Tengo un don. No es escribir, sino estar callada. A veces, escribo; entonces, hablo; ergo, pierdo mi don
-Hola, hola, – saluda Felipe con su perenne sonrisa – hola, Manuela.
Si no fuese por ese deje infantil presente en la estela de sus palabras y esos pasitos cortos y algo arrastrados, Felipe pasaría por uno más a la espera del autobús. La raya del pelo a un lado y los zapatos relucientes evidencian que es un día importante.
-Hola, Felipe, ¿cómo estás? –Manuela pone en su respuesta el tono destinado a los niños- ¿Estás esperando el autobús?
-Sí, sí, jeje
-¿Dónde vas, hoy no trabajas?
Se conocieron años atrás. Él vivía en un piso tutelado y, de vez en cuando, se tomaba un café donde ella trabajaba. Por tiempo que pase, Felipe no olvida ni la cara ni el nombre de Manuela.
-No, no, ¡viene mi novia! –La sonrisa le ocupa toda la cara y unas mariposas escapan de su estómago para revolotear entre la estulticia de la gente.
-Vaya, Felipe, ¡qué bien! –Manuela, de pronto, nota en su interior el contagio del entusiasmo.
30 de octubre de 2011