas, el piltrafa se hizo de buen ver, apañao, y no como ella, que no se arregla ni para las bodas. ¿Así lo va a retener a su lado? Si no supo controlarse las hormonas esas, pues ala, ahí lo tiene. Yo subí a una señorita, a ella y a sus dos hermanas (para mi desgracia, todas hembras). Ya me costó, ya, limpiando escaleras a escondidas -mi Antonio me lo tenía prohibido- y dejándome las manos; y la vista, también, cosiendo por las noches aquellos vestidos copiados de las infantas en las fotografías del Hola y el Lecturas, que parecían un ramillete de flores cuando se los ponía. Tuve suerte con mi Antonio: de la semana, tres noches se iba de parranda, pero ni un desaire por haber parido niñas. “Mujer, así la casa siempre estará limpia. Después, en la vejez, lo agradeceremos”, me consolaba. Me quería, a su manera, y yo tan contenta, como tiene que ser, porque los domingos me los respetaba: lavaba a las niñas hasta sacarles brillo detrás de las orejas, las repeinaba y les pellizcaba las mejillas para sonrojarlas como a las muñecas. Luego, una vez preparado el desayuno, despertaba a mi Antonio, le apañaba la ropa -guardada en el armario con tomillo- y le sacaba lustre a sus zapatos. Mientras él se arreglaba en la habitación (maniático hasta el último de sus días, nunca consintió mi ayuda), yo me aseaba y me perfumaba en el lavabo. Ná más pisar el portal de la escalera, la envidia estrujaba el estómago a las brujas de mis vecinas, que sólo abrían la boca para chismearme malamente de mi Antonio. Unas zorras de tetas caídas y úteros roídos de ver a mi Antonio con su mano pegada a mi culo embutido en el conjunto floreado, el cual me lo embravecía de tal manera que de sacarlo del armario se me erizaba la puntica de los pezones. Y, ale, a pasear por el barrio, agarraica a él.
A mí, me lo expliquen; o soy muy lerda o no entiendo nada. Son estos tiempos, y la tele, que las idiotiza. Tanta serie, tanta historia y tanta tontería. Yo me casé a los diecisiete, dejé de servir y, venga, a criar hijas y a cuidar la casa. Por mucho que a Manolo le vayan las timbas nocturnas, vive como una reina. “Mamá, huele a perfume”, lloriquea. Pues qué huela. El carmín de las camisas de su padre no salía ni con jabón Lagarto, aunque, claro, entonces la cosmética era de mejor calidad.
30 de marzo de 2011