Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
Don Raimundo Pelayo de Cantés, fiel a su profunda creencia presbiteriana de que el futuro de todo hombre está predestinado desde el día de su nacimiento, decidió aprovechar la sonoridad de su nombre y apellidos, ideados con la finalidad de ser impresos. De entre la multitud de oficios plausibles para tal opción de manera notable y reconocida, eligió el de escritor. El sr. Julio Pelayo y la sra. Maria de Cantés, progenitores sin fuerza ni sensibilidad suficientes, nunca habrían llegado por sí solos a buen puerto fuera del navío de los negocios o el gobierno del ejercito de sirvientes: fue necesario el devenir de sus apáticas existencias, una tardía unión de sus destinos y un último y sudoroso arresto de energía para procrear al pequeño Don Raimundo Pelayo de Cantés, confluyendo en él por la gracia ese Dios los dones del ente metódico cuya principal característica, en esencia y forma, sería la de calcular el proceso de creación sin más aspavientos que la plena confianza en el poder de su rimbombante patronímico. Portador de título señorial, con herencia pecuniaria y prestigio familiar, le fue fácil introducirse de bien joven en el diabólico mundo de las letras, destacando sino por un talento innato, sí por ese perfume de clase acomodada que da acceso al mundo del conocimiento con poco esfuerzo y mucha técnica; técnica adquirida, sobra señalar, en las mejores universidades de Europa. No obstante, el sr. Pelayo de Cantés no pertenecía al género de las viejas joyas altruistas de otros tiempos, cuando la miseria de su entorno les hacia asomarse al balcón del testimonio escrito para repartir pláticas y emociones entre el pueblo llano más o menos ilustrado. Por su juventud, pertenecía a una raza nueva donde la empatía resultaba algo irrisorio incluso con sus congéneres de estirpe. Dicha incapacidad de captar emociones puras y sencillas, el pulso de la vida, lo hizo tomar mayor consciencia de sus limitaciones. Por ello, desde un principio se inclinó por el género policiaco, cuando ya habían transcurrido los suficientes años, entre el Halcón Maltés y la postrera aventura del detective Carvalho, como para compaginar el éxito del best-seller con la traspasada barrera del desprestigio de la novela de serie B.
Don Raimundo acababa de cumplir 40 años. Sus rizos artificiales, todavía de un inmaculado negro, dominados por la dictadura de una gomina aplicada cada mañana con esmero, caían como por capricho sobre su frente para dar sombra e interés a esa penetrante mirada de la cual se sentía tan orgulloso, practicada durante años frente al espejo. Todo ello potenciado por sus finos labios que emulaban la sonrisa torcida del mejor ejemplar detectivesco. Huelga decir su interés por el aspecto físico, trabajado duramente en un centro deportivo donde concurrían algunos de los personajes más renombrados de la sociedad, incluidos los de la cultura. Así conseguía dar al conjunto de su persona la apariencia desenfadada de un modelo nacido para anuncio de revista femenina. Del cóctel embasado resultante, su máxima aspiración era exprimir el jugo del impacto sobre el lector al ver su porte fotografiado, junto a su excelentísimo nombre, en la contraportada de un libro de tapa dura editado por Círculo de Lectores. Y él, en esos momentos, se disponía a iniciar la andadura de una nueva obra.
Era bastante escéptico respecto a la labor de las musas en la tarea literaria. Posicionaba su valor dentro del escalafón de cualquier otro concepto relacionado con el Olimpo de los Dioses greco-romanos y las trataba como una fuerte informativa más, dosificada con criterio si alguno de sus protagonistas lo requería. Siendo esta la gran premisa, comenzó a ponerse manos a la obra tal que peón de la construcción. Para triar el hecho, base de su futuro esfuerzo, rebuscó como solía entre noticiarios y periódicos: uno sólo se convertiría en germen de la historia. A partir de él desarrollaría esquema y sinopsis, con su correspondiente planteamiento, nudo y desenlace, a la manera clásica, como Don Raimundo gustaba. Luego, una vez montado el puzzle, embadurnaría cada pieza con un poco de psicología de mercadillo desenmascarada por el curso de los diálogos entre la principal y las miles de piezas secundarias -como estaba de moda-, hasta deshilachar la trama, alcanzar el objetivo y eclosionar en el final apoteósico tan ansiado por el respetado autor.
Tenía por costumbre, cuando se encontraba en el estadio de la investigación y redacción de los primeros borradores, reforzar también su entrenamiento físico. En una industria cada día más competitiva, no había cabida para un Van Gogh sin oreja o un Toulouse enano. Nada de bohemios marginales, inútiles lacras sociales. La obligación del artista contemporáneo era captar su bolsa de clientes por cualquier medio, sobre todo a través de la campaña publicitaria y la buena imagen. Por tanto, las primeras horas del amanecer las dedicaba a correr los diez kilómetros que separaban su casa del centro deportivo. Cuatro horas después, de regreso, recogía la prensa reservada en el kiosco Nadia, que respondiendo a una ancestral y poco original tradición de pequeño negocio coincidía, es de suponer, con la razón de su propietaria. La susodicha -mujer mediocre, nada llamativa, de mediana estatura, tirando a bajita, pelo castaño, mirada esquiva- regentaba sin orden ni concierto, desperdigando entre la acera y la tarima de madera miles de chucherías de utilidad bastante dudosa. Don Pelayo de Cantés, por ejercitar su ego ante un posible comprador, ensayó una vez más su postura preferida -mirada penetrante, sonrisa torcida- frente a Nadia, la cual diligentemente, arrastrada por su rutina, se limitó a tornar el cambio y dejar caer unos agobiados buenos días. Acto seguido, ante tanta impasibilidad, el absurdo microcosmos de Don Raimundo se derrumbó, mientras su aureola de genio malcriado explosionaba: una cana asomó en círculo por el abismo de su sien, sus músculos se relajaron, encogió los hombros y, al tiempo que cogía el cambio resignado con los ojos ya rastreando un algo de su Don entre los escombros esparcidos a sus pies, vio destellar en una caja de cartón una piedra azul –quizás resina maqueada con la más vulgar de las pinturas acrílicas. Con la excusa de tomar la piedra, intentó recoger los pedacitos de su yo. La alzó y vio como pendía de una cuerda que emulaba una cadena. Un papelito en la parte superior indicaba el precio y proporcionaba una breve explicación de su significado: “ayuda a la relajación, expande la conciencia y propende expresiones creativas”. La compró
Al día siguiente, Don Pelayo reanudó su hábito: salió temprano, corrió sus diez kilómetros, ejercitó sus músculos, regresó a su casa. A medio camino halló el kiosco cerrado. Un cartelito de papel, escrito a bolígrafo con caligrafía temblorosa, anunciaba: “cerrado por defunción de la propietaria”. A Nadia le atracaron justo a la hora de cierre. Después de un breve forcejeo, le asestaron varios navajazos. Murió desangrada. Tenía dos hijos, de nueve y quince años, su marido era camionero, y el negocio, más que marchar, iba tirando. “Buena gente”, comentó trémola la dependienta de la carnicería vecina -a menudo conversaban sobre temas sin importancia.
Don Raimundo Pelayo de Cantés, obviando todo posible sentimiento próximo a la realidad, acababa de encontrar su hecho. Por una vez, las musas le habían alumbrado, desde los cielos.
26 de octubre de 2010